Siempre intenta decir lo que piensa y esta vez no fue la excepción: los temores detrás de su novela, el proyecto sobre su abuelo, su reacción ante un mal libro y su perspectiva de la literatura peruana actual. Con ustedes, José Carlos Yrigoyen.

“Me ha sorprendido el recibimiento que ha tenido el libro. Hay gente que no conozco que me escribe para decirla que lo ha leído”, asegura José Carlos Yrigoyen sobre el impacto de Pequeña novela con cenizas, su debut en la narrativa. Razones no le faltan. Gastón Acurio recomendó su novela en la última Feria del Libro de Lima. Y una noche, desde una camioneta, una mujer le gritó que su libro estaba bueno. “Esto es algo que no sientes cuando publicas poesía”, agrega para demostrar el porqué de su reacción.

¿Cuán diferente es el impacto entre publicar una novela y un poemario en el Perú?

Totalmente distinto. El público de poesía es muy limitado: son 600 personas. La narrativa es un espectro más amplio… Siento sorpresa porque en esta novela hay mucho contenido autobiográfico y tiene que ver con autor que me apasiona que es Pasolini. No pensé que iba a tener tanta pegada.

Pequeña novela con cenizas es una novela atípica: hay autobiografía, ensayo y hasta crítica cuando comentas el artículo de Huayhuaca. ¿Cómo definirías el libro sin restringirte a un género?

Para mí es un libro de autoficción con componentes ensayísticos. Hay mucha autobiografía y no lo he negado en ningún momento. Hay elementos ficcionales que he utilizado para darle una contextura literaria a todas estas memorias y elementos autobiográficos que complementan la vivencia del narrador, que en muchos aspectos soy yo. La escribí con un ánimo de exorcizar mis demonios, no con un deseo de venganza, sino para dejar algunas cosas atrás.

¿No crees que el liberarte de tus demonios era abrir heridas en otras personas?

No lo pensé mientras lo escribía. Cuando envié el libro a la editorial, sí me atacó un pánico. Me dio miedo de causar dolor a personas cercanas y queridas. Me cuestioné si publicarlo o no. Afortunadamente, sucedió algo que considero que fue muy beneficioso para mí. Decidí escribirle una carta a mis padres diciéndoles lo que iba a publicar y en la que les contaba lo que me había pasado en mi infancia y que me había costado superar. Ellos se preocuparon más por lo que yo expresaba que por el libro mismo. Antes de publicarlo, se lo pasé a mi madre para pedirle su opinión y su respuesta fue muy positiva. Mi padre nunca me pidió el libro, para él no es importante el tema. Pero cuando empecé a dar entrevistas a raíz de la novela, la situación cambió bastante. No le gustó, no le gustó.

Respecto a tu padre, tú mencionas que en los años noventa, él vivió el éxito y tú, en cambio, no ibas a clases. ¿Qué tan consciente eres de que esa actitud era una manera de ir en contra de su poder, de demostrarle que su éxito no iba a ser total?

Yo no era consciente de nada en los años noventa. Tenía dieciocho o diecinueve años. Pero sí era consciente del miedo que me producía mi padre. Siempre tuve una relación mala con él, una relación que empeñaba en negar y en normalizar. En esa época no era consciente de que tenía que subvertir ese poder.

¿Y cuándo descubriste la poesía y a Pasolini?

Allí sí. Yo no me di cuenta, pero, poco a poco, empecé a convertir la poesía en un arma de rebelión. Creo que la rebelión literaria ante mi padre fue sustancial para poder escapar del poder que representaba.

¿Cómo un deseo de juventud como escribir un libro sobre Pasolini se mantuvo intacto hasta la adultez?

Desde que vi Salo o 120 días de Sodoma y llegaron sus primeros poemas a mis manos fue una obsesión muy grande. Yo era un chico temeroso, pero cuando descubrí a Pasolini se me abrió una dimensión horrenda, pero auténtica de rebelión contra lo establecido. Una rebelión que se basaba en imágenes muy poderosas y me abrieron la posibilidad de un camino distinto. En 1998 escribí un ensayo como de seis páginas sobre él en una revista de la universidad de Lima. Desde entonces, ya era un proyecto que quería iniciar. Años después, me dio una depresión, la más fuerte y duradera que he tenido. Y saliendo de ella, uno de mis objetivos era acabar con ese proyecto. Ha sido una etapa muy larga, casi quince o dieciséis años. Yo tenía dos necesidades: acabar con la sombra de un pasado personal y la de un libro que no había logrado escribir.

¿En qué momento te diste cuenta que ese ensayo era el primer paso para escribir lo que más adelante sería la novela?

Ya tenía el ensayo acabado, eran como 160 páginas. Se lo pasé a Jerónimo Pimentel y me dijo algo que me sorprendió. “Me gusta, es una investigación bárbara. Los que no estamos acostumbrados a Pasolini, lo leemos y lo guardamos”. Yo no quiero un libro para que se guarde, quiero uno que deje algo más. Después de eso escribí unas páginas en donde hablaba de mi relación con Pasolini y que son el germen de este libro.

En la novela mencionas dos datos que podría dan a entender que tu vida estaba conectada con la de Pasolini. La boda de tus padres sucedió días antes de su muerte, y tu cumpleaños es el mismo que el de Ninetto, un amante suyo. ¿Crees que, tarde o temprano, tu vida iba a desembocar en Pasolini?

Bueno, son casualidades afortunadas que me sirven para hilar la novela. No soy determinista, pero sí he sentido que hay otras cosas que nos unían: la relación difícil con el padre o la adhesión a la madre. Y también la depresión y la desesperación artística de Pasolini en sus últimos años. Por supuesto, mi historia es mucho más corriente. Lo de Pasolini tiene un carácter más épico.

No te comparas con Pasolini, pero ¿su vínculo con Nineto no funciona como un reflejo de tu relación con la poesía?

Estoy de acuerdo con esa lectura. La relación entre Pasolini y Ninetto no es solo un vínculo de un hombre mayor con un adolescente, sino representaba un último refugio ante la injusticia. La poesía también significó eso: un refugio ante la violencia del mundo Uno necesita un tablón para guarecerse. Afortunadamente, cuando la poesía, para mí, pierde el significado que tenía, lo peor de mi depresión había pasado.

¿Y esta pérdida de significado era una señal de que tu propuesta poética se había agotado?

Yo empecé a escribir poesía con una pasión casi religiosa durante más de diez años como una forma de rebelión ante una fuerza que me sojuzgaba: mi padre y el autoritarismo familiar. Cuando dejé de tener pánico, me sentí desvalido porque no tenía en qué creer y no hay nada más terrible que esa incapacidad de tener esa fe, me refiero a una fe vital. Cuando salí de la depresión, ya no sentía la falta de la poesía, sino que me era indiferente. Fue uno de los momentos más descorazonadores que me ha sucedido. Pero uno sale de ese pozo y ahora mi única meta es acabar la trilogía literaria familiar que tengo en mente.

¿Y esta trilogía va a seguir apoyándose en lo autorreferencial: tus experiencias, tu familia, tu pasado?

Sí, Pequeña novela con cenizas es la primera parte. En la segunda voy a hablar de mi familia materna, de los Miro Quesada y se remonta a los años treinta. Trata sobre mi abuelo, que fue director de El Comercio y uno de los principales fascistas en el Perú y admirador de Mussolini. Quiero explorar la violencia que nos ha envuelto como sociedad en el Perú y que la vemos todos los días, en la casa, en la calle. Yo quiero explorar eso desde las raíces familiares. Tengo una obsesión de resolver muchas cuestiones sobre mis orígenes que me parece necesario entender para poder proseguir.

Yrigoyen

“Hay un desinterés por la poesía. Esto no es algo solamente peruano, sino universal”.

***

José Carlos Yrigoyen comenta un libro semanalmente para “Columna Vertebral”, el espacio que tiene el diario Perú21. Autores peruanos o mundiales; consagrados o debutantes; poemarios, novelas, cuentos, crónicas. Para él, lo esencial es poder conversar de libros y tener la posibilidad de discutir que ha faltado en nuestra literatura.

¿Qué diferencia encuentras entre la crítica de los años noventa, cuando te iniciaste en la literatura, con el panorama actual?

Antes había muchos más canales en medios impresos. Ahora las redes sociales y el internet han ocupado ese espectro. Siento que internet ha abierto la posibilidad que ya no solo pequeños grupos manejen la crítica. Ha surgido gente muy inteligente que tiene cosas que decir que valen la pena, pero también personas muy irresponsables, que creen que la crítica es denigrar o destrozar libros.

¿Qué cualidad principal debe tener un comentarista literario?

Primero, la honestidad. Algo importante es saber cuál es mi relación con el autor.

¿Esa idea de colocar tu relación con el autor es tuya o la tomaste de alguien más?

No es mía. Ahora, si habló del trabajo de un amigo, es bueno que el lector lo sepa. Otra cualidad es la honestidad al valorar un libro. Siempre he procurado decir las cosas que pienso sin llegar a la mala leche o afectar a un autor. Eso no significa que antes escribir en Perú21 no haya cometido errores y haya pedido disculpas. Mientras escribo una reseña, siempre intento medir muchos mis palabras. Y cuando no puedo hacer una crítica positiva, intentó ser lo más delicado posible, aun así las amistades se resienten.

Pero en tu blog Poema Inútil no siempre eras tan delicado que digamos.

Sí, era un poco incendiario. A veces escogía libros que eran tan malos, pero no con el ánimo de destrozarlos, sino con el ánimo de señalar cómo una editorial puede publicar esto. Hay libros que se publican porque el autor te da 1500 soles. Eso me parece criticable, no por el autor que tiene derecho de creer que su trabajo es bueno, sino por las editoriales que creen que por unos soles pueden malbaratear sus catálogos.

¿Es más sencillo criticar a un amigo que a un autor con el que no tienes ninguna relación?

Sí, los primeros momentos en los que uno va a escribir la columna, te cuesta porque piensas en el qué va a pasar. Pero hay una responsabilidad con el lector y eso es lo más importante. Yo me puedo equivocar y puedo rectificarme. Tal vez ese libro no era tan malo como lo dije. Pero hay veces que me doy cuenta que sí. He vuelto a releer el libro de Titinger (Un hombre flaco) y lo encuentro malísimo.

¿Crees que ese libro mereció el puntaje que le diste? A mí me sorprendió su calificación (dos puntos sobre cinco).

Yo le puede poner un punto y medio. Me pareció un libro que adelgaza, frivoliza la figura de Ribeyro, de una manera que creo que a él le hubiera desagradado mucho. Lo dije en mi columna y lo reafirmó. Como lector, me sentí defraudado.

¿Qué tan necesaria es la severidad al momento de criticar un libro? Te lo pregunto porque considero que hay muchos críticos que caen en la complacencia.

Uno tiene que ser severo cuando se tiene que ser severo. Cuando libro falló, yo digo por qué falló y no voy a ceder. Hemos tenido épocas de críticos muy complacientes. Gonzales Vigil cayó mucho en eso al final. Un crítico que respeto muchísimo, con los años, utilizaba epítetos grandilocuentes, todo era excelente, superlativo, extraordinario. Así no puede ser, un no a la realidad. Me desagrada eso de a mí no me gusta calificar negativamente, eso es la política del avestruz. Para eso no hagas crítica literaria, mejor escribe en Somos.

¿Por qué la poesía peruana actual no ha alcanzado el auge de los años sesenta y setenta? ¿Acaso está relacionado con el contexto social que vivieron los poetas de aquellas décadas?

Creo que efectivamente el contexto social tiene mucho que ver con el desarrollo de una creación poética determinada. Sin duda, hubo una movilización social en los años sesenta y setenta que conjugó con cuestiones literarias como el surgimiento de la poesía conversacional, el culteranismo, la propuesta popular de Hora Zero. En los años setenta surge Pimentel, Cisneros, Hinostroza, Verástegui, Watanabe. En las generaciones posteriores no hemos tenido camadas de poetas de ese nivel. Eso no significa que hayan surgido autores interesantes y talentosos –Jerónimo Pimentel, Victoria Guerrero, Manuel Fernández, Roberto Valdivia–, pero el nivel en general no es el mismo.

Cambiando al panorama narrativo, ¿a qué necesidad crees que obedece que estas novelas como la de Gamboa, Cisneros o Robles compartan este ánimo confesional, catalogado como “literatura del yo”?

Tengo una intuición que más que una narrativa del yo, existe una narrativa del padre. Hay una cuestión detrás de su figura, una visión política alternativa que critica al Estado, al autoritarismo reflejado en su imagen. Como me dijo Cisneros, es una literatura de la orfandad, somos peruanos que carecemos de líderes políticos e ideológicos, nuestros padres simbólicos. Ya no hay Mariátegui, Haya o Belaunde. Y esa desorientación fomenta narrativas como la de Robles, dentro de un paradigma de izquierda liberal, o la de Cisneros, dentro de una crítica al sistema de derecha.

¿A qué se parece leer un libro malo que luego debes comentar?

Es como un trago amargo, pero no es un trago que evite. No aparto el caliz de los libros malos.

Hablando de libros malos, ¿volverías a quemar un libro como lo hiciste con el poemario de Orrillo?

Eso fue hace veinte años. Era una palomillada. Creo que hay edades para todo. Hay edades en que uno es poeta, puede sacar manifiestos y criticar a un montón de gente. Me parecería ridículo tener cincuenta años y seguir con eso. Y creo que también hay que respetar a todos los autores por muy malos que nos parezcan.

[Publicado en la revista Carta Abierta N° 8]

Sobre El Autor

Víctor Manriquez

Mantiene una relación amor-odio con el periodismo. Durante un año y medio se dedicó a estudiar las crónicas que Abraham Valdelomar escribió hace un siglo.

Artículos Relacionados