El terrorismo y el narcotráfico engloban las aristas de una guerra interminable en el valle de los ríos Apurímac, Ene y Mantaro (Vraem). En este contexto, el Estado ha puesto en marcha su llamado “Plan Vraem” para el período 2013-2016, un intento de promover el desarrollo y vencer la violencia en el lugar ¿Qué implica esta estrategia y cómo viven quienes sufren los embates de la pobreza y la inseguridad que los ha dominado durante décadas?

Una vida en el vraem

A los 15 años, Pedro tuvo que dejar algo más que sus parcelas de café en el centro poblado de Cañapampa, en el distrito ayacuchano de Sivia. Era 1986 y cursaba su segundo año de secundaria, cuando las Autodefensas de Gentabamba necesi­taban a jóvenes para detener las llamadas “cuadraderas” de Sendero Luminoso en las carreteras de la zona. Ahora tiene 43 años, una secundaria incompleta y miles de cadáveres en su memoria.

Pedro Ñahui Atao es un cafetalero que ha vivido todo este tiempo en el valle de los ríos Apurímac, Ene y Mantaro. Esa zona que, en abstracto, forma la palabra Vraem, donde el narcotráfico y el terrorismo parecen haber existido desde siempre y la pobreza rige casi todas las decisiones.

Según el Centro de Planeamiento Estra­tégico (Ceplan), el índice de pobreza de los distritos que forman el Vraem alcanza el 65% y la pobreza extrema el 26.6%. Las cifras son usadas como base para elaborar el Programa de Intervención Multisectorial del Gobierno Central en el Vraem, mejor conocido como Plan Vraem, aunque los datos del Ceplan solo consideren 36 distri­tos de los 48 que abarca este valle.

El plan rige las políticas del Estado en cuatro aspectos y abarca la lucha contra la pobreza, la desigualdad, el narcotráfico y el terrorismo, involucrando acciones de casi la totalidad de los Ministerios y organismos adjuntos que forman la Comi­sión Multisectorial para la Pacificación y Desarrollo Económico Social en el Vraem (Codevraem).

En el valle, estos cuatro ejes de lucha nunca se manifiestan por separado y Pedro es el mejor ejemplo. Con estudios básicos inconclusos, enfrentado desde muy joven al grupo terrorista Sendero Luminoso y desplazado de su tierra de origen, se dedicó al cultivo de coca de manera informal en su paso por el distrito cusqueño de Pichari.

“En 1994 me fui a Pichari, al centro po­blado Natividad. Estuve sembrando coca hasta el 2003. Pero siempre había rumores sobre la erradicación y nuestra vida era preocupada”, me cuenta más de diez años después de haber vuelto a su natal Ayna- San Francisco, en el margen izquierdo del río Apurímac.

Como él, muchos agricultores dicen desconocer los destinos que toma la pro­ducción de coca, pero cifras de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (Unodc) y afirmaciones de la Comisión Nacional para el Desarrollo y Vida sin Drogas (Devida) calculan que casi la totalidad de la hoja de coca del Vraem va directamente al narcotráfico.

Luego de casi diez años de dedicarse a este sembrío, Pedro convenció a algunos agricultores de dejar las cuencas cocaleras e impulsó la creación de la Asociación de la Comunidad Nueva Unión, dedicada ex­clusivamente al cultivo de lo que él llama el “mejor café del mundo”, el del Vraem. Sin embargo, su lucha por sobrevivir sigue.

-Si te pregunto cuál es tu ingreso mensual, ¿de cuánto dinero estamos hablando?- le digo.

-Hermano, ahorita estamos en promo­ción, todavía no vemos ganancia. Yo solo estoy sembrando- responde sin perder el entusiasmo en la voz.-Este es mi proyecto emprendedor-.

 

Quiero ser del Vraem

Santiago Contoricón y Avelino Portero, dos líderes asháninkas del distrito de Río Tambo (Junín), han llegado agitados a esta oficina. Ambos viajaron a Lima para reclamar que Llaylla, un distrito vecino, sea considerado parte del Vraem. Bajo el sol del verano limeño, presentaron esta petición a distintas entidades del Estado y a la Defensoría del Pueblo ¿Pero por qué alguien quisiera ser parte de esta zona?

En 2013, el Plan Vraem consideró un total de S/. 102’414, 303 para ser invertidos en el desarrollo productivo de esta zona: varios proyectos agrícolas lograron llevarse a cabo y significó más facilidades a todas las comunidades para mejorar la capacidad de sus cultivos.

“En general, en la parte del Ene los terre­nos no tienen mucha proyección agrícola y ese es parte del drama de los asháninkas. A pesar de este inmenso río, no tienen sistemas de riego y dependen de las lluvias, que son irregulares. Hay partes del Ene en donde no se puede cultivar nada. Son comunidades que se encuentran en una pobreza absoluta y son fácilmente cautiva­das por Sendero Luminoso y el narcotráfi­co”, señala el especialista en narcotráfico y terrorismo, Rubén Vargas.

En este escenario, ser parte del Vraem significa captar la inversión que el Estado ha dispuesto en su estrategia.

Por eso, en la carta que llevan consigo Contoricon y Portero, se argumenta lo siguiente: “Llaylla está rodeada de cuatro distritos que están en el Vraem: Mazama­ri, Pangoa, Santo Domingo (provincia de Huancayo) y Andamarca (provincia de Concepción), con alarmantes indicadores de pobreza y desigualdad social; con pro­liferación de cocales en su ámbito terri­torial; convertida en corredor de la droga que proviene del valle del Ene; sin ningún puesto policial en todo su territorio”.

Esta misiva está firmada por el alcalde de Llaylla, Nelzon Véliz Untiveros, y expone bien los argumentos por los cuales a un distrito se le puede considerar parte del Plan Vraem: ser productor de la materia prima del narcotráfico o estar directamen­te afectado por el terrorismo. El primero sería el caso de Llaylla, aunque no parece suficiente.

El documento presenta al distrito de Llaylla como un corredor de la droga y un foco del narcotráfico en la producción de marihuana. Estos fueron justamente los criterios por los cuales se incluyó a la cuenca del río Mantaro y el “Vrae” pasó a ser “Vraem” (aunque la producción no era marihuana, sino mayoritariamente coca). ¿Por qué entonces Llaylla está fuera de esta plataforma?

“Lo que pasa es que si todos los distritos que son afectados por el narcotráfico recla­maran ser parte del Vraem porque están en zona de tránsito, entonces tendríamos que poner a todas las poblaciones que están en las rutas de la droga. En realidad, todo el Perú tendría que estar en emergencia y ser parte del Plan Vraem”, dice Vargas.

Vraem

 

Asháninkas: captados por el terror

Los asháninkas fueron y todavía son una de las etnias más golpeadas por los terro­ristas, tanto de Sendero Luminoso (SL) como del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA). Solo a SL, la Comi­sión de la Verdad y Reconciliación (CVR) le adjudica seis mil muertes asháninkas en el período del conflicto armado interno.

Los asháninkas ocupan el valle formado por los ríos Tambo, Ene y otras zonas ad­yacentes a la selva central, un lugar estraté­gico porque es un medio de comunicación natural –debido a los ríos- que conecta esta parte de la selva con la sierra sur. Una zona abandonada por el Estado peruano.

Para darnos una idea, Sendero controló, y controla hasta ahora, parte importante del río Apurímac y el Ene; y el MRTA, en su oportunidad, controló casi toda la selva central, desde Chanchamayo hasta Satipo, que son zonas de presencia asháninka.

“SL los consideraba peruanos subnormales por los problemas de su analfabetismo, de no identificarse con una clase social. Para ellos cualquier nativo peruano no es una clase revolucionaria, no es una clase que sirva para su revolución, sino son clases utilizadas para trabajos forzados, casi como animales de carga”, recuerda Rubén Vargas. Sin embargo, varios de ellos pasaron a ser parte de la estructura de SL.

“Hay muchas comunidades asháninkas que están secuestradas en las llamadas zonas de producción de SL, zonas donde se generan alimentos para la subsistencia de los terro­ristas. Algunos asháninkas jóvenes fueron alfabetizados y formados políticamente por SL. Por eso, se observa dentro de la estructura a muchos de ellos ya no como combatientes, sino mandos intermedios del grupo terrorista”, señala Vargas.

Santiago Contoricón ha confirmado esta información. Con casi 50 años, el líder asháninka ha tenido que observar el proceso de una etnia duramente maltratada por los grupos terroristas, pero captada ante la ausencia del Estado. La presencia de estos nativos representa una gran ventaja para el grupo terrorista por su conocimiento del terreno. Los asháninkas lo conocen a la perfección y por eso tienen ventaja sobre las Fuerzas Armadas. Son ellos los que están armando de pelotones y grupos pequeños a los terroristas; son ellos quienes, muchas veces, realizan las emboscadas a las fuerzas del orden.

Aún peor, la colaboración de los ashá­ninkas se extendió también al narcotráfico y hay algunos sectores que se han invo­lucrado en el traslado de pasta básica de cocaína (PBC), haciendo las labores de “mochileros”:desde las zonas donde son producidos hacia determinados puntos del río Ene y Tambo para que sean embarca­dos en las avionetas.

Contoricón señala que son básicamente los asháninkas los que cuidan los aeropuertos en las cuencas de los ríos Tambo y Ene. Calcula que son cerca de 100 los vuelos que salen mensualmente de esa zona y que los pobladores pueden observar cotidiana­mente con solo elevar la cabeza.

-¿Usted confía en el Estado, señor Conto­ricón?- le pregunto en una conversación telefónica, seguro de que antepondrá la duda antes de ser tajante con cualquier afirmación, pero inmediatamente y sin titubeos me responde: -Sí-.

Al otro lado del teléfono, se puede sentir Río Tambo: algunos perros ladran y la voz de una niña manifiesta algo lúdico e inocente en el distrito. Ella será testigo de la confianza que ahora manifiesta Contoricón.

[Publicado en la revista Carta Abierta N°2]