Fascinados por el extravagante mundo de los frikis o inmersos en el registro de la violencia urbana y el desarraigo, la legión de escritores de no ficción surgida veinte años atrás tiene una asignatura pendiente que hinca como una piedra en el zapato: descubrir las interioridades del poder político y económico.

A Carol Pires le encantó leer la historia de Dan Koehl, un sueco que se propuso instalar una red de telefonía para elefantes a escala global. La idea partió de un dato verificado: los elefantes utilizan infraso­nidos para comunicarse a grandes distan­cias. Y Koehl, el hombre que más sabe de estos mamíferos descomunales, supuso que si colocaba micrófonos y altavoces en los lugares de cautiverio, tarde o tempra­no los animales de una misma familia o región, aunque separados por mucho tiempo, volverían a conectarse. Mientras esperaba una señal que confirmara su tesis, los puso a escuchar música, sobre todo pop y rock americano de los setenta. No está claro si llegó a establecer la comu­nicación, pero un hallazgo sedujo a Carol e hizo inolvidable esta historia, al menos para ella: el sueco jura que a todos los ele­fantes les gusta Tomorrow is a long time, una melancólica y entrañable canción de Bob Dylan.

Carol Pires nació en Brasilia, pero vive en Sao Paulo. Es una mujer risueña y disten­dida que ha escrito perfiles notables para Rolling Stone, Marie Claire y Gatopardo. En un confesionario para jóvenes cronis­tas latinoamericanos, ella reveló que tam­bién hubiese querido escribir la crónica sobre los elefantes melómanos que leyó en la revista Piauí. Se hubiese divertido mucho contando esa historia mínima, aunque no sirva absolutamente para nada, aunque no cambie un ápice la vida de las personas. Porque ella, suele repetirlo, no tiene ninguna intención social cuando escribe. No piensa cambiar el mundo cuando elige un tema o un personaje. Lo hace simplemente por el placer de narrar. Por eso escribió El tiburón desempleado, el perfil de un veterano hincha del Junior de Barranquilla, de nombre Óscar Borrás, que durante cuarenta años se disfrazó de escualo para alentar al equipo que es la razón de su vida. Un día el club le dijo que estaba muy viejo para ser la mascota de un equipo grande y lo echó de la tribuna. Sin duda, una buena historia.

Óscar Martínez, reportero del periódico digital El Faro, está sentado al lado de Ca­rol, pero parece escucharla desde la otra orilla. Le toca confesarse y lo primero que dice es que él sí siente una responsabili­dad ética al momento de elegir los temas sobre los que va a escribir. Vive en el país de la mara Salvatrucha y la mara 18, vive en la región con la tasa de homicidios más alta del mundo. Es común escucharlo hablar de la violencia que atraviesa El Sal­vador. Es seguro que a Óscar no le llama la atención ir detrás de mujeres barbudas, hombres con cuatro patas o millonarios que gastan fortunas en una noche. Óscar no sonríe cuando habla. Su gesto es adus­to, a ratos severo. Cada frase suya suena filuda y rotunda. Parece un predicador. Levanta la voz cuando se refiere a la “fun­ción social del periodismo” y añade que la crónica, la herramienta más poderosa de este oficio, sí puede ayudar a cambiar las cosas .

Díganle ingenuo, si quieren. Hace cinco años Óscar eligió convivir con los migrantes que cruzan México para ingresar a los Estados Unidos, y en el camino son violados, secuestrados o asesinados. Escribió catorce crónicas y las publicó en el libro Los migrantes que no importan. Las historias que relata allí sirvieron luego para denunciar a autoridades corruptas e indiferentes. “Yo no pretendía que la gente me leyera para divertirse por las noches”, afirma Óscar, quizás buscando trazar una línea divisoria. De un lado, los que como él revelan y denuncian la violencia urbana. Y del otro, quienes ven en la crónica la vía ideal para descubrir las extravagancias de la sociedad.

Veinte años de periodismo narrativo han transcurrido en América Latina entre ambas orillas temáticas. Ciertamente, en medio se distinguen matices; cronistas —como Carol Pires—que pueden sentirse fascinados por seres excéntricos, pero no rehúyen a escribir sobre asuntos de interés público. Aun así, no se puede negar la fascinación que el llamado “mundo freak” despierta entre los cronistas sudameri­canos y, al mismo tiempo, la inclinación por las tragedias y desbarajustes sociales en quienes hacen relatos de no ficción desde Centroamérica.

 

Mundo freak

Freak” puede ser sinónimo de raro, periférico o estrafalario. Lo explica el pe­ruano Juan Manuel Robles en la antesala de su libro de crónicas Lima Freak. Vidas insólitas en una ciudad perturbada. Pero este cosmos temático dominado por lo extremo, lo sublime, lo extraordinario, no siempre apunta al éxito o a lo edificante. A menudo descubre su materia prima en lo marginal y precario de ciertas vidas. Un ejemplo tangible es El Pintor de Lavoes y otras crónicas, un libro de Luis Miranda que reúne perfiles asombrosos: Lúcuma, el asesino en serie que expone sus pintu­ras en la galería más famosa de Miraflo­res; Vikingo, el catchascanista más temido y odiado de su tiempo, ahora desdentado, achacoso y discapacitado; Carmencita, una millonaria atribulada al saber que de un día para otro debe dejar atrás toda una vida de mendiga; Coco Marusix, el transformista que ha superado un derra­me cerebral y vuelve a los escenarios… en silla de ruedas. Todos los personajes de Miranda tienen algo en común: son fronterizos o desangelados.

Cuando cumplió siete años Julio Villa­nueva Chang, el director y fundador de Etiqueta Negra, recibió un regalo de su madre que él recordará de por vida. No era exactamente un libro para niños. Sobre la portada distinguió dos preguntas impresas: ¿Quién es el hombre más alto del mundo? ¿Quién es el hombre más gordo del mundo? Mamá le había regalado el libro de los Récords Guiness. Cuarenta años después él confiesa que no se despegó del texto hasta terminarlo. Esa anécdota escogida por el cronista para mostrar hechos de su infancia que le deja­ron una impronta podría explicar porqué los frikis se han convertido en el objeto de culto de quienes buscan historias reales que se puedan contar con las técnicas de la literatura.

El hombre más pequeño de Colombia, el peor corredor de la Fórmula Uno, la mu­jer que corrió la maratón de Nueva York y llegó a la meta al día siguiente, el chico que viaja para acumular millas y el tipo que robó cuarenta bancos en un año… He aquí cinco historias dignas de los Récords Guiness que fueron publicadas en Etiqueta Negra y Soho. Alguien podría llamarlo periodismo de lo real maravi­lloso en la medida que se descubre en gente común, acaso anónima o anacoreta, ángulos extraordinarios que apunten a provocar asombro, lástima o admiración. Un cronista es un recaudador de peque­ñas singularidades, sostiene Villanueva Chang, en un ensayo cuyo título no podía ser más certero: El que enciende la luz.

Este periodismo navega contra la corriente que se predica en las salas de redacción. Sus maestros proponen convertir las anécdotas y los detalles en lo más importante, en aquello que da dimensión a un lugar o a un personaje y es capaz de provocar emociones en el lector. El chileno Juan Pablo Meneses lo resume así: “Para nosotros la noticia debe ser la anécdota. Si hay un accidente (noticia), seguramente habrá una historia lateral (anécdota) que va a simbolizar todo lo que queremos decir. Esa anécdota será al final nuestra noticia, de manera que el accidente pasará a ser lo que en el periodismo convencional se asume como lo anecdótico e intrascendente”.

El mundo freak es el universo temático predominante de la crónica sudamericana actual. Puede apreciarse en Etiqueta Ne­gra, Soho y El Malpensante, tres revistas, una peruana y dos colombianas, que en los últimos quince años han abierto una amplia trocha por la que han discurri­do decenas de jóvenes convencidos de la necesidad de expresarse en un estilo radicalmente distinto al que se practica en los periódicos y revistas tradicionales. No es solo una cuestión de géneros; si el periodismo convencional se enfoca en los influyentes y poderosos, y vive esclaviza­do por la coyuntura, los cronistas buscan historias en lo cotidiano, se internan en los bordes más ásperos y suelen descubrir lo maravilloso en aquello que el statu quo mediático considera banal.

 

El compromiso de la crónica

Carlos Salinas Maldonado tiene 32 años, trabaja en el semanario Confidencial y atribuye a su nacionalidad nicaragüense la temática de sus crónicas. Hace tres años empezó a escribir historias sobre la agonía de los campesinos cañeros en un lugar llamado Isla de las Viudas. Y es cierto, es una isla de viudas, pero también de huérfanas, porque todos los hombres —maridos, padres e incluso hijos— se están muriendo de la misma enfermedad: insuficiencia renal crónica. Más de mil, más de dos mil, más de tres mil vidas perdidas luego de trabajar durante años en el inmenso cañaveral de la empresa más próspera de Centroamérica. “His­torias como esta, de olvido, de explota­ción laboral y pobreza, resumen lo que es Nicaragua, lo que es América Latina”, dice Salinas. Y le gusta escribir sobre ellas porque lo indignan y le permiten revelar su compromiso.

Violencia, exclusión y desarraigo son temas frecuentes en el quehacer de cronistas como Carlos Salinas. Él escribe en Confidencial, de Nicaragua, pero en El Salvador está El Faro; en Guatemala, Plaza Pública; y más al norte, en México, Gatopardo y Emeequis. Estos y otros medios han financiado y acogido cróni­cas que ayudaron a descubrir el horror e iniquidad en las calles de Centroamérica y México.

Dos textos recientes han explorado estas dicotomías temáticas. En el prólogo de su Antología de crónica latinoamericana actual, el colombiano Darío Jaramillo insinúa que hay algo en común en los pe­riodistas narrativos de la región. A todos, a los que hurgan en lo extravagante o rela­tan la violencia, les gusta desvestir lo pro­hibido. Sus relatos avanzan (casi) siempre por fuera de la moral convencional. Antes que juzgar, lo que buscan es descubrir. En la misma línea, Jordi Carrión, autor de Mejor que ficción, otro compendio de crónicas publicado en 2012, se detiene a explicar la inclinación por el mundo freak de los peruanos Juan Manuel Robles, Toño Ángulo Daneri y Gabriela Wiener. Se trata, dice el cronista y crítico catalán, de una obsesiva persecución de lo sor­prendente en el espacio de lo real. Lo real maravilloso, en clave periodística. Pero Carrión también observa lo que se hace en Centroamérica y destaca a los cronistas de ElFaro.net, que han logrado combinar investigación periodística con ambición literaria, es decir, unir las técnicas de escritura del periodismo narrativo con el rigor (y el riesgo) reporteril del periodis­mo de investigación.

 

El poder ignorado

Pero si alguna asignatura pendiente tiene el periodismo narrativo con la realidad latinoamericana esta tiene que ver con las historias del poder político y económico. Lo dice Guillermo Osorno, el director de Gatopardo, la estupenda revista nacida en Colombia a fines de los noventa y editada en México desde 2006.

Osorno publica al menos cinco crónicas en cada número. Lo que busca, dice, es ofrecer contexto, textura, imágenes e historias sobre lo que pasa en México. Ha encontrado muchos periodistas dispuestos a narrar la violen­cia del narco, la fatalidad de los desplaza­dos y la espera inútil de quienes tienen un ser querido entre los miles de desapare­cidos, pero pocos de ellos han mostrado interés en relatar las interioridades del poder político y económico. Y este es un tema que los periodistas políticos tampo­co alcanzan a ver. Cazadores de dichos, los reporteros que cubren política carecen de la vocación indispensable para descu­brir las historias detrás de lo que se cocina en el poder. Mientras tanto, Osorno sigue buscando reporteros que se decidan a escribir la crónica de los ricos desde una perspectiva distinta a la mirada frívola y burbujeante de la revista Hola.

Esta es una demanda de fondo que tiene años escuchándose. Uno de los más persistentes en sostenerla es Martín Caparrós. En una columna titulada Contra los cronistas, el argentino sostenía que ser cronista era una forma de pararse en el margen para cambiar el foco de lo que se considera “información”. Caparrós afirmaba allí que la crónica es “política”. Y entiende por “política” una toma de posición frente a los medios tradicionales y los contrabandos de su oferta editorial. Por eso imaginaba la crónica como un lugar de diferencia, acaso de resistencia. Su obra periodística es eso de algún modo, un mosaico donde se pueden ver retratados —o cuestionados— tanto el poder político como el submundo de los personajes bizarros y excesivos.

Quien ha admitido más de una vez los se­ñalamientos de Caparrós es el colombiano Alberto Salcedo Ramos. En una entrevista para la revista chilena The Clinic, el autor de La eterna parranda lanzó tiempo atrás una patada feroz a la autocomplacencia: “Una flaqueza de los cronistas de Latino­américa es que no metemos las narices en los círculos de poder”. Implacable con él mismo, reconocía su apatía por indagar en el tema del poder y aceptaba que, a diferencia de los frikis, el acceso a los poderosos era una tarea mucho más difí­cil. Digamos que, si lo exige Caparrós y lo admite Salcedo Ramos, es hora de hacerle caso a los maestros: que los cronistas tras­ciendan ese lado B de la realidad, pródigo en personajes pintorescos, y empiecen a pagar una deuda que muchos lectores le reclaman.

[Publicado en la revista Carta Abierta N°2]

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