A través de sus crónicas, el escritor nacional reflexionó sobre el maltrato animal, nada menos que a inicios del siglo XX.

A la par de sus cuentos y sus poemas, Abraham Valdelomar mantuvo una prolífica carrera periodística. Los cientos de artículos, crónicas y ensayos que escribió en diferentes diarios desde 1909 hasta su muerto, en 1919 lo demuestran. En ellos, Valdelomar se presenta como un provocador, un rebelde, un transgresor (aunque, en realidad, no lo fue, porque buscaba el reconocimiento de la pacta sociedad limeña de entonces). Parte de esta actitud se puede ver reflejada en una de sus facetas menos conocidas: la de defensor de los animales frente a la tortura.

Sin duda, Valdelomar es un pionero en tanto que es el primero en poner sobre el tapete una problemática que, a inicios del siglo XX, era completamente ignorada. A contracorriente de su época, denunció el maltrato animal en sus crónicas. Porque, para él, los animales no solo son instinto, sino que poseen afectos y conciencia, quieren y sufren como los humanos. Y por esta razón, consideró un acto de bárbaros cualquier crueldad en contra de estos, cualquier justificación para legitimar esta tortura.

Su primer blanco sería nada menos que las corridas de toro. En la crónica Los toros, Valdelomar se atrevió a correr el riesgo de criticar una costumbre que, por aquel entonces, era aceptada por la sociedad limeña como parte de nuestra herencia española. Para expresar su discrepancia, pero sin ganarse la antipatía de esa sociedad que lo reconocía, Valdelomar emplea una de sus mejores armas: el humor. Según el escritor, en la medida en que el hombre no puede engendrar a este animal debe respetarlo, “de la misma manera que yo respeto La divina comedia, porque comprendo que no podré escribirla”¹.

Basta este fragmento para comprender que Valdelomar logra aquí su cometido: llamar la atención sin herir susceptibilidades, ser creativo pero mordaz al mismo tiempo. Pero quizá, sin proponérselo, reconoce el sinsentido de la fiesta taurina, en la que no hay nada digno de admirar porque, según sus propias palabras, es un sutil calco del circo romano. Miles de personas reunidas en una plaza para ver sacrificados ya no seres humanos, sino toros.

El mérito de Valdelomar –repito– reside en juzgar esta costumbre cuando ni siquiera se cuestionaba o existía una postura en contra de ella. Él, en solitario, levanta la voz frente a lo que muchos defienden como cultura. Este pronunciamiento sea tal vez el primer esfuerzo en el Perú por crear conciencia en relación a un tema como la crítica a la tauromaquia.

Esta misma posición sobre el maltrato animal la podemos encontrar en otra crónica: La sicología de las tortugas. La víctima de la humanidad cambia, pero la crueldad se mantiene. Al igual que los toros, las tortugas son sometidas a abusos que solo concluyen con su muerte. Abusos que, como nos los describe el Conde de Lemos, parecen sacados de una película de terror.

“En Ceilán las venden a pedazos, porque los marchantes quieren siempre la carne fresca y como el corazón es lo menos agradable de la tortuga, las infelices viven días sucesivos sufriendo consecuentes mutilaciones hasta que un comprador pide el corazón. Entonces mueren.”²

Este pasaje resulta espeluznante, tomando en cuenta el comportamiento de la tortuga. ¿Acaso una existencia tan apacible y pacífica merece ser tratada de esa manera? ¿Qué daño nos hacen sus inofensivos caparazones si se la pasan todo el día descansando mientras el sol los calienta? ¿Con qué razón nos ensañamos con ellas?

Esta falta de proporcionalidad entre el carácter de la tortuga y el accionar del hombre es el principal argumento de Valdelomar en contra de estos abusos. No le importa sonar cursi o exponer su fragilidad, la misma que comparte con este animal, con tal que el lector se conmueva, piense un instante en la injusticia con que la vida golpea a las tortugas.

En estas dos crónicas, Valdelomar no pierde la oportunidad de presentarnos las cualidades de estos animales, cualidades que deberíamos valorar más o aprender de ellos. El toro es el mamífero que ha trabajado en el campo durante siglos junto al hombre. Y algunos desearíamos tener la paciencia de la tortuga. Por eso resulta egoísta y antojadizo despojarlos de su hábitat solamente para interrumpir con su existencia.

Tal vez no se trató de una intuición, sino de una sensibilidad muy avanzada para su época. Valdelomar tenía una manera de pensar en la que el otro –sea un toro, una tortuga– merece ser tratado con la misma dignidad que un ser humano. Claro, a inicios del siglo XX, estas cuestiones no eran motivo de discusión. Pero vaya que el tiempo le ha dado la razón a Valdelomar.

[1] La Prensa, 3 de octubre de 1915.

[2] La Prensa, 9 de octubre de 1915

Sobre El Autor

Víctor Manriquez

Mantiene una relación amor-odio con el periodismo. Durante un año y medio se dedicó a estudiar las crónicas que Abraham Valdelomar escribió hace un siglo.

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