Cerca de mi colegio había un cine porno, el Patty, pero nunca me atreví a entrar. La formación católica que me inculcaron consideraba eso pecado grave, mérito suficiente para ganarme un espacio en el infierno. De todas maneras, siempre me llamó la atención las personas que salían de ese lugar: adultos canosos y jóvenes pintados, con pantalones pegados. Diez años después, despojado de cualquier equipaje religioso, decidí ir a uno de estos cines y explorar ese territorio prohibido durante mi pubertad.

El local elegido queda en la cuadra dos de la avenida Grau, en el distrito de La Victoria. A simple vista, uno podría asegurar que esto fue un ostentoso cine que perdió su esplendor como Cenicienta luego de la medianoche.

Lo que me llamó la atención de este lugar es la marquesina, al mismo estilo que las salas gringas, donde se coloca el nombre de la película y los actores que participan en ella. Si el transeúnte se detiene un momento y dirige su mirada, en ángulo contrapicado, para indagar cuál es la cartelera encontrará mal escrito el nombre de estrellas de Hollywood. Por ejemplo, Jack Nicholson aparece, en el colmo de desfachatez, como Jorge Nikelson.

Al llegar a la boletería, un rústico pero efectivo aviso de plástico indica el precio de la entrada: S/. 6. Una reja me separa del boletero, que demora en llegar. Luego de unos segundos, un hombre de aproximadamente cincuenta años, con lentes y de aspecto patibulario se presenta para cobrar el dinero.

–Adelante, adelante –dice, mientras me entrega un ticket–. Que la pase muy bien.

Porno

Foto: Víctor Manriquez.

Tras cruzar una puerta, una humilde confitería me recibe. Aquí no hay generosos combos rebosantes de canchita y gaseosa. En un vetusto mostrador de vidrio se expenden galletas, botellas de gaseosa y caramelos de limón. El mismo señor que atiende en la boletería es también el encargado de la confitería. De tanto en tanto, este hombre tiene que correr de un lado a otro para cumplir con diligencia estas dos tareas. A la mano izquierda de la confitería se encuentra la puerta de ingreso a la sala. Entro y una tenue iluminación me permite con las justas mirar alrededor. El piso y los asientos están hechos de madera, lo que delata la antigüedad del auditorio. Una cortina roja a la mano izquierda separa la sala de lo que parece ser los servicios higiénicos.

El público lo conforman en su mayoría caballeros que bordean o superan los cincuenta años. Todos están vestidos como para un día de oficina: una camisa metida dentro del pantalón y unos zapatos que piden a gritos ser lustrados. Cada uno de estos espectadores se sienta lejos del otro, como lobos esteparios gozando de su soledad. Sospecho: a esa edad, las mujeres ya no los encuentran tan atractivos y ante una prostituta tienen miedo de no rendir como un verdadero macho. Así que no les queda otra opción que venir aquí y desperdiciar su semen en hembras que no son de carne y hueso.

La película ya a va empezar. Pokerwom es el título del primer largometraje que van a proyectar. En la primera escena vemos a tres hombres sentados en una mesa jugando póker mientras un narrador explica en qué consiste esta variante del juego. “El ganador tiene derecho a acostarse con la mujer del perdedor”. Luego de este comentario, dos mujeres aparecen compartiendo como hermanas el miembro viril de su amante.

Esta es la realidad de este cine y de al menos tres más, ubicados en el Centro Histórico de Lima, en los que todo tiempo pasado fue mejor. Atrás quedaron las carteleras salpicadas de esplendor; actualmente sobreviven proyectando películas porno.

En los años sesenta, estas salas vivieron su apogeo gracias a que las zonas en las que se encuentran eran puntos culturales y comerciales. Ubicadas en avenidas céntricas como Nicolás de Piérola, Tacna y Abancay, la afluencia de público era enorme. El cine Tauro, por ejemplo, tiene capacidad para alrededor de 1, 000 personas. Lamentablemente, el advenimiento de las cadenas de cines, el descuido del Centro de Lima y la piratería acabaron con la época dorada de estos establecimientos.

¿En qué se diferencia un cine porno de uno como los que frecuentamos los fines de semana? Lo primero que salta a la vista es que está permitido fumar. Tres espectadores chupan un cigarrillo con parsimonia. Cinco asientos a mi costado, un señor canoso que lleva puesto un buzo me recuerda que estas películas están hechas para verlas con ¡una sola mano! Adelante, alguien habla por celular en voz alta y los demás lo mandan a callar. A pesar de estar en un cine porno, las buenas costumbres no se pierden aquí.

De pronto, escucho ligeramente a dos personas conversando cerca de mi asiento. Giro mi cabeza para localizar de dónde provienen esos susurros y mis ojos se fijan en la puerta de ingreso a la sala. El que me da la espalda viste un polo rojo, un jean pegado y unas zapatillas negras. Por su parte, su interlocutor lleva puesto un gorro, un polo manga cero rojo y unas zapatillas blancas. Los dos se paseaban por la sala, cargando una cartera. Cada cinco minutos y estudian a sus posibles clientes para reconocer su estado de arrechura.

El señor de buzo que se sienta en mi fila pide que uno de ellos se acerque. Basta un breve intercambio de palabras para completar la transacción. El travesti recibe el dinero y se arrodilla para practicarle sexo oral, mientras el cliente se desajusta el buzo y se pone cómodo. Desde mi posición, puedo escuchar el silencioso contacto de los labios con el falo.

El sexo y la prostitución son moneda de cambio en la oscuridad de estos cines. Los travestis acuden a estos lugares para ofrecer sus servicios a los solitarios ancianos que llegan aquí para obtener un poco de placer. Los mismos asientos, los pasadizos y los baños son utilizados para efectuar rápidos y furiosos encuentros sexuales.

Lo hacen a pesar de las continuas redadas de la municipalidad. En ellas, no solo intervienen a los travestis sino que clausuran temporalmente “sus centros de trabajo”. Claro, siempre pueden migrar a otro cine, pero esto puede traerles problemas con los travestis que tienen más tiempo allí. Si pescan a uno nuevo que se ha colado en la sala, los más viejos lo obligan a salir en frente del público.

Después de dos o tres minutos, el travesti se pone de pie y regresa ufano donde su compañero. En tanto, el cliente se acomoda el buzo y se retira de la sala como si nada hubiera ocurrido.

Pokerwom llega a su fin y uno que está acostumbrado a salir terminada la función se levanta de su sitio. Pero rápidamente me percato que en estos cines uno puede ver cuántas películas quiera sin tener que pagar S/. 1 más. Así que me vuelvo a sentar en mi butaca que otra película está a punto de iniciar: Consolami papi. Este film, más sórdido que el anterior, trata sobre dos parejas de padres e hijas que hacen caso a sus instintos más primitivos y se dejan llevar por lo que les pide la carne.

A la mitad de la película, el travesti que estuvo hace un rato con el hombre de buzo me desliza una invitación.

-Papi, ¿quieres que te haga unos cariños?

-¿Cuánto me van a costar uno de esos cariños?- pregunto por curiosidad.

-Cinco soles por una paja y diez por chupártela.

-¿Cómo te llamas?

-Daniela. ¿Vas a querer o no?

-¿Y tu amiga cómo se llama?

Daniela no responde a esa pregunta. No desea perder su tiempo con alguien que no se encuentra interesado en sus servicios. Frente a la cortina roja hay una persona esperando que le hagan cariño. Ella se dirige hasta allá, ingresa al baño y con un ademán le pide que entre. En un trabajo como este, uno prefiere al cliente seguro, al que sabe que está buscando.

La película sigue corriendo. Algunos se van y sus asientos son tomados por otros que recién llegan. En ese ir y venir una persona con una mochila se sienta a dos butacas de distancia. Su presencia me genera cierto temor y no es para menos. Tener tan cerca a un hombre en un cine porno puede ser intimidante. ¿Con qué intenciones se nos puede estar acercando?

Por estar vigilando los movimientos del espectador sospechoso, no me doy cuenta que la tercera película ha comenzado. Una típica porno gringa con mejor presupuesto y realización que las anteriores. Sin embargo, un detalle me exaspera con el transcurso de la acción: el doblaje al castellano de España. ¿Es lo mismo un “fuck me hard” que un “cógeme duro”? ¿Escuchar un “fóllame con tu polla” de una mujer excita o, en cambio, provoca reírse? Probablemente, mi vecino tenga algo que decirme al respecto.

-Estos doblajes son una porquería. Ni siquiera cuando están follando los gemidos están sincronizados con los movimientos de sus bocas.

-Sí pues –respondo, siguiéndole la corriente-. Qué lástima.

-De todas formas, lo que importa aquí no es el idioma en que esté la película, sino cómo se la tiran a la tipa, si se nota que se la están cogiendo bien.

-…

-Si está disfrutando del polvo que está teniendo.

-…

-Si se pone en cuatro y…

Una molestia en los ojos y la sensación de agotamiento me indican que estoy hastiado de tanto sexo. Una cosa es mirar un video porno de veinte minutos en tu computadora y otra muy diferente es soplarte casi tres horas de vergas y coños en una pantalla gigante. Así que al término del tercer film, me levanto de mi asiento. Una cuarta película va a empezar.

El público sigue llegando a la sala, pero identifico a los que llevan tanto tiempo como yo. Una pregunta surge en mi mente. ¿Es normal ver porno horas por horas? ¿Relegar actividades diarias para convertirse en un onanista profesional?

Porno

Foto: Víctor Manriquez.

Naturalmente, antes de irme aprovecho para ir al baño a orinar. Al entrar, me enfrento a un panorama deprimente. La suciedad impregnada en las paredes parece estar allí desde hace años. Las mayólicas están destrozadas y los caños rotos. Me acerco al urinario cuando me detiene un débil pero prolongado jadeo, acaso la señal de una eyaculación. Podría echar un vistazo, pero prefiero hacerme el loco, orinar lo más rápido posible, subirme el cierre y retirarme sin voltear.

Afuera, el sol brilla como una esfera incandescente y lastima mis córneas, acostumbradas a la oscuridad del cine. Mientras camino con dirección a la Plaza Grau, me acuerdo de los curas de mi colegio que me prohibieron visitar uno de estos lugares porque era considerado pecado grave, un ticket asegurado hacia el infierno. Sin embargo, para los asistentes esta sala es su paraíso, el rinconcito donde pueden escapar de la realidad y sus problemas por una o varias horas. Qué importa si más adelante uno se va al averno, aunque sea gozaron de ese cielo donde uno puede conseguir cariño por unas monedas y las mujeres no se cansan de tirar.

[Publicado en la revista Carta Abierta N°1]

Sobre El Autor

Víctor Manriquez

Mantiene una relación amor-odio con el periodismo. Durante un año y medio se dedicó a estudiar las crónicas que Abraham Valdelomar escribió hace un siglo.

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