Parece increíble que, en estos días finales de julio, estemos hablando de un nuevo gobierno que, contra todo pronóstico, no sea fujimorista. Resulta asombroso que Pedro Pablo Kucsynski (PPK), un candidato magro, apagado, poco peleador, haya ganado la segunda vuelta de este 2016. Parece sorprendente que, al borde de la hora crucial, una parte de la calle haya reaccionado providencialmente. Resulta balsámico que, una vez más, las urnas hayan salvado el partido.

El fujimorismo existe, late, respira. Es fuerte y, aunque a muchos nos desagrade de manera suprema, tiene pleno derecho a estar en política, actuar, influir. Más aún: exhibe un ancla muy fuerte en los estratos populares de la población, del que otros grupos, incluido el movimiento de PPK, no se pueden vanagloriar. El problema era -y es- que puestos en la encrucijada de la Historia otra vez, como opción de gobierno, apuntaban a generar una batahola en el país.

Unas declaraciones recientes de Luz Salgado, la inminente nueva presidenta del Congreso,  para el diario El Comercio ofrecen una pista, clarísima a mis ojos, de lo que estaba en juego y en riesgo. “Lo que hay contra el fujimorismo –dice la supuesta cara moderada de este movimiento- obedece a gente que fue metida a la cárcel, gente mezclada con Sendero y MRTA. Son gente a la que no le gustó que le rompiéramos un proyecto político”. En otras palabras, Fuerza Popular cree que estamos aún en los 90, no entiende que la Historia muta y no se puede disolver, disolver…

Nos salvamos, más allá de los planes de gobierno que se hubieran puesto en marcha, de un tiempo turbulento, tenso, inmerecido para una república que se asoma a su bicentenario ya con bastantes traumas sobre sus hombros. El fujimorismo en el poder no iba a significar reconciliación, por más intentos de lifting político de sus integrantes. Más aún: en los últimos días, gracias a la penosa performance de Joaquín Ramírez y José Chlimper, se vio lo que eran.

Su propuesta política consistía en coquetear, sino hacer pactos concretos, con grupos que driblean la legalidad, o que claramente están fuera de ella (los mineros informales, por ejemplo), y eso implicaba un fantástico riesgo. Quienes creen que se iban a reciclar, en aras de reparar su pasado vergonzoso, quizás se equivocaban. No sólo por esas señales preocupantes, lanzadas en la campaña y hoy; también porque, en rigor, agrupa a lo más graneado del autoritarismo peruano.

Keiko Fujimori en el poder iba a significar, cómo no, la reivindicación de los 90, no solo políticamente sino, lo que es peor, simbólicamente. Habría sido la confirmación de que no nos importa mucho el paramilitarismo, la corrupción múltiple, la cultura de baja estofa. O del asistencialismo de la peor laya, ese que antes de la segunda vuelta le hizo jurar a unas mujeres campesinas que votarían por la candidata. De eso nos libramos, casi salvados por la campana.

PPK le ganó con las justas, empujado por los movimientos sociales y con el apoyo quisquilloso pero al final eficaz de Verónica Mendoza. Lo que hay que preguntarse ahora es qué tiene que hacer para que ese gesto providencial de la ciudadanía no se convierta solo en un suspiro de alivio, sino en una perspectiva de cambio real (¿su grupo se llama ‘Peruanos Por el Kambio’, no?). En suma, qué va a hacer para que se transformen el Estado y a la vez la cultura política.

No se ve una ruta simple y, a la luz del nombramiento de los nuevos ministros, se percibe más una intención de gobernar con ‘capacidad técnica’, antes que con habilidad política. Y tal vez con poca experiencia social. Cuando se le ha preguntado a Fernando Zavala, el Premier ya nombrado, sobre eso ha dicho que “son personas que tienen capacidad de comunicación”. Suena a “también son técnicos en eso”. No tanto a que tienen una trayectoria real en la cancha.

En la cancha política y social, porque no se trata sólo de moverse sagazmente en los distintos predios partidarios. Se trata de entender, desde las calles o el campo, en qué país vive uno, cuáles son sus angustias, sus problemas, sus necesidades y aspiraciones. Confío en que la performance del nuevo gabinete me desmienta. Es un caso en el que, de verdad, deseo equivocarme y no tendré reparo alguno en reconocerlo. Pero solo el tiempo y la realidad darán su veredicto.

La palabra ‘cambio’ es muy traficada. Todos los grupos la enarbolan, porque nadie quiere ser ‘conservador’. En los hechos, sin embargo, puede haber una transformación política, aunque no social, como ocurrió con la Independencia de 1821. El cambio político puede ser algo fácil; el cambio social es lo realmente difícil. Si pasó todo lo que pasó, en este primer semestre del 2016, confiemos en que sea para que, por lo menos, el cambio que viene no sea otro fugaz maquillaje.

[Publicado en la revista Carta Abierta N°11]

Sobre El Autor

Profesor de la carrera de Periodismo de la PUCP. Periodista y columnista del diario La República.

Artículos Relacionados