Por Alexander Huerta Mercado

En antropología me formaron para la observación de campo referida a lo que mi profesor Manuel Marzal llamaba otras culturas. Como los noventas eran años muy difíciles y había una crisis económica galopante- y yo no podía dejar mis estudios ni mi chamba- decidí hacerlo en Lima. Con mi abuela había visto el programa Trampolín a la Fama desde el televisor en blanco y negro, y luego a color. Desde siempre me intrigaban las representaciones televisivas. Como estudiante de antropología me interesaba ver cómo las divisiones sociales estaban representadas en un evento social.

Me parecía algo fácil porque solo tenía que ir al set de televisión y entrar como público para observar. Todo parecía sencillo y hasta económico, pero me di con una sorpresa dividida en dos: (A) Había que hacer cola en la puerta del canal cinco. (B) Había que hacer cola desde la noche anterior.

Así que hice cola varias veces. Me usaron de almohada, tomé sopa con mis compañeros de fila, conversé con las señoras y los muchachos durante las húmedas madrugadas limeñas. Me hice amigo de los locos de la calle, vi muchas peleas e incluso supe literalmente lo que eran los escobazos cuando nos botaron de una quinta donde ensayaban los concursantes al programa. También sentí los palazos de un policía cuando puso orden en la fila en un momento en el que todos se querían colar.

En realidad fue lo mejor que me pudo pasar porque realmente entendí dónde estábamos parados como sociedad. Me di cuenta que la vida social peruana era una cola interminable para asistir a un programa que otorgaba el premio mayor. Todos en fila. Todos con un número marcado en el brazo.

Entre nosotros nos organizábamos para evitar que alguien se metiera en la cola. El canal tenía vigilantes que aprovechaban nuestra numeración y nos obligaban a estar siempre en orden. La policía controlaba cualquier desmán cuando ni los números, ni los vigilantes podían hacer algo. En antropología entendemos los rituales como una suerte de modelo a escala de la sociedad que lo practica. En esta formidable y larga cola pude ver cómo existe una interacción entre los mecanismos informales que el público imponía y la negociación con los espacios formales del canal, tal como venía ocurriendo desde hace décadas en el Perú, donde el estado también forma parte de las redes de informalidad económica y política. A su vez entendí que estábamos en una sociedad donde temíamos que alguien tome nuestra posición en la fila, es decir se colase. En realidad todos éramos potenciales colones y por eso temíamos que eso nos afecte. Por lo que queríamos siempre que la policía ingrese a nuestro favor. Hacia mi trabajo justo cuando Fujimori era entusiastamente recibido: asociaba esta necesidad de un estado policial en un ambiente donde se sacrificaba la democracia por el orden.

En la cola se formaban gremios de jubilados que se quejaban de que no los dejaban entrar al programa y escribían comunicados reclamando al canal. También había negociaciones de quienes a cambio de un lugar en la cola, traían comida o café para todos. Hasta se organizaban pequeños concursos de canto al aire libre.

Pude entrar al programa y dentro era otra vorágine. Al interior éramos trescientos cincuenta personas pugnando por participar en un concurso, riéndonos o intentando atrapara un premio que el animador tiraba al aire. Se organizaban verdaderas batallas campales para atrapar un premio. Una vez me cayó una pelota como premio pero en realidad no era yo el premiado, puesto que me cayeron encima tres sujetos y pugnaron por el balón. El premio era para quien se lo quedaba.

Trampolín a la Fama- y si quieren busquen en YouTube- era un programa conocido por el ingenio de su conductor, Augusto Ferrando, quien ponía apodos, se burlaba y ponía en situaciones cómicas a los participantes. Era común ver que se trataba de una suerte de espacio para la humillación. Estando ahí me di cuenta que al interior del programa, del set, se formaba una suerte de comunidad de compañeros, una suerte de participantes en un ritual de juego, y que la humillación no era percibida en esos momentos, sino las ganas de salir en televisión. Las ganas de romper el anonimato. Las ganas de ser reconocido por la vecina al día siguiente: «Vecina…la vi ayer en Televisión». Sentía que la televisión estaba dando la trascendencia que la religión antes otorgaba a las personas. Me quedé pensando en la trascendencia de ese aparato con pantalla que prendemos y apagamos todos los días.

 

[Publicado en la revista Carta Abierta N°12]

Sobre El Autor

Carta Abierta

Artículos Relacionados