Hace más de un año entrevistaba a Dany Salvatierra sobre su novela El Síndrome de Berlín. Estábamos en su departamento y, una vez apagada la grabadora de audio, la sobremesa se alargó por horas entre cigarros, café y música electrónica que sonaba desde la consola que utiliza para musicalizar fiestas; una de las varias ocupaciones alternativas de Dany: escritor, diseñador gráfico, DJ, trotamundos, ávido lector y fanático de John Waters.

Durante esa sobremesa Dany me soltó un secreto que me prometió no repetir y me tuve que guardar por más de un año. Me dijo que ya estaba en planes de publicar su próxima novela. ¿De qué trataría? Pues de un exterrorista pedófilo viviendo en La Molina. “Pucha, Dany. Es como si te sentaras todo el día pensando en qué es lo más ofensivo que posiblemente podrías escribir.” El comentario lo recibió con un silencio, una sonrisa y una pitada de cigarrillo.

Un año después me di con la sorpresa de que este libro ya estaba disponible en el mercado bajo el nombre de Eléctrico Ardor, con una tentativa portada de un niño pre-adolescente con el pecho desnudo. En las primeras páginas me di cuenta de que la sinópsis que me había hecho Dany aquella tarde en su departamento había sido una versión light de lo que realmente contenía el libro. Sí, trataba acerca de un exterrorista pedófilo viviendo en una mansión de La Molina. Pero además era un exterrorista pedófilo que trataba de adoctrinar y luego violar a un niño de diez años en silla de ruedas que se mudaba a la casa de al frente.

La historia entera está narrada en primera persona desde el punto de vista del Camarada Prudencio que nos va describiendo, por momentos con mucho detalle, todo lo que intenciona hacer con el niño paralítico llamado Rodrigo. Paralelamente, nos va revelando su pasado como terrorista del grupo ficticio Ardor Popular que muy claramente emula al Sendero Luminoso. La mención del Presidente Asmodeo y de su esposa, la Camarada Vivian, junto con las referencias a una explosión en la calle Tarata, dejan muy en claro que la máscara detrás de la cual se oculta una alusión a la historia reciente de terrorismo en el Perú es una máscara bastante transparente.

Leer una novela narrada desde el punto de vista de un terrorista pedófilo es una experiencia rarísima e incómoda, pero si algo tiene muy presente la narrativa de Dany Salvatierra es el sentido del humor, volviendo a Eléctrico Ardor en una novela mucho más rara aún. Sentir empatía por el Camarada Prudencio no es imposible y esa idea de por sí da miedo. La temática radicalmente confrontacional del nuevo libro de Dany es impactante. Sin embargo, su prosa irónica y su fantasía obligatoriamente lúdica le dan nuevas capas a lo que regularmente sería considerado uno de los temas más densos del mundo. El sentido del humor de Eléctrico Ardor plantea nuevos puntos de vista sobre temas que sólo han sido tratados desde una seriedad absoluta. ¿Ya estamos listos como país para escribir –o leer– libros en los que el terrorismo sea un recurso de entretenimiento?

Al igual que la película Perro Guardián, la novela de Dany se caracteriza por pertenecer a la nueva tendencia de crear historias en la época post-terrorismo de los 2000. A diferencia de la película, Eléctrico Ardor busca alejarse de la realidad a propósito para crear una versión fantástica del terrorismo, cuyo objetivo no es informar al lector acerca de los sucesos de una época que muchos experimentaron de primera mano, sino explayar el tema central de la novela que es el acercamiento y sensibilización hacia un personaje que representa lo que en el Perú consideramos como los atributos más negativos posibles: un terrorista pedófilo.

Ya que el libro se explaya bastante más en la pedofilia que en el terrorismo, que es usado como recurso, se genera un sentimiento tan transgresor que los temas tabú pasan casi a un segundo plano. ¿El humor y el absurdo son la mejor manera de dejar ciertos temas atrás? Eléctrico Ardor crea un nuevo género del post-terrorismo en el que nada es lo suficientemente importante como para no poder deformarlo en una fantasía fácil de considerar moralmente corrupta, que es ciertamente más entretenida que reflexiva.

[Publicado en la revista Carta Abierta N°4]

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