Porque luego de tanta evolución, seguimos volviendo a los golpes.

Por Eduardo Prado

Los problemas se arreglan dialogando. El ser humano entendió esa ficción y creó las aulas, los parlamentos, las salas de espera, los sofás cafés y las bancas en los parques. En cierta medida, ahora se ha vuelto sencillo decir lo que pensamos. En otras ocasiones, paradójicamente, el lenguaje nos sirve para sentar las bases de una pelea. Al final, la única verdad de una discusión tal vez se encuentre en el silencio que un golpe puede provocar.

Algunos lo han puesto en práctica. El Takanakuy, por ejemplo, es una tradición de violencia consentida que existe desde la colonia. Todos los años los pobladores de Santo Tomás de Chumbivilcas, en Cusco, se agarran a golpes durante la mañana siguiente a la navidad. La noche de paz tiene una fecha de expiración. Adolescentes, hombres, mujeres y ancianos se miden frente a un igual para resolver los problemas que han tenido durante el transcurso del año. Las disputas pueden ser por un terreno, un bien, un desamor o, simplemente, el honor. Se reúnen en la plaza, el público delimita un cuadrilátero improvisado, y los ronderos –a veces junto a algunos policías– se convierten en jueces de las decenas de contiendas. Las reglas son claras: solo valen los puños y patadas, no está permitido atacar a un contrincante caído y la pelea concluye con un abrazo. Luego de que el encuentro concluya, como por designio divino, sus problemas habrán sido resueltos.

En El club de la pelea, el escritor Chuck Palahniuk y el director David Fincher ahondan en el comportamiento del hombre moderno. La vida diaria está llena de rutinas automáticas y etapas emocionales. El personaje de Edward Norton sufre de insomnio (¿qué otro problema puede expresar tan bien lo que es vivir en un estado perpetuo de stand by?), y no se le ocurre una mejor solución que acudir a grupos de ayuda. Es decir, escuchar y ser escuchado por personas que sufren condiciones similares. Los hijos de la generación del psicoanálisis y los problemas patológicos se han vuelto adictos a estas sesiones de catarsis. Sin embargo, no funcionan. Al menos no del todo bien. Karl Kraus, satirista y ensayista austriaco, ha dicho: «El psicoanálisis es la única cura que ha inventado su enfermedad». Entonces, como respuesta efectiva, este atormentado hombre encuentra otro grupo de ayuda: uno que resuelve los problemas a través de peleas programadas cada semana en un club secreto.

Pero recurrir a los golpes es volver a nuestra forma más básica. En un combate no existen los argumentos o contraargumentos; las barreras invisibles del egocentrismo y la timidez se desvanecen; el cinismo y la hipocresía se agotan de inmediato. No hay mucha vuelta que darle: golpeas o eres golpeado. La ensayista Joyce Carol Oates escribe sobre el boxeo, en su libro «On boxing», lo siguiente: «El boxeo es muy íntimo. Los boxeadores llevarán a la pelea todo lo que forma parte de ellos, y todo eso será expuesto». El lenguaje que se produce entre dos luchadores, mientras se fajan mutuamente, es uno que escapa a la lógica de la razón. Cerrar el puño ha de ser un movimiento innato del ser humano.

 

Motivaciones de ring

Luna Tobin, ex campeona sudamericana de muay thai, no sabe por qué le gusta combatir. La disciplina que practica es una de las más violentas del mundo: utiliza los puños, patadas, codos y rodillazos. Los cortes en el rostro son solo las consecuencias más comunes. Pero, de lo que sí está convencida, es que no siente miedo cuando pelea. Tobin encuentra en el entrenamiento una terapia de desfogue. Así como por odio o frustración tiramos al aire un objeto o sacudimos una almohada, ella prefiere lanzar y recibir patadas del sparring de turno. Encuentra tranquilidad por medio de los golpes.

 

En el 2015, Luna Tobin ganó el Campeonato Sudamericano del World Muaythai Council (WMC) y también revalidó el Campeonato Sudamericano Amateur de su categoría.

Sin embargo, también existen los luchadores que pelean con certezas. Miguel Sarria, campeón mundial de kickboxing en la categoría welter ligero, supo exactamente cuándo debía regresar a luchar. Llevaba dos años en el retiro, mientras trabajaba en la sección de policiales de Perú 21, cuando le llegó la noticia: una oferta de combate que le podría abrir las puertas para competir por el título mundial. No había nada seguro, pero Sarria renunció al periódico y se encerró a entrenar. «El periodismo es mi pasión, pero muero por pelear», confiesa el campeón. En otra ocasión, durante una de sus retenciones, le recomendaron que no entrara en el juego en corto de su rival y que atacara de lejos con patadas. «Pero luego de los dos primeros rounds, me le fui encima con todo. Sentí que podía y debía hacerlo, sin importar los consejos de mi esquina», recuerda. Las reacciones de Miguel Sarria, dentro y fuera del ring, son instintivas.

Aunque no todo lo que sucede un cuadrilátero es un remolino de golpes. También hay quienes suben allí para brindar un espectáculo. Por ejemplo, Linda Lecca, campeona mundial de boxeo, prefiere encantar antes que pelear. «No le tengo miedo al rival, pero sí al público y a que no les guste mi boxeo», cuenta. Se concentra más en la estética del combate que en la brutalidad del mismo. El boxeo, como muchas otras disciplinas, puede contener belleza en las técnicas que se utilizan para lanzar y esquivar golpes. «He escuchado que me gritan ‘mátala’ desde el público, pero antes de salir al ring siempre le pido a Dios que ambas peleadoras terminemos bien. Que se arme un buen show sin que nadie salga lastimada».

 

Luego de un largo camino marcado por reveses e incertidumbres, Carlos Zambrano firmó este año un contrato con TMT, la productora de Floyd Mayweather.

También existen los peleadores que son conscientes a cada instante del peligro al que se exponen. El campeón mundial de boxeo, Carlos ‘Mina’ Zambrano, es un caso paradójico: no le gusta el deporte que practica, pero reconoce que es bueno en lo que hace. Es un estilista del boxeo, tiene un movimiento de piernas preciso y un contragolpe letal. Mina enfrenta cada pelea como quien va a terminar un trabajo. Sin embargo, a pesar de que posee un récord invicto, cada encuentro le recuerda que su cuerpo tiene una fecha límite de caducidad. A veces, cuando habla, siente que la lengua le pesa y, en esos momentos, piensa que no quiere que su hija crezca con un papá que no puede responderle de forma correcta. A un campeón que solo sabe ganar, la derrota lo aterra. El nocaut, en un cuadrilátero en medio del coliseo, es la peor forma de perder: es una muerte simbólica.

 

Aprendizaje epidérmico

Algunos luchadores practican una disciplina de combate para conocer un poco más de sí mismos. Las artes marciales pueden estar llenas de golpes, llaves y patadas, pero también guardan un significado más profundo que solo saber cómo atacar a tu rival. Por ejemplo, el jiu-jitsu brasileño (BJJ), para el instructor Diego Temple, es una relación efectiva de movimientos. Siempre que cierra una llave de forma correcta, que ejecuta una transición precisa, siente una satisfacción única, como si el desplazamiento de su cuerpo encajara a la perfección. El peleador de jiu-jitsu conduce a su rival hacia lugares incómodos que ponen a prueba los límites del cuerpo. «Nunca vas a saber hasta dónde llega tu brazo o tu pierna si es que no tienes a alguien chancándote, intentando pasar tu guardia», sostiene Temple. Ese aprendizaje no aparece por una mayor resistencia a una llave, sino a través de la rendición. Aquellos que no ceden ante nada, nunca llegan a conocer las posibilidades de su cuerpo. Cuando ahorcan a Diego Temple, saber hasta cuánto puede resistir es la cuenta regresiva para la búsqueda de una forma de escape.

«No puedes practicar esto si no te gusta recibir golpes», asegura Luis Fernando Carrillo, profesor de muay thai. Durante el clinch —cuando ambos luchadores forman una trenza humana—, los golpes pueden ser letales. Más que fuerza y potencia, Luis Fernando lo entiende como parte del timing: cuándo soltar la patada, alzar la rodilla para bloquear, marcar la distancia y lanzar un golpe. Estas son acciones que se definen en segundos. En un arte marcial donde las variaciones de los ataques son reducidas, la repetición se convierte en una fuente inacabable de sabiduría. Lo peor no sucede durante un combate, que solo dura 15 minutos, sino en las largas horas cuando se le enseña al cuerpo a no sentir dolor. Es fundamental crear una coraza alrededor del cuerpo. En la academia de Carrillo, para fortalecer las canillas hay que golpear un saco lleno de aserrín y telas; los antebrazos se acostumbran luego de practicar con otra persona. «La idea no es pegar con un ataque súper poderoso, sino mantener de forma constante los golpes sobre el mismo punto».

 

Diego Temple es cinturón marrón en jiu-jitsu brasileño. En esta disciplina, los distintos grados se adquieren a través de los años de práctica y esfuerzo.

En el mundo de las peleas, las Artes Marciales Mixtas (MMA) son un espacio absoluto. En sus inicios, los luchadores solo recurrían a pocos estilos a la hora de luchar, pero hoy se han convertido en un repositorio de diferentes disciplinas de combate. La jaula que se utiliza en el MMA tiene una connotación tan simbólica como práctica: es necesario contener a esas máquinas humanas. Claudio Puelles, peleador de The Ultimate Fighter (TUF), sabe que en el octágono no debe sentir temor si aplica todo lo aprendido. Es un peleador táctico que puede emplear estilos diferentes para cada situación. «Si una pelea no está funcionando a mi favor, no me frustro, sino que cambio mi juego», asegura. Como si fuera una quimera que alterna de forma al momento de pelear, le resulta difícil identificar una disciplina en la que sea superior. Se siente equilibrado.

 

Primeros de la fila

Observar un combate ha sido siempre un placer prohibido. Nos detenemos a mirar con atención cuando sucede en la calle. Luego de un rato, son pocos los que intentan parar la pelea. Y cuando lo vemos en un ámbito profesional, en un cuadrilátero o en una jaula, nos escudamos bajo el argumento de que ambos peleadores son expertos en la disciplina que practican. Se pueden, entonces, fajar con inteligencia. Pero si los luchadores son bestias que se agarran a trompadas, los espectadores somos fervientes consumidores de esa violencia. El círculo vicioso lo completan los hombres que no dudan en abuchear descaradamente cuando la acción se paraliza.

¿Pero qué hay de interesante en las peleas? La clave, tal vez, está en la anatomía. El cuerpo de un peleador profesional está cerca a la perfección. Alguna vez un médico dijo que Muhammad Ali era el ejemplo ideal de espécimen humano. Los peleadores entrenan cada músculo durante meses, realizan exhaustivas rutinas que no permiten el error, y cortan increíbles cantidades de peso para llegar a la pelea. Además, guardan en sus movimientos la memoria muscular que solo los años pueden otorgar. El resultado final es un cuerpo depurado física y técnicamente que, irónicamente, subirá al ring para ser destruido. Como un automóvil recién armado, con todos los repuestos nuevos, a punto de estrellarse contra otro igual.

«¿Qué belleza justifica todo esto?», se pregunta David Renmick en Rey del mundo: Muhammad Ali y el nacimiento de un héroe americano. ¿Vale la pena tanto castigo innecesario sobre el cuerpo? No hay justificación lógica que otorgue una respuesta medianamente correcta. Cuando Renmick publicó aquel libro en los noventa, observaba cómo el boxeo iba perdiendo poco a poco popularidad en el mundo. Concluyó que la sociedad empezaba a perder interés. Sin embargo, la UFC –un espacio mucho más violento– se ha convertido hoy en el nuevo entretenimiento de masas. De alguna u otra forma, las pulsiones por ver a dos hombres semidesnudos pelear, sin otra arma que sus brazos y piernas, se siguen manteniendo desde la Grecia antigua. Vivimos solo para repetirnos hasta la eternidad.

En el fondo somos animales de instintos básicos. Respondemos a la provocación y los incentivos más elementales. Habitamos engañados enormes ciudades de cemento y metal, con estructuras y leyes sociales, pero muchas veces actuamos como seres primarios. Y, aunque eventualmente aceptemos que el boxeo y el MMA no tienen otro objetivo que provocar daño al rival, seguiremos volviendo. Permaneceremos como aficionados aunque tengamos la certeza de que se trata de demencia pura. Esa certidumbre, dice Joyce Carol Oates, es nuestro lazo común y a veces –si nos atrevemos a decirlo– nuestra común vergüenza.

 

[Publicado en la Revista Carta Abierta N°12]

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