Desalojos, recintos en mal estado y exceso de alumnado en el Conservatorio Nacional de Música. En el centro de estudios más importante de este arte en el país, no hay espacio para tocar instrumentos.

Por Andrés Talavera

Son las once y media de la mañana, y Nayat Jazmín Cárdenas, una cusqueña de veinte años con destreza para el piano pero especialista en el violoncello, camina apurada por las calles de Carabayo, en el Centro de Lima. Sabe que debió llegar más temprano. A mitad de cuadra, los sonidos de trompetas, percusiones y cantos le predicen el panorama: en el Conservatorio todo está lleno. Cuando llegó a la sede -una sobria construcción que al inicio funcionó como Banco Alemán y que hasta 1996 fue Banco Hipotecario del país- comenzaron a mezclarse los sonidos de veintitrés instrumentos. En el Hall Principal están los estudiantes de canto, sopranos y mezzosopranos que entonan cánticos rodeados por paneles blancos que intentan separarlos del sonido de las calles. Ese mismo espacio es utilizado como auditorio para las presentaciones que tienen en sus exámenes parciales y finales. Lo que sigue son cuarenta salones, entre grandes y pequeños –algunos ridículamente chicos, con espacio para alumno, profesor e instrumento– que no son suficientes para los 500 estudiantes que tienen entre Preparatoria y Superior. Sucede que el Conservatorio Nacional de Música- el centro de estudios más importante y prestigioso del país, que formó a reconocidos artistas como el tenor Juan Diego Flórez o Jorge Caballero (uno de los mejores guitarristas del mundo) tiene un problema de sobrepoblación y no cuenta con un recinto con las condiciones necesarias. En el día a día no es extraño ver a guitarristas, violinistas y percusionistas practicando por los pasadizos. En el sótano, las antiguas bóvedas del banco, que hacen las veces de salones, son un constante recordatorio del inmueble que les entregaron, con una permanente humedad que juega en contra del deterioro de los instrumentos. «El problema es que acá también están los alumnos de extensión –aquellos que se matriculan para clases particulares y en horarios libre–, que pagan una cuota mayor a la que pagamos nosotros. Están allí todo el tiempo. Ese es el fastidio de todos, nos obliga a estudiar en pasadizos, baños o en la azotea», cuenta la cellista. Ella no es el único caso, es solo el reflejo del caos.

En el aula 318, ubicada en el último piso, se encuentra Jaime Rey, percusionista de veintiocho años que ingresó a los veintiuno en su tercer intento. En el Conservatorio, el número de vacantes por especialidad no es un dato menor. En su segundo intento, Rey, un estudioso de la vanguardia musical, quedó quinto puesto en su especialidad y sin posibilidad de entrar. Su realidad dentro del recinto es especial. Al igual que todos los percusionistas, solo tiene dos aulas para practicar: la 318 y 316. Son exclusivamente de ellos. El problema viene cuando, en un mismo salón, se encuentra él y su tambor al lado de un estudiante que quiere estudiar la marimba, un instrumento más delicado, mientras otro llega con un vibráfono. «Esa mezcla de sonidos no hace bien, pero tenemos que convivir, llegando a arreglos: tú tocas, el resto hace silencio y después me toca a mí. Acá no es como en Estados Unidos o Chile, donde cada instrumento tiene su espacio y no tienes que lidiar con otras personas que tienen el mismo derecho de estudiar», cuenta. «Tengo una amiga que no es de Lima y que toca el oboe. Llega a las ocho de la mañana a separar un salón y sacar un instrumento del Conservatorio, pero eso es una moneda al aire. A veces llega y el salón está copado o no hay instrumentos disponibles». Al igual que ella, Rey trata de llegar a esa misma hora, cuando hay menos personas en sus salones.

En 1908, el presidente José Pardo aprobó los mecanismos y el presupuesto para llevar a acabo la construcción de una Academia Pública y gratuita para la enseñanza de música.

Un piso más arriba está Nayat Jazmín Cárdenas. Acaba de terminar de movilizar su cello, con parante y partituras a la azotea. Tuvo que subir por las escaleras pues los ascensores están malogrados. La cellista está lista para lo que viene: la bulla de las calles, el claxon de los taxis, el viento y su manía de volarle los papeles, y el resto de estudiantes que tienen un instrumentos de viento metálico. Debido al sonido que emiten, y al no contar con un salón hermético para ellos, solo les queda ensayar al aire libre.

En el segundo piso, desde las oficinas administrativas y la dirección, están al tanto de esta problemática. «La directora está haciendo un muy buen trabajo, cambiando todo lo que está en sus posibilidades y convirtiendo cada espacio sobrante en un salón» cuenta Nayat. En el Conservatorio, todo se utiliza.

En 1996 la institución recobró el nombre de Conservatorio, que había sido modificado por el gobierno militar de Juan Velasco Alvarado a Escuela Nacional de Música.

Carmen Escobedo es arquitecta colegiada, pero también una pianista con oído absoluto, capaz de reconocer cualquier nota en el aire. Su padre, profesor de música que hizo textos escolares para la malla curricular, Director de Coro y titulado del conservatorio, la descubrió a los tres años una mañana en la sala de su casa, sentada frente a un piano vertical. Escobedo, la menor de cinco hermanos, estaba repitiendo una pieza que había escuchado practicar a su hermana.  Realizó sus estudios en Sas-Rosay y en el Conservatorio, donde obtuvo el título de profesora de piano. Fue becada por la Comisión Fulbright para estudiar un postgrado en la Universidad de Indiana –hoy Jacobs School of Music–, obteniendo el grado de Master of Music. Presentó recitales en Bruselas, Praga y Texas. Carmen Escobedo es la actual Directora del Conservatorio, la número veintiuno. Antes había sido Directora Académica en 1994 y de 1999 al 2002. Este es su segundo año en el cargo más alto. Desde su oficina, mientras le pone firma a una pila de papeles, su oído absoluto siempre está activado. «Esa batería debería estar en el cuarto piso», comenta. Escuchó un instrumento fuera de lugar. Sabe que al lado de esa batería hay una sala de canto, y que los reclamos llegarán. Al lado de esas aulas está la 301, donde ella dicta piano.

– Yo les pido que no estudien allí, pero es que no tienen dónde. Es lo que trato de que entiendan las autoridades: el Conservatorio necesita salas de ensayo herméticas y un auditorio digno. Esa es su función como establecimiento– cuenta.

En sus treinta y dos años como maestra de piano, Escobedo vivió todo el periplo. Fueron desalojados de su sede histórica, ubicada en Emancipación, porque el Estado no había pagado. Hoy, en aquel recinto adquirido en 1927, hay tres coros: el general, que practica con los instrumentos más preciados del Instituto, en un auditorio ubicado debajo de un segundo piso impenetrable desde hace veinte años ante el riesgo de venirse abajo, según la inspección de Defensa Civil; el coro taller, con los chicos de dirección coral; y el coro de varones –en estos últimos diez años el promedio de matriculadas descendió considerablemente–. Fueron trasladados a una vieja casona en Monterrico en 1993, que le fue decomisada a una familia ligada al narcotráfico en los años noventa. Allí pudieron trabajar durante cuatro años, remodelando el recinto con áreas verdes, salones y un auditorio. «Nos dieron una casa arruinada, con un establo donde criaban caballos y hacían droga. Nosotros las volvimos aulas. De pronto, llegaron los obreros y nos sacaron», recuerda. El estado había perdido el juicio contra los propietarios. Aquella semana de 1996, la maestra y sus alumnos organizaron una protesta en el Parque Kennedy, realizando una maratón musical de 48 horas que, sin darle la importancia adecuada terminó relegada al bloque deportivo de un reconocido noticiero. «Una vergüenza. Los medios no tenían noción de nada», recuerda. Hoy esa casona es la escuela de postgrado de la Universidad de Piura.

En el Conservatorio Nacional de Música se dictan las carreras de Interpretación Musical, Composición, Musicología, Educación Musical y Pedagogía de la Interpretación.

«El Conservatorio debería de tener tres sedes, siendo una de esas para los alumnos de extensión y algunos cursos regulares. Si tuviéramos otro local, los niños podrían venir más días, no solo los sábados», cuenta Carmen Escobedo, mientras espera que el Ministerio de Educación le entregue una lista de terrenos en la cual podrían construir un recinto bien ubicado y diseñado para su función. Pero aún sin nada seguro. Durante el último verano se tuvo un total de mil cien estudiantes, con colas que llegaban hasta la misma Emancipación.

En un año, el Conservatorio puede culminar con treinta egresados, dentro de todas las especialidades e instrumentos. «Tenemos un nivel de lenguaje y teoría muy alto, terminando jóvenes podemos postular a una universidad en el extranjero y con muchas posibilidades de ingresar», cuenta Nayat Jazmín Cárdenas. «Por eso no puedes quedarte esperando a que salga alguien del salón. Si estas con el tiempo justo no puedes desperdiciarlo esperando a que se desocupe, tienes que ir e ingeniártelas». Mientras tanto, las presentaciones no paran para los estudiantes. Hay conciertos todo el tiempo y en todo lugar que puedan encontrar. Hace poco llenaron el Gran Teatro Nacional con recitales del Barbero de Sevilla. Es la manera de avanzar del músico, tocando en público. «Todos nuestros eventos tienen gran acogida. ¿Y así las autoridades siguen diciendo que la música clásica no es de interés nacional?», dice Nayat Jazmín Cárdenas, mientras el sonido de su violoncello se pierde entre el ruido de los taxis de la ciudad.

 

[Publicado en la revista Carta Abierta N°12]

 

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