El anciano lleva una pistola agarrada por el elástico de su calzoncillo. Es una pequeña Walther calibre 22 y le apunta a la entrepierna. Ha pasado el mediodía y el sol brilla en el sur de Buenos Aires. Por una calle angosta, carga un viejo portafolio con papeles; las copias de una carta taquigrafiada en una vieja Underwood color ceniza; máquina más efectiva, quizás, que la Walther. Dos décadas han pasado desde aquella noche en la que escuchó la frase que todo lo cambiaría. “Hay un fusilado que vive”. Recuerda que esa fue una noche asfixiante de verano. Hace veinte años que dejó de ser escritor. Tiempo después, renegó del periodismo. La carta que lleva, sin embargo, ambas deserciones desmiente. Su remitente, un escritor; su escritor, un periodista; su destinatario, la Junta Militar.

Por la avenida San Juan camina el jubila­do en un otoño que no se adivina bajo su sombrero de paja. Tiene en el bolsillo una cédula de identidad que dice Norberto Freyre y un boleto de compraventa de una casa en San Vicente. Con el andar un poco rígido y los pasos cortos pero rápidos, se aleja de la estación de la Línea E del sub­terráneo de Buenos Aires y de la avenida Entre Ríos, hacia la calle Sarandí.

Un grupo de hombres lo espera dentro de unos coches, solo tres de los cuales vale la pena hacer mención. El primero, Jorge Acosta, capitán de fragata, alias ‘El Tigre’, preside la operación. El segundo, Ernesto Enrique Frimon Weber, subcomisario de la policía federal, alias ‘220’, experto en la tortura con picana, logró obtener por ese método el soplo de la cita que vigilan. Y el tercero, Alfredo Astiz, teniente de corbeta, alias ‘El Cuervo’, es ex jugador de rugby y su misión es taclear al anciano para inmovilizarlo.

Lo que el grupo sabe: que el hombre que camina con un portafolio bajo el brazo lleva un disfraz de jubilado, que no se lla­ma Norberto Freyre, que le dicen Neurus o Esteban, que acude en ese momento a una cita con la viuda de un camarada de la que nadie quiere hacerse cargo, y que es el responsable del aparato de inteligencia de la agrupación guerrillera Montoneros.

Lo que el grupo no sabe: que siempre lleva consigo la pistolita, que lo que carga es una carta abierta dirigida al gobierno que los manda, que algunas copias de esta carta acaban de ser dejadas en el buzón de co­rreos de la Plaza Constitución y que tiene la convicción –que atenta contra uno de los objetivos del trabajo de ese día– de no entregarse con vida.

Son poco más de las dos de la tarde cuando el hombre pasa frente a los carros. Recuer­da –quizás– lo último que le ha pedido Lilia, su compañera, al salir del subte: “no olvides regar las lechugas”. Las lechugas de la casa en San Vicente. En ese momento alguien se lanza sobre él, pero no le atina. ‘El Cuervo’ Astiz tropieza en la confusión y comienzan los disparos.

Un testigo ha declarado que escuchó a ‘220’ decir después, orgulloso: “Lo bajamos a Walsh. El hijo de puta se parapetó detrás de un árbol y se defendía con una 22. Lo cagamos a tiros y no se caía el hijo de puta”. El cuerpo jamás apareció.

 

Rodolfo Walsh no puede ser un héroe. Un héroe no pasa de las filas de un partido de derecha radical como la Alianza Liberta­dora Nacionalista –que luego él mismo llamaría “el mejor invento del nazismo en la Argentina”–, a militar activamente en la izquierda fanática y violenta de los guerri­lleros Montoneros. Un héroe no integra una organización capaz de hacer explotar cien bombas en un mismo día, de finan­ciarse secuestrando personas y de planificar asesinatos como el del gerente de la Renault en la Argentina, Domingo Lozano, cuando llegaba a misa con su esposa. Un héroe no muere sin haber logrado ninguna de las causas por las que luchaba, resig­nado de sus propias utopías, y su legado no queda encerrado, casi por completo, dentro de las fronteras de los suyos. La de Walsh no es de esas historias.

Nació en Lamarque Rodolfo, una ciudad campestre de Avellaneda, provincia de Río Negro, a diez horas en coche desde Buenos Aires. Su padre era un administrador de estancia de origen irlandés. Su madre, una mujer que “vivió en medio de cosas que no amaba: el campo, la pobreza”.

La idea más perturbadora en su adolescen­cia –dice– fue “ese chiste idiota de Rilke: Si usted piensa que puede vivir sin escribir, no debe escribir”. A los 17 años comenzó a trabajar en la editorial Hachette como corrector de pruebas, traductor y editor de antologías; a los 20 murió su padre; a los 24 empezó a publicar en la revista Leoplán; y a los 26 era ya un hombre casado y con dos hijas, María Victoria, de tres años y Patricia, de uno. Lo que no tuvo Walsh fue dinero.

De pensión en pensión, intercaló la escri­tura de cuentos policiales con un sinfín de oficios que, muchos años después, resumi­ría así: “el más espectacular: limpiador de ventanas; el más humillante: “lavacopas”; el más burgués: comerciante de antigüeda­des; el más secreto: criptógrafo en Cuba”. Pero estos últimos todavía estaban lejos de concretarse, pues sus sueños de escritor jo­ven aún vislumbraban un camino de éxito y reconocimiento en su país por la “novela seria” que planeaba escribir.

El ensayista uruguayo Ángel Rama ha dicho que Walsh es el heredero de Borges. Esa es la sensación que dejan sus cuentos. En 1957, sin embargo, Rodolfo publicó una nota en Leoplán en la que empezaba a establecer las diferencias. El título era: “Si le quedaran cinco minutos de vida, ¿qué haría usted?” Respondían, entre otros, “un escritor”, que era Borges y “un autor de novelas policiales”, que era el mismo Walsh. Solo basta con mirar las respues­tas. La de Jorge Luis: “observar cómo es el principio de la muerte, cómo la muerte se va apoderando de la vida hasta aniquilarla. Posiblemente, mi experimento resulte tan vano como cuando, de niño, quería ver el momento en que uno pasa de la vigilia al sueño: siempre que estaba a punto de asis­tir al milagro, me quedaba dormido”. La de Rodolfo: “Testamento”.

Veintiún años después, Borges diría de la dictadura que asesinó a Walsh, la más sangrienta de la historia de su país: “Ese es el único gobierno posible en Argentina”.

 

Hacia la medianoche del 9 de junio de 1956, Walsh escuchó el tiroteo. Había esta­do jugando ajedrez en un café de La Plata donde “la única maniobra militar que go­zaba de algún renombre era el ataque a la bayoneta de Schlechter en la apertura sici­liana”. A 85 kilómetros de allí, en un barrio llamado Florida, en el Gran Buenos Aires, la culata de un arma golpeaba la puerta de una casa donde un grupo de hombres se había reunido para escuchar una pelea de box. Esa madrugada, Walsh encontró su hogar, como el de sus vecinos, ocupado por militares de un cuartel adyacente y vio morir en la calle a un conscripto al grito de “no me dejen solo, hijos de puta”. “Tengo demasiado para una sola noche –escribiría luego–. Valle no me interesa. Perón no me interesa, la revolución no me interesa. ¿Puedo volver al ajedrez?”. No pudo. Porque esa madrugada, los doce de Florida fueron llevados a un basural para ser fusilados. Seis meses después, alguien le diría a Walsh que había uno, Juan Carlos Livraga, que había sobrevivido. Y resultó no ser uno, sino siete.

Aquella madrugada de invierno se había querido hacer una revolución para derro­car otra. En 1955, los militares le habían quitado el poder a Juan Domingo Perón e instaurado un gobierno que se autodeno­minó la ‘Revolución Libertadora’, en el que lo único revolucionario fue la supresión de casi todas las libertades. Un año después, dos generales peronistas, Juan José Valle y Raúl Tanco, lanzaron una proclama que empezaba: “Las horas dolorosas que vive la República, y el clamor angustioso de su pueblo, sometido a la más cruda y despia­dada tiranía, nos han decidido a tomar las armas para restablecer en nuestra Patria el imperio de la libertad y la justicia al am­paro de la Constitución y las leyes”. Firma, el Movimiento de Recuperación Nacional, que había sido infiltrado.

El gobierno sofocó el levantamiento de inmediato. Valle y el resto de involucra­dos –y los sospechosos de estarlo– fueron fusilados en estricto cumplimiento de la ley marcial proclamada el 10 de junio a las 00:32 de la madrugada por Radio del Esta­do. Tanco logró asilarse en la embajada de Haití. Pero tan controlada estaba la cosa, tanto se habían adelantado a los hechos, que a las 11:30 pm del 9 de junio, la policía ya había allanado un chalet en Florida y tomado prisioneros a unos hombres a quienes luego pondría frente al pelotón.

Ahí, precisamente, estuvo el detalle: el ré­gimen de excepción legal que constituye la ley marcial no debe ser aplicado a quienes han sido detenidos antes de su promulga­ción. ¿Cómo puede ser asesinado alguien que fue sorprendido en reunión cuando aún no había entrado en vigor la norma que lo prohíbe? Walsh había encontrado la historia para su novela seria y era real.

Operación Masacre fue un trance de muer­te y resurrección. “Haciéndola, comprendí que, además de mis perplejidades íntimas, existía un amenazante mundo exterior”, es­cribiría Walsh. O lo que es lo mismo: dejó de ser escritor y comenzó a ser periodista. No por el resultado, sino por el proceso y la intención. “La literatura es, entre otras cosas, un avance laborioso a través de la propia estupidez”, terminaría diciendo. Nueve años antes de que Capote escribiera su famosa A sangre fría, un argentino que jugaba a la guerra en un tablero de sesenta y cuatro espacios, se había atrevido a com­binar las técnicas de la escritura de novelas con la firme promesa de que todo lo que allí contara sería real. Cuál sea el nombre de este método, es irrelevante. Había por qué luchar.

 

Walsh

Alrededor de un año dura la investiga­ción de los fusilamientos clandestinos del basural de José León Suárez. Por primera vez, Walsh cambia su apellido a Freyre, se compra un revólver y huye de su casa para refugiarse en hogares ajenos, siem­pre acompañado de la joven periodista Enriqueta Muñiz. Apenas termina, escribe la historia: un relato que discurre como los rápidos de un río, simple y excitante a la vez, en una sola dirección y sin rimbom­bancias lingüísticas, hecho para ser leído tanto en la trivialidad de un barrio obrero, como en la holgura de un gabinete militar. Y después pasa lo que tiene que pasar: nadie está dispuesto a publicarlo.

“Es que uno llega a creer en las novelas policiales que ha leído o escrito, y piensa que una historia así, con un muerto que habla, se la van a pelear en las redacciones –escribiría, siete años después–, piensa que está corriendo una carrera contra el tiem­po, que en cualquier momento un diario grande va a mandar una docena de repor­teros y fotógrafos como en las películas. En cambio, se encuentra con un multitudina­rio esquive de bulto”. El periodismo es, en esencia, todo lo anterior.

A un ingeniero lo instruyen para levantar construcciones que no colapsen, y uno no anda por ahí viendo una casa derrumbada por cada dos de pie. A un periodista, en cambio, le dicen que debe buscar la verdad y ponerla al servicio de la gente, porque así esta decide en libertad. Sin embargo, los engaños, las inexactitudes y las histo­rias incontables se apiñan en las salas de prensa. La verdad no solo es un tema más complejo que las zapatas de una columna, sino que sus implicancias desatan una serie de fuerzas menos predecibles que un terremoto y más peligrosas que el óxido y la erosión.

El periodismo que hace Walsh en los cinco años posteriores a Operación Masacre es un paradigma perfecto: fastidioso con el poder, riguroso en su investigación, ameno en su presentación y, ya está claro, mayori­tariamente ignorado.

Entre junio y diciembre de 1958, publica en la revista Mayoría sus notas sobre el Caso Satanowsky, el asesinato de un pres­tigioso abogado judío por conflictos sobre la propiedad del diario La Razón, en el que descubrió la participación de miembros de la secretaría de inteligencia del Estado. En 1964, escribiría sobre esta búsqueda: “Fue más ruidosa, pero el resultado fue el mismo: los muertos bien muertos, y los asesinos probados, pero sueltos. Entonces, me pregunté si valía la pena, si lo que yo perseguía no era una quimera, si la socie­dad en que uno vive necesita realmente enterarse de cosas como éstas. Aún no tengo una respuesta”. La encontró, quizás, en la militancia política.

 

Dice una frase de Ortega y Gasset repetida hasta el hartazgo, que una persona es ella misma y sus circunstancias. En enero de 1959 una revolución de barbudos había triunfado en Cuba. Durante los combates en la Sierra Maestra, muy poco se había oído de Hegel o de Marx, pero sí de un movimiento nacionalista y “antiyanqui” liderado por un abogado cubano y un mé­dico argentino. Walsh, desilusionado de su país, hizo las maletas y enrumbó hacia ese “nacimiento de un orden nuevo, contra­dictorio, a veces épico, a veces fastidioso”. En una época en la que casi todo el tráfico informativo estaba controlado por las ame­ricanas United Press, Associated Press y la International News Service; él, junto a su compatriota Jorge Ricardo Masetti, Gabriel García Márquez y otros periodistas, formó la agencia oficial de noticas del nuevo gobierno: Prensa Latina.

En Cuba, Walsh ejercitó sus genes irlan­deses con enormes cantidades de ron, se desveló entre mates y política con el ‘Che’ Guevara y se dejó seducir por el culpo­so placer de las prostitutas de la isla; sin embargo, su contribución a la historia fue aprender a descifrar mensajes encriptados. Un día, en el teletipo de la agencia apareció un papel lleno de números indescifrables proveniente de la Tropical Cable de Gua­temala. Rodolfo se empecinó en descubrir qué decía y lo logró: era un mensaje para la CIA que reportaba los avances en el entrenamiento de los mercenarios que invadirían Cuba en abril de 1961. Por eso, cuando lo hicieron, por la margen oriental de la Bahía de Cochinos, en lo que se co­noce como Playa Girón, el ejército de Fidel estuvo preparado.

El día del desembarco, sin embargo, Walsh ya se había ido de Cuba. Se comenta que tuvo desencuentros con el sector más duro del partido comunista. No obstante, algo le quedaría hasta el día de su muerte: en adelante, sería incapaz de desvincular la política de lo que llamaría “el violento oficio de escribir”. Comenzó a trabajar para la Central General de Trabajadores de la Argentina (CGTA) y allí publicó su tercera investigación importante, ¿Quién mató a Rosendo?, en la que probó que un diri­gente sindical había sido asesinado por sus propios compañeros y no por combatientes peronistas, como se quería hacer creer.

El peronismo es algo indefinible. Ningún argentino puede decir a ciencia cierta qué es y en qué parte del espectro político se ubica. Lo mismo le pasó a Walsh. Cuando un miembro de las Fuerzas Armadas Pero­nistas (FAP) le ofreció entrar, él respondió: “Cómo voy a entrar a una organización que se llama peronista, si yo no lo soy”. A lo que Raimundo Villaflor le dijo: “Si vos no sos peronista, lo disimulás bastante bien”. Y entró.

Pasaron los años y las FAP fueron integra­das a Montoneros. En esa guerrilla no solo militó Rodolfo, también lo hicieron sus dos hijas. La mayor de ellas, María Victoria, fue oficial 2°, responsable de la prensa sindical. Flaca y de pelo corto, Vicky tenía una hija cuyo padre había sido desaparecido poco antes de su nacimiento. El 29 de septiem­bre de 1976, cuando fue emboscada por el ejército en una casa de Villa Luro, en Buenos Aires, Vicky no había encontrado con quién dejar a la bebé.

Walsh escribiría en su Carta a mis amigos: “He visto la escena con sus ojos: la terraza sobre las casas bajas, el cielo amaneciendo, y el cerco. El cerco de 150 hombres, los FAP emplazados, el tanque. Me ha llegado el testimonio de uno de esos hombres, un conscripto: “El combate duró más de una hora y media. Un hombre y una muchacha tiraban desde arriba, nos llamó la atención, porque cada vez que tiraban una ráfaga y nosotros nos zambullíamos, ella se reía””.

Cuando a la contienda se sumó un helicóp­tero, Vicky entendió que no había salida posible. De pronto, un silencio. La hija ma­yor de Rodolfo Walsh se colocó a la vista y empezó a hablar en voz alta pero tranquila. “Recuerdo la última frase, en realidad no me deja dormir. –Ustedes no nos matan –dijo–, nosotros elegimos morir. Entonces ella y el hombre se llevaron una pistola a la sien y se mataron enfrente de todos nosotros”.

 

Hasta el 2003, la Secretaría de Derechos Humanos tenía registradas 13,000 víctimas de la dictadura militar. Las Madres de la Plaza de Mayo, grupo nacido para buscar a sus hijos desaparecidos, calculan la cifra en 30,000. El Proceso de Reorganización Nacional –o el Proceso, a secas– ha sido el gobierno más sangriento de la historia de Argentina. Cuatro juntas militares gober­naron desde marzo de 1976 hasta diciem­bre de 1983, justificándose en la necesidad de combatir a las guerrillas. Durante todo ese periodo, el Casino de la Escuela de Me­cánica de la Armada (ESMA) fue converti­do en un siniestro centro de detención. Allí se sistematizó la tortura y la desaparición, no solo de los miembros de los grupos insurrectos, sino también de los opositores políticos, líderes sindicales, periodistas y sospechosos.

Al respecto, Walsh escribió: “Mediante sucesivas concesiones al supuesto de que el fin de exterminar a la guerrilla justifica todos los medios que usan, han llegado ustedes a la tortura absoluta, intemporal, metafísica en la medida que el fin original de obtener información se extravía en las mentes perturbadas que la administran para ceder al impulso de machacar la sus­tancia humana hasta quebrarla y hacerle perder la dignidad que perdió el verdugo, que ustedes mismos han perdido”.

Su respuesta a este contexto represivo fue la creación de ANCLA, la Agencia de Noti­cias Clandestina. Sus gacetillas, elaboradas de manera artesanal en un refugio secreto, decían en el encabezado: “Reproduzca esta información, hágala circular por los medios a su alcance: a mano, a máquina, a mimeógrafo. Mande copias a sus amigos: nueve de cada diez las estarán esperando. Millones quieren ser informados. El terror se basa en la incomunicación. Vuelva a sentir la satisfacción moral de un acto de libertad. Derrote al terror, haga circular esta información”.

El 24 de marzo de 1977, en la angosta mesa de trabajo de la casa de San Vicente, Ro­dolfo Walsh celebró junto a su compañera, Lilia Ferreyra, haber terminado de escribir su ahora famosa Carta abierta de un escri­tor a la Junta Militar. Fue una noche feliz. A la mañana siguiente, 25 de marzo, irían a la capital para enviarla a las redacciones de los diarios argentinos y a los correspon­sales de los medios extranjeros. Él volvería ese mismo día a San Vicente, mientras que ella esperaría hasta el día siguiente para regresar con Patricia, la hija de Rodolfo, su marido y sus dos hijos. “En el tren íbamos agarrados de la mano –contaría Lilia– y las vías pasaban por detrás del terreno donde estaba la casita. Rodolfo me cantaba una canción correntina porque a él le gustaba la música popular. Y, así, un poco cantando, un poco riéndonos, llegamos a la estación de la Plaza Constitución”.

En su carta Walsh desnuda a la dictadura en seis puntos. Sin rodeos, enumera a los desaparecidos, presos, muertos y desterra­dos que esta cargaba; detalla las masacres y los fusilamientos que se querían hacer pa­sar por falsos combates o intentos de fuga; da cuenta de las apariciones de cadáveres de las que estaba prohibido informar y de los prisioneros asesinados como revancha por atentados guerrilleros; y pone en cifras las consecuencias negativas de la política económica que la Junta esgrimía como su principal victoria. El poder del documento es su contundencia periodística y su osadía en tiempos de represión.

Sin embargo, curtido ya, el autor sabe cuál será la reacción de los medios amenazados. Por eso, termina su carta con una oración que es un resumen de lo que significa la lu­cha por la libertad de expresión: “Estas son las reflexiones que en el primer aniversario de su infausto gobierno he querido hacer llegar a los miembros de esa Junta, sin la esperanza de ser escuchado, con la certeza de ser perseguido, pero fiel al compromi­so que asumí hace mucho tiempo de dar testimonio en momentos difíciles”.

El 25 de marzo de 1977, poco después de las 2 de la tarde, Walsh fue emboscado por un grupo de tareas del ejército argentino. Algunas copias de la carta habían sido dejadas ya en el buzón, otras las tenía Lilia. Testigos han declarado en el juicio que ahora se sigue a los involucrados, que el cuerpo fue exhibido por varios días en los sótanos de la ESMA, como corolario de la brutalidad de los asesinos. Aún no se sabe su paradero. Cuando Lilia, Patricia y los demás volvieron a San Vicente, encontra­ron la casa destruida.

Un martes de marzo de 1972, Rodolfo había hecho un inventario que decía: “Las cosas que quiero: mis hijas, el trabajo os­curo que hago, los compañeros, el futuro, los que no obedecen, los que no se rinden, los que piensan y forjan y planean, los que actúan, el análisis claro, la revelación de lo escondido, el método cotidiano, la furia fría, la alegría general que ha de venir un día, la gente abrazándose, la pareja en su amor, la esperanza insobornable, la sumer­sión en los otros. Las cosas que odio, que desprecio: la traición, la estupidez, Fron­dizi, la televisión, Jacobo, los yanquis de la Esso o los ingleses de la Shell porque estos hijos de puta son cuñas del mismo palo,

Bernardo Neustad, los mercenarios, los discursos de los generales, los turritas y los pavos de la publicidad oliendo a la colonia que mata, los comunistas del partido, los falsos profetas de la izquierda acalambrada, la camiseta peronista, el bigote peronista, el odio de los oligarcas, la cultura de La Pren­sa, la senilidad de Borges, la convicción de Gleyzero de Aizcorbe, los que matan a la gente, los torturadores, los farsantes, los radicales del pueblo, sobre todo si son jóvenes, y una lista inmensa, inalcanzable, que se podría tratar de perfeccionar”.

Un día, sobre el anónimo que aceptó publi­car por primera vez su Operación Masacre, en un periódico gremial de ínfimo tiraje, Walsh escribió: “Él tampoco es un héroe de película, sino simplemente un hombre que se anima, y eso es más que un héroe de pelí­cula”. Cuando decía ‘tampoco’ se refería a él.

[Publicado en la revista Carta Abierta N°2]

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