Vaya. Por el momento, han pasado la batahola en el Congreso, el cargamontón en las redes sociales, el desborde verbal y hasta callejero. La histeria cívica, la alarma religiosa. Las mutuas condenas, eternas y flamígeras. Y es necesario reflexionar al respecto.

Soy uno de los ciudadanos –minoritarios en el país, seamos realistas– que está desencantado y alucinado por la manera cómo el Congreso despachó el Proyecto de Ley de Unión Civil, que permitiría a una pareja de personas del mismo sexo tener más derechos. Apenas eso. Pero más me alarma la manera cómo se dio el debate, tan cruzado de insultos, ataques, delirios. Tan pobre, casi mísero incluso. La cumbre más alta de esta indigencia de ideas fue la ‘argumentación’ del congresista Rubén Condori, quien citó, sin querer queriendo, el libro Mi Lucha de Adolfo Hitler para sazonar su oposición contra esta mínima propuesta de modernidad.

Ese estado de catatonia colectiva en el que entramos es, a mi juicio, tan grave como el desenlace penoso en el Parlamento. Revela no sólo escasez de información sino, además, de elaboración; habla, no tan a lo lejos, de la deficiencia de nuestro sistema educativo, que parece más interesado en poblar el país de aulas o ‘colegios emblemáticos’ que en poner tabiques de entendimiento.

Vi a varios amigos pelearse –sobre todo en redes sociales– hasta el extremo de mandarse al carajo o hundirse en la nada del ciberespacio gracias a la maldad del tecla ‘delete’. En más de un caso fue porque uno de ellos hizo pública su homosexualidad o su acuerdo con la unión civil, sin imaginar que eso despertaría dentro de algunos de sus conocidos la furia inquisitorial. Triste, muy triste. Pero cabe preguntarse si ese síndrome no alude, paradójicamente, a algo que podríamos llamar la ‘des-unión civil’. Es decir, a una tendencia casi suicida a partir la sociedad cuando comienzan a debatirse asuntos esenciales, como el otorgamiento de derechos a una minoría que está presente en todos los ámbitos, que trabaja y paga impuestos, que influye.

Salvando las distancias históricas y dimensionales, me hizo recordar los tiempos del conflicto armado interno (o ‘del terrorismo’ para quienes no aceptan el rótulo anterior), cuando hablar de derechos humanos era prácticamente una herejía. Un acto de audacia que podía costar sanción social o, peor aún, alguna malsana acusación de un desquiciado que veía fantasmas por doquier.

Poco a poco, sin embargo, la lucha por los derechos humanos fue adquiriendo más ciudadanía, salió de la ‘espiral del silencio’ de la que hablaba la investigadora alemana Elisabeth Noelle-Neumann hace varios años. Rompió diques, prejuicios, falsas conciencias, y se hizo más fuerte y sonora en el espacio público, aun cuando todavía provoca raptos de insensatez y calumnias.

La lucha por los derechos de la comunidad LGTBI –que en realidad es una lucha social, no de un ghetto– forma parte de esa misma tela que tanto cuesta enhebrar. Es parte de los derechos humanos y se emparenta con la lucha por las 16, 000 víctimas de desaparición forzada en el Perú, o con la gesta por los derechos civiles de la comunidad afroamericana en Estados Unidos. O con el fin del apartheid en Sudáfrica. Si bien cada uno de estos casos tuvo –o tiene– su tiempo y su afán, se ubican en el mismo piso donde nuestra especie hace lo posible por no cercenar la dignidad de una de sus partes. Si uno alaba a Nelson Mandela pero cree que los homosexuales quieren destruir la familia, tal vez no entienda que todos ellos se encuentran bajo el mismo Cielo. Hay que agregar, sin embargo, que la des-unión civil fue tan fuerte que hubo un momento en que solo se escuchaban maldiciones. No creo exagerar si digo que algunos de los partidarios del proyecto también llegaron al exceso con la otra parte, en menor proporción. Aunque es obvio que soltado el virus furioso, vuelto invisible el Otro, casi no había quien se libre del ataque ciego. Cuando el dúo Dolce & Gabbana declaró recientemente, desde su homosexualidad, su apoyo a la ‘familia tradicional’, eso se tomó como la prueba de la cuadratura del círculo, el ¡eureka! que los ultracatólicos esperaban. Aun cuando se trataba solo de una opinión, en tanto que muchas otras podían sostener lo contrario, ya sea de homosexuales o heterosexuales,

Hace tiempo he dejado de creer que el hombre es un ser racional, viejo truco que nos inculcaron desde la infancia católica o liberal. José Saramago decía que “cuando el hombre se dio cuenta de que era inteligente, se volvió loco” y eso creo que es una verdad palmaria: cuesta pensar, ser coherente; la lucidez solo viene por ráfagas en medio del tráfago de la vida. Pero se puede tentar, y creo que este escenario ameritaba examinar data, investigaciones, leyes, recoger experiencias. De manera global, no parcial o tendenciosa. Y así nos pasamos estos meses hundidos, literal no metafóricamente, en una Torre de Babel desatada, donde lo único que quedó claro es que hay aún mucha gente en nuestro país para la que un dogma vale más que la dignidad humana. Esa es nuestra sociedad: desunida en torno a cuestiones cruciales que no deberían debatirse en base a una clamorosa suspensión del juicio, ya sea acicateada por motivos laicos o beatos. Así, nunca estaremos ‘preparados’ para el voto voluntario, para la unión civil y para otros asuntos en los que se juega nuestro progreso, nuestro entendimiento y un poquito de nuestra felicidad.

[Publicado en la revista Carta Abierta N° 6]

Sobre El Autor

Profesor de la carrera de Periodismo de la PUCP. Periodista y columnista del diario La República.

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