El golden hiperactivo, que se comía focos y destrozaba sillones, llegó a salvar siete vidas y encontrar cerca de cien cuerpos. Mientras que otros se conformarían con jugar en un parque, Duncan Argus, el perro rescatista más reconocido de Latinoamérica, necesitaba un derrumbe o un terremoto.  ¿Salvar vidas podría ser el juego favorito de tu perro?

Es madrugada, y un bombero y un golden retriever recorren la ciudad en un Ford Festiva. Hace unos minutos, despertaron por el sonido del celular sobre la mesa de noche, el que anunciaba una emergencia en el Centro Histórico de Lima, en el jirón Moquegua. A las once de la noche, una antigua casona se había desplomado sobre los vecinos que dormían. En total son 65 damnificados, y dos personas aún no han sido encontradas.

Hoy, 25 de mayo del 2005, es la primera vez que el binomio Duncan Argus y Gustavo Villavicencio trabajarán en un escenario real. Deben ‒en resumen‒ actuar contra el tiempo. Encontrar a la persona enterrada debajo de una casona caída antes que sea demasiado tarde. Hasta ese momento solo han ensayado en condiciones controladas y en emergencias sin víctimas. Aún no lo saben pero esta será la primera vez que una vida dependerá de su entrenamiento.

Ambos visten de rojo. Gustavo Villavicencio lleva un mameluco largo con rodilleras y coderas, y Duncan Argus, un traje sobre el lomo que dice Rescatista. El bombero tiene unos severos ojos azules, que van moviéndose por los semáforos de la pista casi desierta mientras le conversa al golden de 41 kilos que balancea su cola. Han pasado más de dos horas desde el desplome de la casona; los efectivos del lugar recién decidieron llamar al grupo de rescate canino, que ha sido formado hace menos de dos años.

Cerca de las dos de la mañana, el bombero y el perro llegan a la emergencia, que iluminada por unos reflectores, muestra una estructura de cemento desplomada; unos cincuenta bomberos con cascos rojos y linternas prendidas buscan encontrar a alguien debajo del derrumbe. Uno de estos bomberos tiene un casco blanco y camina por el sitio hablando por una radio de mano. Es el comandante en jefe. Gustavo y Duncan Argus caminan hacia él.

– ¿Perro bombero? Denle un hueso para que se distraiga –les dice en cuanto se presentan.

Perro y bombero esperan a un lado. La emergencia continúa y los bomberos siguen sacando piedras y esperando ver algo que les diga dónde están los heridos. Una hora después, el comandante de la emergencia se impacienta. “Ya vayan. Vayan. Veamos qué pueden hacer”.

Duncan Argus empieza a oler sobre el derrumbe, el secreto es ese: el olfato de un perro es mucho más certero que el de un ser humano. Un golden tiene una capacidad de 220 millones de células olfativas, la del ser humano es de solo veinte millones. En el caso de una persona atrapada, ese hecho biológico resulta en la diferencia entre seguir viviendo o no.

Pasan unos segundos y Duncan ladra.

Ladra fuerte y mira a Gustavo. Él ya sabe el significado de ese sonido. “Aquí está”, grita. Los bomberos empiezan a sacar cemento con maquinaria hasta que asoma el color del cabello.

“Aquí está”, gritan varios.

Duncan Argus encontró a una persona viva en solo trece segundos, y a otro cuerpo en ocho segundos más. Eran dos hermanos: uno pudo sobrevivir, el otro no. El golden solucionó la emergencia que ya había durado cuatro horas en menos de medio minuto.

Duncan

Gustavo Villavisencio y Duncan Argus sentados en la Máquina contra incendios de la Compañía Miraflores 28. Esta fotografía fue tomada un día antes de la muerte de Duncan. Foto: Juan Ponce.

 

***

Gustavo no tuvo perros de niño. Sus papás le decían que no había espacio en casa. En 1974, cuando era un adolescente, a su mamá le regalaron una perrita parecida a un shih tzu, pero él quería uno más grande. En 1980, viajó a estudiar Ingeniería Naval en la Universidad de Texas. En el trayecto de su domicilio a la universidad pasaba por el centro de entrenamiento de bomberos de su localidad y veía cómo adiestraban perros para ser rescatistas. Estacionaba y se quedaba observando. Hasta que un día lo invitaron para ser parte de los ejercicios. Debía actuar como el figurante, su papel era esconderse para que los perros lo encontraran; era como un sparring en el box.

Siguió acudiendo como voluntario hasta que regresó a Lima, y en 1992 encontró a un cocker atropellado en la pista, al que hizo que curaran y adoptó. Durante los años que siguieron, llevó  cursos de rescate con perros con un grupo de Estados Unidos que había llegado a Lima. Empezó a criar a un golden como rescatista, pero nunca pudo certificarlo. Viajó a Brasil y Texas para estudiar más del tema. Cruzó ese primer perro entrenado con una perra  rescatista, pero no pensaba quedarse con ninguno de los cachorros de la camada. La verdad es que ya no quería criar perros golden, había pensado en razas que consumieran menos agua durante los desastres, como border collie o pastores belgas. En realidad, ya había vendido la camada, pero un día decidió ir a visitarlos. Esa vez uno de los cachorros corrió hacía él alejándose del grupo y empezó a jalar su pasador obstinadamente, Gustavo lo movía y el cachorro regresaba, estuvieron así un rato hasta que decidió llevarlo a casa. Había algo en el comportamiento del cachorro que le había llamado la atención: quería probar si podía servir como perro de rescate. Después de hacerle algunas pruebas quedó tan sorprendido que lo compró de vuelta. Era el 2001 y ya empezaba a entrenar a Duncan.

Los golden son una raza originaria de Escocia. Por eso Gustavo Villavicencio buscó un nombre lo suficientemente escocés para bautizar a su nuevo cachorro. El trabajo con Duncan Argus empezó desde las primeras semanas. Gustavo hacía túneles de cartulina por donde lo hacía entrar. Metía los juguetes del cachorro debajo de la cama, cerraba las cortinas, y apagaba todas las luces para que se acostumbrara a las zonas oscuras. Utilizaba una tablita de 30 cm de ancho como una rampa. También lo levantaba con un arnés de tela o reventaba un globo cerca. Después de cada ejercicio lo premiaba con comida. Todo tenía un objetivo: eliminar posibles traumas de adulto con asociaciones agradables de cachorro. El condicionamiento clásico de la comida y el cariño al servicio de un entrenamiento largo y complejo. A las siete semanas empezó a trabajar con Duncan la caja de señalamiento. En esta caja  el entrenador se metía dentro de una estructura cuadrada de cartón o madera, y el cachorro debía ladrar como si intentara sacarlo. Para aumentar la dificultad usaba  agentes distractores, tales como conejos, gatos, o perras en celo. Había que enseñar al perro a ignorar. Para eso también era importante no jugar con otros perros que no tuvieran el mismo entrenamiento.

Había, también, que educar a Duncan para que pudiera  diferenciar a los niños de los adultos, y también de los cadáveres. Para eso, se entrenaba con niños, escondiéndolos. Hasta los 11 años, las personas son identificadas por los perros como crías  porque perciben en ellos un olor distinto. Los perros disfrutan más jugar con niños; por eso, entrenar con estos, hace que en los desastres les den prioridad por sobre los adultos. Duncan podía identificar y distinguir a un niño de un adulto enterrado, a pesar de que esté a un metro de distancia. Para diferenciar cadáveres de personas vivas, Gustavo conseguía partes de cuerpos que guardaba dentro de un recipiente en una congeladora. Esto era para que el perro se acostumbrara  al olor del cadáver de pocas horas de descomposición, que simulaba  el olor de una persona fallecida una o dos horas atrás. Estos entrenamientos a detalle hicieron del olfato de Duncan una máquina sorpresivamente minuciosa.

Por entonces, en el año 2002, se conformó la brigada USAR (Urban Search and Rescue), este era un escuadrón élite de bomberos peruanos listos para desastres, como terremotos o derrumbes; el director del programa invitó a Gustavo para que sea líder de los rescates caninos. Así, Villavicencio se enlistó como bombero en la compañía de Miraflores. Era la primera vez que el rescate con perros se haría de manera regular y como parte del cuerpo de bomberos en el país, con  el nombre de K-9, el grupo lo dirigiría Gustavo.

En el 2003, Duncan Argus de un año y ocho meses fue el primer perro peruano en ser certificado internacionalmente en nivel básico. Para mejorar los entrenamientos del golden, Gustavo Villavicencio acondicionó un área que quedaba en un terreno de arena sobre la colina de un colegio en La Molina: túneles, zonas de quincha, de adobe, puentes, agua, cilindros; el lugar conocido como el centro de entrenamiento K-9 se convirtió en el principal circuito para entrenar perros de rescate en la región. En el 2005, Duncan Argus se certificó internacionalmente como perro de rescate de nivel avanzado, ese mismo año acudió a su primer derrumbe con víctima tras el desplome de una casona en el Centro de Lima.

 

***

En el Perú, los sismos son parte de la historia personal de las personas. El país forma parte del Cinturón de Fuego del Pacífico, un área donde se libera el 85% de la actividad sísmica del mundo. Los terremotos pueden contar una historia nacional: en 1940, en el Callao, un terremoto causó más de 150 muertes. En 1970, en Huaraz, un sismo enterró una ciudad entera llamada Yungay. En el 2001, ocurrió un terremoto que sacudió seis departamentos en el  sur causando más de cien muertos. El 15 de agosto del 2007, veinte minutos antes de la siete, la tierra tembló mientras Gustavo acababa de regresar de una emergencia médica a su compañía en Miraflores.

Ya conocía de memoria el protocolo a seguir en estos casos: volvió a casa para bañarse, ver que todos estuvieran bien, cambiarse y dejar todo listo para un viaje hacia lo inesperado. Todavía  no se sabía dónde era el epicentro. Llegó con Duncan al Comando Central de Bomberos, donde se enteró que iría a Pisco. A las siete de la mañana, llegó en un autobús junto a más rescatistas. Después de la evaluación de los daños le anunciaron que estaría en la Iglesia San Clemente. Eran tres los perros de rescate en la zona: dos trabajarían juntos. Duncan no necesitaba de alguien que confirmara sus marcajes, así que podía ir solo.

Cuando llegaron trabajaron 48 horas continuas, en las que Duncan encontró a una persona viva en el altar bajo maderas con clavos.

A la segunda persona viva, bajo la iglesia, la descubrieron al tercer día. Esa misma mañana, en uno de los salones contiguos a la iglesia, Duncan ladró con más fuerza: había encontrado a once niños abrazados, que fueron sepultados por el golpe del techo mientras hacían una catequesis. El saldo total para Duncan en la Iglesia San Clemente fue de 66 cadáveres y dos personas salvadas.

Luego de eso, el binomio iría a trabajar en lo que quedaba del famoso hotel Embassy. El terreno se había hundido y el tercer piso estaba al nivel de la calle. El segundo y el primer piso eran parte de un sótano improvisado. Perro y rescatista entraron por el edificio contiguo cortando una reja y arrastrándose entre una placa formada por el segundo y el tercer piso. Duncan iba adelante, y Gustavo atrás, arrastrándose en un túnel de 45 cm. Hasta que todo empezó a temblar de vuelta. Era una réplica. Todo empezó a crujir, y Gustavo gritó: “¡Duncan!”. El perro corrió hacia  él y se abrazaron. “Aquí nos morimos los dos”, pensó el bombero mientras respiraba el polvo de la sacudida. Cuando todo pasó, dieron media vuelta y salieron apresurados. Gustavo había agarrado a Duncan para que si se morían los encontraran juntos. Un día después, durante otra réplica, el hotel terminó de venirse abajo.

Durante los días que trabajaban en la ciudad, la unidad K9, dentro de sus búsquedas de personas, encontró también a muchos perros heridos que el grupo de rescatistas decidió auxiliar. Tenían que hacerlo casi a escondidas, pues lo tenían prohibido. Utilizaban para esto parte de sus cuatro horas de descanso. El problema era que para estos perros usaban  anestesia de su propia reserva. Al tercer día, Duncan se cortó la pata trasera, y ya no había anestesia. Eso hizo que  Roberto Elías, el veterinario del grupo, deba cocerlo en seco. “Apachúrralo”, le dijo a Villavicencio que lo abrazaba repitiéndole que esté tranquilo. El perro no lloró, pese a los seis puntos que le pusieron.

Después de esas búsquedas, Gustavo Villavicencio y Duncan Argus fueron a lugares más alejados de la ciudad. Dentro de una camioneta pickup, llegaron cerca de  la playa. Cuando bajaron y caminaron, se encontraron con una turba: adultos y niños que los rodeaban.

–Colorado, queremos comer. Denos al perro. Mis hijos tienen mucha hambre –dijo un hombre cogiendo al bombero del cuello.

–Es rescatista. Es un perro rescatista –respondió Gustavo

–Si es rescatista, que nos ayude a buscar a mi viejita.

Caminaron hasta la casa del hombre seguidos por la turba que iba detrás. Duncan olía y olía, pero no encontraba nada.

–No me vayas a fallar, colorado –amenazaba el hombre.

Hasta que el golden saltó a la casa del costado y empezó a  ladrar. La mamá del hombre había salido a conversar con la vecina cuando la sorprendió el terremoto.

–Gracias colorado ahora sí podré enterrarla.

Después de una semana del desastre, regresaron en un avión carguero de Aero Continente. Bajaron en el aeropuerto Jorge Chávez. Cuando los rescatistas caminaban con los tres perros bomberos, la gente aplaudía pero conforme avanzaban, se iban alejando. El olor era insoportable.

Gustavo llegó a casa, dejó a Duncan en la cochera y se metió un duchazo. Al salir, sintió la fuerza del hedor del pelaje de Duncan que olía a carne podrida. Lo bañó, pero no salía. Gustavo Villavicencio había regresado del terremoto tras trabajar sin descanso una semana en Pisco. Sin embargo, a Duncan, el olor a muerto le duraría otra semana.

El terremoto de Haití del 2010, fue para Duncan y Gustavo una muestra de indiferencia. Cuando se dio el desastre, las Naciones Unidas activaron los dos grupos de rescate más prestigiosos de la región: el de Estados Unidos y el peruano. Diez horas después todos los USAR del país estaban listos, esperando en la compañía de bomberos del Rímac donde era su punto de encuentro. Llegaron juntos al aeropuerto en el que debían subir en un Hércules de la Fuerza Aérea del Perú. Estaban todos: bomberos, perros, el avión; hasta que de un momento a otro llegó una camioneta, de la que bajó un hombre en terno quien  habló con el jefe de los USAR. Los bomberos ya no subirían al avión por un tema político. Nadie entendía nada. Regresaron a la bomba del Rímac para esperar.

El problema era que el primer ministro del gobierno aprista, Javier Velásquez Quesquén, iría en el avión presidencial junto con periodistas y una comitiva. Para eso habían solicitado que el avión de la Fuerza Área del Perú acompañara el viaje del ministro con donaciones. En Haití, el control del aeropuerto estaba a cargo de un coronel de Estados Unidos que dirigía los trabajos de los rescatistas que ya habían llegado. Estaban esperando al grupo peruano. En el aeropuerto por orden estricto solo podían descender aviones con equipos de rescate, nada que no fuera eso podía aterrizar. Las donaciones debían ser entregadas en República Dominicana. Si dejaron que el avión peruano llegara al aeropuerto, es porque pensaba que ahí estaban los USAR.

Cuando los bomberos, rescatistas y militares de Haití y Estados Unidos vieron a los políticos y periodistas peruanos bajar del avión, no entendieron quiénes diablos eran. Preguntaron por los bomberos, y les respondieron que vendrían en un siguiente vuelo. El coronel a cargo del aeropuerto ordenó que el avión se fuera en menos de media hora. Velásquez Quesquén alegó que había venido a dar sus condolencias al presidente de Haití. Tras quejarse un rato, todo lo que logró fue un apretón de manos. Las donaciones fueron llevadas a República Dominicana, y el avión presidencial regresó a Lima, ahí le preguntaron al ministro por los bomberos peruanos y por qué no habían viajado. Él respondió diciendo que viajarían esa misma tarde. Luego de dos días de dormir, Gustavo y Duncan en la compañía de bomberos del Rímac, a los bomberos les  anunciaron que ya no viajarían por falta de presupuesto. Tras eso, algunos rescatistas renunciaron al grupo USAR.

Duncan

El binomio de Duncan Argus y Gustavo Villavisencio llegó a salvar siete vidas. Foto: César García.

 

***

En casa, Duncan era un perro hiperactivo. En su primera Navidad con los Villavicencio, corrió por la casa cogiendo la pierna de un pavo de trece kilos recién horneado salpicando todo el relleno. La mamá de Gustavo correteó a Duncan, y el bombero fue quien le sacó el pavo, pero Duncan se aferró a la pierna, quedándosela. Eran pasadas las diez de la noche y en poco tiempo llegaría toda la familia. Para salvar la Navidad, sacaron los pelos del pavo, pusieron más jugo y lo sirvieron. La familia no lo supo hasta años después. Desde entonces, el pavo sería siempre el pavo de Duncan. No fue una anécdota aislada. De cachorro, Duncan llenaba la pared con dientes y sacaba parqués. A los 3  años, se tragó el relleno del tapizado del sillón, Gustavo tuvo que llamar al veterinario y este le aconsejó darle cinco cucharadas de agua oxigenada para que Duncan vomitara, pues la espuma en su panza resultaba peligrosa. A los 4  años, cogió un costal de sal y lo abrió, comiéndose la mayor parte. Cuando Gustavo llegó a casa, encontró a Duncan echado con la lengua afuera y la cocina repleta de sal desparramada, sin nada de agua en su plato. Cuando tenía 8  años, encontró un foco redondo encima de la mesa y se lo comió. Villavicencio tuvo que llamar al veterinario de madrugada y darle camote con leche a Duncan. Cerros de camote que hicieron que el metal del foco saliera en forma de bolo fecal. El perro rescatista más famoso de Latinoamérica se comportaba como un niño hiperactivo dentro de las paredes de su casa. En realidad, no soportaba aburrirse entre paredes, estaba acostumbrado a actuar cuando estas se venían abajo en los desastres.

Ángela Sánchez, la esposa de Gustavo, se enamoró antes de Duncan que de Gustavo. Supo del perro rescatista y lo invitó a una de las presentaciones que ella organizaba para la Asociación Peruana de Protección a los Animales (Asppa), donde trabaja. “Duncan fue el cupido”, cuenta riéndose. Ella se dedica a la protección para perros, mientras que Gustavo los entrena para salvar vidas. La hija de Ángela conoció a Duncan a los 2  años. Tiene álbumes de fotos con el rescatista en el que ella le agarra la correa y caminan juntos. “Era como mi hermano”, dice su hija, ahora de 6 años.

 

***

“Si no fuera por Duncan y Gustavo, yo no estaría contando esto”, dice Richard Nina Paucará mientras almuerza en el receso del trabajo, coge el tenedor con la mano izquierda, pero no es zurdo. En realidad, perder el brazo derecho, le salvó la vida. Han pasado más de siete años desde el incidente que ocurrió a las siete de la mañana de un miércoles 12 de diciembre del 2007, cuando tres pisos de una construcción informal en Gamarra le cayeron sobre el antebrazo derecho.

Richard era un estudiante de Informática de 23 años que un día se enteró de que su papá –que era obrero‒ sufría de una hernia. Entonces, decidió empezar a trabajar para apoyar en casa. Una mañana dudó sobre si faltar a la construcción por unas tareas que no había terminado para las clases; sin embargo, al final decidió ir. Esa mañana el edificio se desplomó aplastando su brazo. Segundos después, caería una segunda piedra, formando un marco que lo protegía y lo atrapaba “El impacto de las piedras sobre el brazo derecho era como el dolor de mil muelas”. Pero ese marco lo mantuvo viviendo y evitó que cayeran piedras sobre su cabeza. Entonces, Richard Nina Paucará se quedó en la oscuridad total.

Estuvo siete metros bajo tierra durante más de diez horas. Pensó en la muerte. En su familia. En ver esa luz de la que hablan las películas. Vio su infancia. A su hermana en la mañana. A su amigo de la construcción antes que cayeran las piedras.

Ahí, en la oscuridad, cerró los ojos. Arriba de él ya trabajaban los bomberos. Por ahí caminaba Gustavo Villavicencio y Duncan Argus, que caminaba oliendo. Los rescatistas debían soportar las piedras que caían, escombros que en segundos aparecían en el suelo, concretos de setecientos a mil kilogramos que hicieron que de los doscientos bomberos en el lugar solo quedaran siete por lo riesgoso de la emergencia. Duncan ya había marcado el mismo lugar en siete oportunidades. Pero parecía imposible. Había demasiada distancia hacia abajo como para que fuera cierto. Pero ya todos confiaban en el golden, se había ganado el respeto a punta de rescates.

Exactamente debajo, Richard cogía piedras con su mano y cerraba su puño haciéndolas añicos, así trataba de olvidar que sentía dolor, simulando que era uno de los personaje de Dragon Ball.  Pensaba en una ficción para distraerse y evitar recordar que estaba atrapado y que un solo movimiento de la estructura podía causarle la muerte.

Arriba, con maquinaria, los bomberos removían más escombros. Como a las siete de la noche, Richard Nina Paucará sintió ruido y movimiento sobre su cabeza. Decidió hacer un último esfuerzo, y estiró la cabeza hacia arriba.

Fue entonces que lo vieron.

“Hay uno vivo”, gritaron. “Hay uno vivo”.

Duncan no se había equivocado. Donde había marcado encontraron a Richard Nina Paucará. De ocho obreros que murieron con el impacto del derrumbe, Richard salió con vida. Soportó diez horas enterrado. Si el rescate hubiera durado unos minutos más, quizá no hubiera salido con vida. De no haber sabido el sitio exacto que había marcado Duncan, hubiese sido imposible salvarlo. Cuando lo sacaron, detuvieron la hemorragia del brazo, y Richard perdió la conciencia.

Despertó en el hospital y no podía creerlo. “Empecé una nueva vida gracias a Duncan”, dice. Han pasado más de siete años, y a un lado de la mesa, donde almuerza en el receso del trabajo, ha colocado su maletín, lleva saco y trabaja como informático mientras estudia en la universidad en las noches. El año pasado empezó a correr maratones. “Han pasado siete años pero aún duele cuando se recuerda. Me encantaría poder haber tenido unos segundos con Duncan en los que me pudiera entender y decirle cuánto le agradezco”, dice.

Los perros más experimentados en el mundo han rescatado a tres o cuatro personas vivas. Incluso, algunos en toda su carrera jamás encuentran a alguien. Por eso, Duncan se convirtió en una celebridad entre los rescatistas del mundo. Con siete rescates, y uno a siete metros bajo tierra; sus hazañas se volvieron videos que hoy se utilizan para entrenar a otros perros.

 

***

Hoy en día las redes sociales invaden con noticias sobre animales que hacen proezas. Se suele ir por la ruta fácil: la antropomorfización animal. Esto es darles a los animales comportamientos típicos de los humanos. Lo que crea lugares comunes, como un perro o un gato heroicos. La aproximación correcta a las proezas de Duncan debe ser distinta, afirmar que tenía conciencia sobre la titánica importancia de su labor es inseguro; lo cierto ‒de cualquier forma‒ es que era más que un experto en un juego que hacía que las personas sobrevivan. “Para ellos es un juego que disfrutan”, dice Roberto Elías, uno de los veterinarios silvestres más reconocidos del país, trabaja junto con el zoológico de Denver para salvar la vida de las ranas del Titicaca. Además, durante el terremoto de Pisco fue el segundo jefe de las operaciones de los K-9, compañero de Gustavo, y dueño de una golden rescatista.

“Uno utiliza tres sentidos del perro. Visión, oído y olfato”, explica Elías. Visión porque los perros ven mejor de noche que los humanos. Oído porque escuchan entre 10 mil a 50 mil hertz, mientras que los humanos llegan a 20 mil. Y principalmente el olfato, por su capacidad de oler a kilómetros. El entrenamiento de los perros de rescate empieza viendo a las personas esconderse, luego escuchando ruidos, y después solo valiéndose del olfato. “El perro empieza a darse cuenta de que puede usar el olfato para encontrarte. Pasan tiempo con uno, se emocionan, les gusta jugar, todo es a partir del condicionamiento positivo”. Los perros de rescate del K-9 duermen con sus entrenadores. Esto es una parte central de la filosofía del equipo: si no les divirtiera lo que hacen, no podrían hacerlo tan bien.

En el 2010, Roberto Elías estuvo con Duncan y Gustavo en San Ramón, un distrito de Chanchamayo, en un alud enorme que enterró a una comunidad de 64 casas, donde desaparecieron cerca de noventa personas. Llegaron a la zona en una avioneta minimotor. En el lugar el barro les llegaba hasta la cintura, e iban pisando calaminas de las casas. No encontraron sobrevivientes. Lo más grande que hallaron fue un pedazo de pierna con ropa clavada en la piel.

Al regreso, la avioneta se volteó de costado sobre el nevado de Ticlio, y el piloto empezó a gritar: “Nos perdemos, nos vamos”. Con el movimiento brusco del avión los perros saltaron por el techo, y cayeron sobre sus entrenadores. Duncan cayó sobre Gustavo. “Todos pensábamos que nos moríamos”, cuenta Roberto Elías. Al final, el copiloto alzó el timón y la avioneta continúo el viaje. Ninguno de los bomberos había gritado. Simplemente, pensaron que ya había llegado la hora. Es simple: cuando se vive al límite, la muerte se convierte en un asunto de probabilidades. Estas experiencias hacían que el grupo tuviera una gran sincronía para funcionar en equipo. Ya lo habían demostrado antes, cuando en el 2009, en Colombia, en el Simulacro  Internacional de Desastres de grupos USAR, terminaron primeros sus labores con bastante tiempo de ventaja sobre los demás grupos. “Todos se impresionaron de nosotros desde que bajamos del avión”, recuerda Elías. La imagen de los tres perros peruanos de rescate ‒entre ellos Duncan‒ jalando su propio maletín y llevando botas en las patas resultó novedosa para los demás rescatistas del mundo.

Todas las acciones de Duncan trajeron reconocimiento internacional. En el 2010, el programa de Don Francisco hizo un especial sobre perros rescatistas. Querían al más reconocido de la región en el set para las dos horas del programa. Había tres opciones, un perro de Colombia, otro de Estados Unidos y Duncan. Por número de rescates, por las condiciones de estos, el golden peruano fue el elegido. Llegó en avión junto a Gustavo Villavicencio, y fueron recogidos del aeropuerto en un limosina rumbo a un hotel lujoso. En la suite que les dieron había dos cuartos con camas king size. Pero, el bombero y el golden prefirieron dormir juntos. Un año después, Duncan vivió su última emergencia, el derrumbe de una casona en el centro de la ciudad, donde no se encontraron víctimas.

En el 2012, al golden le detectaron cáncer. Se le habían inflamado los ganglios. Primero se pusieron duros y luego crecieron como pelotas. Sacaron muestras y el resultado era definitivo: un cáncer linfático que avanzaba diseminándose por la sangre, comprometiendo pulmones, vasos, hígados. Produciendo una metástasis general. Un día antes de morir, Duncan fue a la Compañía de Bomberos de Miraflores para una sesión de fotos para un periódico local. Esa misma noche, el dolor era impostergable. El perro gritaba y se retorcía, a pesar de la morfina. La decisión era difícil, había que sacrificarlo. Al día siguiente, el 25 de febrero del 2012, Duncan murió en la veterinaria mirando a Gustavo que lo acariciaba. Llegaron condolencias de Rusia, Grecia, España, Estados Unidos, Chile, Argentina; solo faltaron las del Perú.

Duncan-7

Duncan y Gustavo saliendo de una estructura colapsada luego de una búsqueda. Terremoto de Pisco. Foto: César García.

 

***

Han pasado tres años desde que Duncan murió. Es un domingo, y Gustavo Villavicencio abre la puerta en crocs, un buzo rojo, y un polo de bombero. Hoy no atiende en su colegio para perros: Kinder Dogs, donde enseña obediencia y entrena perros para agility. Duncan Argus, el golden, también fue campeón nacional de esa disciplina.

Hoy, una nueva camada de cachorros de raza border collie serán retados ante la prueba de la caja. Parece un reality canino en el que probablemente uno o ninguno sea el seleccionado. La caja que utiliza es la misma en la que probó a Duncan.

Pero ahora Duncan ya no está.

Y tampoco tienen un centro de entrenamiento.

El famoso sitio ubicado arriba de un colegio en La Molina, en una colina, es hoy una cancha de chachi Karts, y la unidad K-9 tiene que buscar construcciones que les permitan entrar a entrenar.

Esta mañana, son diez los cachorros border collie que ven como Gustavo se mete dentro de la caja. Nueve se distraen y solo uno corre hacía él y empieza a ladrar.

“La estadística es muy baja, menos del uno por ciento lo logra”, recordó Gustavo antes del ejercicio.

Pero claro, este no es un caso normal, estos cachorros son hijos de un rescatista y una campeona de agility.

–Este pata es –dice felicitando a uno de los cachorros, mientras camina hacia su sala. Ahí conviven cinco perros. Entre ellos, Wallace, el hijo rescatista de Duncan, que se rompió dos ligamientos cruzados en ambas piernas; y a su lado está su mamá: Rhonda, una golden pareja de Duncan que también fue rescatista. Hace unos años, otro de los hijos de Duncan, que Gustavo había confiado a un amigo bombero para que lo entrenara, fue envenenado por una vecina que no soportaba los ladridos de los entrenamientos diarios.

Gustavo Villavicencio se sienta en el sofá de su sala mientras sus perros miran en la televisión una competencia de agility canino. El bombero se ha detenido en una carpeta que dice Pisco 2007.

–Si estas fotos tuvieran olor –dice y se queda callado un rato mientras pasa más fotos. ‒Duncan era un perrazo, un perrazo‒, repite mirando las fotos y pasando cada una de las emergencias que vivieron juntos.

Sobre la repisa, como en un altar emocional, descansa la urna con las cenizas de Duncan Argus.

–Estoy guardando las cenizas de Duncan para juntarlas conmigo el día que yo me muera. No quiero que me entierren ni nada. Que las junten con las mías y que nos suelten juntos en un nevado.

[Publicado en la revista Carta Abierta N°10]

Sobre El Autor

Artículos Relacionados