¿La narrativa limeña se encuentra en un buen momento? ¿Se escribe mejor que hace cinco o diez años? No veo mejoras notorias en la calidad literaria. Nos mantenemos en un digno término medio que no merece vituperios ni encomios. Los mejores siguen siendo los consagrados, esos ya instalados en su séptima y octava década de vida. Los que bordean los cuarenta han demostrado ser laboriosos tanto en la escritura como en la promoción de sus libros, pero aún no encuentro a uno que destaque de forma rutilante, aunque se ven plumas con buen potencial. Prosas buenas y muy buenas existen. Pero la narrativa es más que una prosa ágil y bella. Debe haber una historia interesante, un protagonista, personajes que revolotean a su alrededor, giros, reflexiones, un espesor misterioso que rezume eternidad. Emoción. Debe haber emoción. “Solo la emoción perdura”, escribió Ezra Pound. De ella depende que una obra se mantenga en vigencia y se convierta en un clásico.

No. No creo que hayamos mejorado. Estamos casi igual. Tal vez un poco mejor. Pienso que la diferencia con las décadas previas estriba en que, en la actualidad, la narrativa limeña cuenta con mayores posibilidades de ser visible por sectores más amplios e, incluso, a nivel internacional. Este cambio se lo debemos a la perseverancia de las editoriales independientes y, sobre todo, a la apertura de sucursales en Lima de casas editoras transnacionales.

Todo comenzó a mediados de la década pasada, cuando aparecieron editoriales independientes que nutrieron el panorama literario limeño. Algunas de las más importantes que surgieron en esos años son Estruendomudo, Lustra y Borrador Editores. En sus inicios, Estruendomudo ofreció a los lectores un grupo de autores veinteañeros como Luis Hernán Castañeda, Carlos Gallardo, Johann Page y Edwin Chávez, quienes apostaron por la metaliteratura, corriente que situaba como tema central a la propia literatura y a los escritores. Tal como ocurría con los narradores de Estruendomudo, el tinte metaliterario se sentía en buena parte de las obras publicadas por jóvenes en la primera década del nuevo siglo.

Pasaron unos años y el auge metaliterario se diluyó hasta fundirse con otras propuestas. Surgió, entonces, una tendencia a la pluralidad que desdibujó la frontera entre el realismo tradicional y la metaliteratura. Lo fantástico, lo realista, lo metaliterario y lo intimista: todo ello convivía, lo que era signo de una situación saludable y de una superación de los dogmatismos de antaño, esos tiempos en que la clase social
era una impronta que dividía al ámbito literario en sectores irreconciliables. La polémica entre autores “criollos” y “andinos”, ocurrida a mediados de la primera década de este siglo, fue la última chispa de los enconos pretéritos que las generaciones más jóvenes han superado en buena medida.

Cuando las transnacionales afincadas en el Perú, como Planeta y Alfaguara, empezaron a publicar a autores limeños, como Alonso Cueto, Fernando Ampuero y Abelardo Sánchez León, y a escritores provincianos como Miguel Gutiérrez, Óscar Colchado y Edgardo Rivera Martínez, el mundo editorial capitalino adquirió mayor peso. Esto se debió al alto nivel logístico de estas casas editoras y a que la posibilidad de la internacionalización se hizo real. Por otra parte, se encontraban Santiago Roncagliolo y Daniel Alarcón, quienes propulsaban sus carreras desde el extranjero. De ese modo, iba creciendo la narrativa limeña desde su aspecto editorial, pero no en calidad literaria.

Mientras tanto, autores como Julio Durán, Rafael Inocente, Rodolfo Ybarra y Martín Roldán se posicionaban como referentes de vena subterránea, autores independientes que se ganaron la simpatía de los sanmarquinos, villarrealinos y asiduos del jirón Quilca.

En 2012, hubo un nuevo giro con la publicación de Bioy de Diego Trelles. En 2013, la sensación editorial fue Contarlo todo de Jeremías Gamboa. Ambas obras fueron publicadas por editoriales transnacionales y tuvieron una gran difusión en los medios. Otra semejanza se relaciona con sus autores: ambos tienen edades similares, son periodistas de profesión y han estudiado posgrados en el extranjero. Lo que observo es que, si bien es aplaudible todo el interés que lograron crear, la calidad de estas obras no es tan superior (ni tampoco tan inferior) al grueso de publicaciones que solo circulan a nivel nacional y que han sido escritas por personas de su misma generación o de generaciones cercanas a esta. Todo queda, entonces, en un mayor despliegue editorial. Solo en eso.

En el presente año, se ha seguido la misma tendencia. Tres obras reflejan esta continuidad: Nuevos juguetes de la Guerra Fría de Juan Manuel Robles, Pequeña novela con cenizas de José Carlos Yrigoyen y La distancia que nos separa de Renato Cisneros. Los tres autores, al igual que Gamboa y Trelles, son periodistas que laboran o han laborado en medios de comunicación, sobre todo escritos. Se conocen entre ellos, pertenecen todos a editoriales transnacionales y han tejido una amplia red de contactos compartida. ¿Podemos hablar, entonces, de una nueva corriente literaria de escritores periodistas? Parece que sí.

[Publicado en la revista Carta Abierta N°8]

Sobre El Autor

Giovanni Anticona

Egresado de la facultad de Letras y Ciencias Humanas de PUCP. Literato.

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