Hacia fines del 2015, cuando ya expiraban las clases universitarias, se me ocurrió preguntar en un par de salones de clase, si ya habían votado antes en unas elecciones presidenciales. Mi falta de ‘ubicatex’, como me gusta decirle a mis alumnos, era notable: si la mayoría no pasaba los 21 ó 22 años, era obvio que no lo habían hecho y ni siquiera conocían la culebrítica cédula.

En una de mis aulas, incluso, tuve que dar una breve explicación sobre cómo se marcaba, qué cosa era el voto preferencial, por qué existía, si convenía o no el voto voluntario, etc. Era como rebobinar e imaginarme, yo mismo, la primera vez que voté, en la que curiosamente me tocó ser presidente de mesa siendo un primerizo afanoso que apenas despertaba a la política.

Entonces los partidos aún existían, tenían símbolos, algo de historia detrás, ciertos líderes notables, algunos galardones democráticos en su currículum. No estaban tan, tan amarrados a un líder providencial, acaso porque algunos de los fundadores estaban vivos y los herederos jóvenes, como Alan García, no habían convertido su herencia en una piltrafa nostálgica, todavía.

Pero, ¿ahora? ¿Cómo le contaba a mis caros alumnos que ese otro tiempo existió? Uno siempre tiene que cuidarse de sentenciar, preso de una dulce memoria, que “todo tiempo pasado fue mejor”. El clásico lamento, bien sacudido por la genial película Medianoche en París de Woody Allen, no sirve de mucho, pues todo momento tuvo sus males y perversidades.

Lo que hoy sucede, sin embargo, tiene algunas características peculiares que angustian, desencantan o interrogan a los llamados ‘pulpines’. Una de ellas es que, en efecto, los partidos están en proceso de demolición, o ya arruinados. El aconchabamiento entre el APRA y el PPC, por ejemplo, tiene el propósito desnudo de la supervivencia, del maridaje por fines subterráneos.

Se sabe que ambos grupos necesitan preservar su inscripción electoral, sobre todo el PPC. Con eso en la mira, vale todo, hasta ir a misa con quien antes los basureó o les pareció un corrupto de marca registrada. El APRA, que nunca fue tan consecuente como proclaman sus escuderos, con esto ha demostrado que puede llegar a la renuncia de sus orígenes sin ruborizar a la estrella.

A su vez, que haya políticos que cambian de grupo como de zapatos es otro síntoma de este tiempo. Tiene que ver, a mis ojos, con que las lealtades ya no son a ideas, sino a personas. Alguien que “quiere hacer carrera política” ya no requiere un corpus doctrinario sino un jefe o jefa. Es como cambiarse de chamba; es irse a donde hay plata como cancha o una curul segura.

El voto preferencial, además, ha convertido a la elección parlamentaria en un campeonato de caciques o una rifa de outsiders bamba, salvo excepciones. Si un pulpín ve, sorprendido, cómo la ciudad se llena de carteles, puede explorar cómo fue que las campañas se convirtieron en una fiebre navideña. En parte fue porque, en los 90, se asumió que todo lo podías hacer tú mismo.

Incluso ser candidato presidencial, como ahora que hay 19 señores y señoras que juran que son lo que todos necesitamos. La impronta de la libertad individual, tan cacareada en el plano económico, llegó también a la política. El sentido de comunidad se diluyó y terminamos creyendo que un postulante a Palacio no es muy distinto al último grito de las tablets.

Sin duda alguna, la impronta del liberalismo tuvo sus beneficios, pues saneó parte de la economía y acudió la pereza y el gigantismo del Estado. Solo que, ¿era necesario convertir al sistema político en un mercado de baratijas? ¿Era indispensable que, en cada elección, arribáramos a un mall de outsiders, predestinados, o saldos que van de un partido a otro?

Esa es la ‘democracia’, tan llena de tiburones, que le estamos legando a los pulpines. Lo peor de todo es que si en los últimos años hubo algo novedoso en el terreno ciudadano fue, precisamente, la lucha contra la ‘Ley pulpín’. Aun cuando comandos de jóvenes partidarios tomaron parte de las riendas del movimiento, hubo cierta espontaneidad esperanzadora, algo un tanto genuino.

Fue parpadeante, pero fue. Tiene todavía sus rastros, y uno de ellos es que, quizás, ese pequeño brote hizo que algunos jóvenes llenos de interrogantes –esos a los que a algunos profes o adultos de todo oficio les encanta decirles que ‘no entienden nada’- aparecieran, pasaran de la pregunta a las calles. Y a tumbarse una ley que se creía segura, nada menos. A punta de coraje ciudadano.

Hasta donde alcanzo a ver, otro tema que mueve a las huestes de menor edad es el medio ambiente. Acaso por una razón que, a la par de ser alarmante, es también decidora: son ellos los que sufrirán, de manera más dramática, los estragos ya inminentes del cambio climático y otros desvaríos perpetrados contra los ecosistemas. Les interesa por causas naturales.

Alguna vez comenté en un salón, que votar no es como pasar un semáforo, que señala rojo, verde o amarillo sin pasión. Es algo que requiere mayor elaboración. Como van las cosas, confío en que los pulpines perpetren un asalto ciudadano en las urnas. Tal vez es lo único que nos salvará del ébola, el sida, el cáncer o como carajo se llame la opción electoral a la que nos aproximamos.

[Publicado en la revista Carta Abierta N° 9]

Sobre El Autor

Profesor de la carrera de Periodismo de la PUCP. Periodista y columnista del diario La República.

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