1982. Perú ha clasificado al Mundial de España. Hay una suerte de complacencia en el aire, -“Si estuvimos en el 78 por qué no habríamos de estar en el Mundial ibérico”-. -“Si además después de Brasil y Argentina el fútbol peruano es el más importante de América Latina”-. “-Además a los argentinos les cuesta ganarnos”-. “¡¡¡Vamoooooss Carajooooo!!!!”.

Caravanas, alegría, ¡Perú campeón! Mi padre lucía contento y mis tíos, mucho más futboleros, llenaban de imágenes mi cabeza. “Perico León bailaba marinera con la pelota”, “Cueto es Alianza sobrino ¿Qué esperabas?” Mientras las grandes empresas adecuaban su consumo a la fiesta del fútbol y las agencias de viaje vendían paquetes para llegar a apoyar a la selección en la sede mundialista. Al mismo tiempo ‘Pocho’ Rospigliosi nos tuvo en ascuas con los goles de Cubillas “que ya iban a llegar” -nos decía-.

En esta vorágine mundialista mis compañeros del colegio y yo repetimos una cantinela espontánea, que nadie preparó, pero que se escuchaba en cada pasillo, en el recreo, en el auto de la bruja de la movilidad que nunca llegó a tiempo, en la aburrida clase de la ‘papa seca’ o de la ‘bruja Pinedo’: “!ya la…!, ¡ya la…!, nooo la..!, ¡ya la..!, ¡ya la..!, ¡ya la..!”. Es la colección de figuritas del álbum Panini, un clásico. Un álbum que fuimos armando cada vez que podíamos comprar un sobre de figuritas a los kiosqueros de las esquinas. En cada sobre asomaban cinco mundialistas de pecho hinchado. No había un solo retoque de Photoshop, eran los ídolos tal cual. Sin duda eran las figuras del cuadro nacional las que más nos interesaban. Había que terminar todos los equipos pero llenar las páginas dedicadas a la blanquirroja era una cosa especial. “-Una de Velásquez, el patrón, por dos de argentina o tres de Kuwait ¿Qué dices?-” “-¡¡¡Tas bien huevón!!!. ¡Ta que a Velásquez no lo suelto nica…!” Igual con Chumpi, Oblitas, Uribe, Cubillas, no veíamos las horas en que el Mundial comenzara.

Después de eso, Perú, no regresó a un Mundial, las caravanas cesaron, mis tíos dejaron de hablar de fútbol, la desazón se instaló entre todos, la incredulidad se adueñó de nuestro optimismo, y la alegría de los goles de la blanquirroja en un mundial, desapareció.

2014. Perú vuelve a estar ausente de la cita mundialista. Nuestras emociones son impropias, se vuelcan a la admiración de los mejores equipos, hay cierta empatía con los equipos latinoamericanos y seguimos con interés los mejores partidos, pero estamos ausentes. Rumiamos una vez más nuestra derrota.

Y el viejo álbum de Panini vuelve a estar allí; esta vez mi hijo Nicolás de ocho años emula, sin tener idea, mis pasos y mi emoción por aquellas figuritas hoy adhesivas, entonces pegadas con goma repartida de forma poco uniforme. Y están los grandes Messi, Cristiano, Van Persie; están los estadios, los escudos. Pero falta algo, lo más importante; no está la blanquirroja con sus héroes, con nuestros sueños de triunfo aglutinados en torno a ellos; con la oportunidad de permitirnos imaginar que el deporte más popular y querido transforma en una cancha de juego el anhelo de un país, enormemente diverso, aglutinado en torno a un objetivo común, a un sentido común, a una idea de todos.

Panini podrá tener este año a lo mejor del Manchester, del Bayern o del Real Madrid, pero no tendrá a los nuestros, a la selección peruana. A esa selección de cholos, negros, blancos y no tan blancos que siempre ha sido el once de la ilusión de todos. Panini, no es lo mismo aunque en la cara de Nicolás vea cómo el entusiasmo lo gana al saber que sólo le faltan 29 figuritas. Sólo cuando volvamos a estar en un mundial, Panini, volverá a ser lo mismo.

[Publicado en la revista Carta Abierta N°3]

Sobre El Autor

Carlos Cornejo

Profesor de la Carrera de Periodismo en la UPC. Periodista y conductor de noticieros de radio y televisión.

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