Inaceptable. Triste. Una de esas cosas que aplanan los anhelos de aquellos que imaginamos un lugar mejor para nuestros hijos. Un reciente sondeo de DATUM señala que el 49% de las personas encuestadas votará por alguien sin importarle que robe. A la gente no le importa… ¡que robe!

Pero no le echo la culpa a los encuestados; no lo hago, quizá, porque al no echarles la culpa aún mantengo la esperanza de que la gente de mi país es y se siente digna, que camina con la cabeza erguida y que no es cómplice de una situación inaceptable como esta. No lo hago, tampoco, porque estoy convencido de que este sistema político, con esta clase política rentada y sin representación real de los ciudadanos, nos ha enseñado que el pragmatismo atroz es la única forma de navegar en un mar de mediocridades insoportables. Quiero inclinarme por lo segundo. Comparto algunas hipótesis que me explican este escenario vergonzoso:

La ausencia de partidos políticos sólidos, no ahora sino siempre, es la principal responsable de esta situación. Siempre han sido clubes de amigos. Los intentos honestos de formación de partidos sucumbieron rápidamente en el esfuerzo lento y paulatino de esa construcción, en el que la mayoría de sus militantes no estaban dispuestos a invertir el mismo tiempo o dinero que los demás. Liderazgos pobres o personalistas, ambición de poder y cúpulas enquistadas espantaron rápidamente a la gente bienintencionada de la política, dejando el mar lleno de tiburones.

La política siempre ha sido un juego rudo, pero puede ser decente y puede dar como resultado un servicio eficiente al ciudadano, como ocurre en democracias más sólidas que la peruana. La política, entendida de esa manera, se deterioró sola, generó un ciudadano desconfiado y renuente que establece con ella, y con sus actores, una relación clientelista.

Otra posibilidad es la presencia de un pragmatismo que reemplaza a las ideologías, a los sueños, a la construcción solidaria de un proyecto común. El ser pragmático supone la actitud del que entiende las cosas en la solución de lo inmediato, en la mirada de corto plazo como si se tratara del espacio de la pepelma, sin entender que cuatro mayólicas juntas articulan a cientos de éstas. Igual con la gente, igual con las personas.

Un país con poquísimas oportunidades para las grandes mayorías explica esa necesidad por lo inmediato: una reforma del transporte, cero paciencia; una construcción de infraestructura durante dos años, con las consecuentes molestias, cero paciencia; un parque donde hubo un mugre mercado, cero paciencia. En el pragmatismo todo tiene que ser para ahorita, a cualquier costo y negociando con cualquiera: “¡Que regresen las combis a la Av. Arequipa! Yo antes estiraba la mano y encontraba una combi”, afirmaba hace poco un molesto usuario del Corredor Azul.

Pero quizá la gente no tiene paciencia porque ya la tuvo mucho tiempo y ya está harta de que las cosas no estén ahorita, en este momento, a su servicio. Gente que le tuvo demasiada paciencia a un Estado incapaz de solucionar sus problemas; ni este Estado, ni el de ayer, ni el de anteayer… ¡ninguno! El desborde, que no es de ahora, necesita pactar con la informalidad y el desorden para que todo medre. Por eso no importa que otro robe, si yo también me voy a sacar alguito.

[Publicado en la revista Carta Abierta N°4]

Sobre El Autor

Carlos Cornejo

Profesor de la Carrera de Periodismo en la UPC. Periodista y conductor de noticieros de radio y televisión.

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