Lo que ocurre no es tan nuevo: un grupo de yihadistas o islamistas (los que tratan de propagar el Islam político por medios violentos) se hace fuerte, amenaza a ‘Occidente’, desarrolla intensas e inmisericordes acciones armadas y, por último, instaura de facto un nuevo califato. Esto último es lo que hace que este episodio, muy habitual en Oriente Medio, adquiera dimensiones inesperadas y peligrosas. El Estado Islámico (EI) es bastante más que uno de los tantos colectivos armados que pululan por Irak o Siria. Su propósito no es sólo provocar terror o vengarse de los ‘infieles’, como Al Qaeda en sus tiempos más notorios; aspira a la vez a gobernar territorios.

El germen de un Califato

Quienes, con frecuencia, ven su impronta cruel en las noticias tal vez no perciban eso con claridad: los yihadistas han tomado control de ciudades de manera concreta. Cobran impuestos, manejan pozos petroleros, comercios, bancos, almacenes.  Meten gente a la cárcel, disponen políticas educativas, vigilan las calles. Es decir, han hecho de la palabra ‘Estado’ (Islámico) por lo menos una mediana realidad. Y por eso su presencia resulta seductora para los miles de islamistas radicales –jóvenes sobre todo–, quienes anhelaban que, en algún lugar de la Tierra, eso se produzca.

No hay un estimado preciso de cuánta gente compone este contingente fundamentalista sunita (la corriente mayoritaria en el Islam, un 80%), pero se estima que serían unos 30 mil, y que controlan unos 50 mil kilómetros cuadrados y ciudades de Irak tan importantes como Mosul. Y es que eso es un Califato: una estructura que pretende administrar la vida y los asuntos públicos de los musulmanes. En teoría, de todos, y en parte por eso lo delirante de la situación actual.

Califa significa ‘sucesor’, en este caso de Mahoma, el fundador del Islam. El último fue Abdul Mejid II, quien fue parte del Imperio Turco Otomano, fenecido tras la I Guerra Mundial. Abu Bakr al-Bagdhadi, el jefe de EI, se ha proclamado Califa noventa y un años después, cuando la Umma (comunidad de los musulmanes de todo el mundo) la componen 1, 500 millones de personas. Por supuesto, su propósito es inviable. Sólo que, en el imaginario de los islamistas radicales, que alguien lo proclame y en parte lo lleve a cabo aparece como la utopía cumplida parcialmente.

Crueles y eficaces

En su avance, asimismo, EI se ha apoderado de refinerías petroleras, lo que, junto con el control de la actividad comercial, le provee de recursos que le dan oxígeno suficiente para el ‘gobierno’ de sus feudos y sus acciones militares. Por si no bastara, el nuevo primer ministro iraquí declaró hace poco en la sede de la ONU que EI podría atacar los sistemas de Metro en Francia o Estados Unidos, en represalia por la coalición (treinta países) que la gran potencia ha formado para atacarlos militarmente.

Lenta y acaso inexorablemente, hemos entrado a un escenario similar al de los gobiernos de los presidentes Bush (padre e hijo), que –el primero con más prudencia y el segundo de manera torpe– se metieron militarmente en esta región, dejando consecuencias mortales y sociales. Esta vez, como en la Primera Guerra del Golfo (1990-1991), la coalición atacante es múltiple e incluye a varios países árabes, sólo que hay una diferencia central: en ese entonces se tenía un enemigo claro –Saddam Hussein– asentado en un país; hoy se combate a un frente violentísimo, que se extiende por pueblos y ciudades de dos países.

Pronóstico angustiado

La lucha podría ser larga, tortuosa. Desastrosa. No hay un buen pronóstico, ni a mediano ni a largo plazo. En gran medida porque hasta los roles políticos son confusos. Irán, que podría ser un poderoso aliado chiíta para neutralizar a los fieles de al-Bagdhadi, sencillamente no quiere entrar en coalición alguna que impulse EEUU. Rusia, otra potencia influyente en la zona, mira de lejos, porque ve nebuloso el resultado de toda la operación contra EI. Francia y el Reino Unido sí se han involucrado, pero la gran pregunta es hasta dónde querrán llegar. Esta historia apunta a ser cada vez más caótica, sin final feliz alguno. Oriente Medio casi siempre es así. Aunque en esta ocasión el guión es literalmente explosivo.

[Publicado en la revista Carta Abierta N°4]

Sobre El Autor

Profesor de la carrera de Periodismo de la PUCP. Periodista y columnista del diario La República.

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