Dos recientes viajes a Bogotá, casi inesperados y por eso mismo más sugerentes, revolvieron en mí una sensación que, hace años, se venía gestando en mi, digamos, conciencia y experiencia de ciudadano de esta turbulenta región. Al caminar -y bicicletear- por los rincones de esta bella pero difícil ciudad, sentí que América Latina era una tierra ancha y ajena, pero similar en sus injusticias y desolaciones, en sus esperanzas y sueños empeñosos.

Estuve, por ejemplo, en San Victorino, un barrio de la localidad (distrito) de Santa Fe. Una zona en la que hay comercio ambulatorio desordenado, prostitución, delincuencia, basura desperdigada, drogadicción. Un lugar que, probablemente, no sale en las postales, ni es de los que servirían mucho para convencer a cualquier visitante de que en Colombia “el riesgo es que te quieras quedar”. Porque quedarse allí podría ser, ciertamente, riesgoso.

¿Qué fue lo que remeció mi memoria y mis sentidos? Sospecho que algo que, sumergidos como estamos en un delirio macroeconómico –en varios o algunos países del barrio latinoamericano- no queremos ver: el abismo social hondo, hondísimo; los ocultos rincones de la desigualdad, desbarrancada en el rostro vidrioso de un fumón limeño, o en el rictus pálido de un “habitante de calle” bogotano (así llaman en esa ciudad a los indigentes).

Algunas presencias fantasmagóricas me trasladaron a una tarde dominguera reciente en Sao Paulo, donde también vi a esas personas que, para mi seguramente deformada percepción clasemediera, son como espectros amenazantes, como fantasmas urbanos que emergen del subsuelo para decirnos que todo no está bien. Y que en parte de Caracas, La Paz, Quito, Santiago, Buenos Aires, Medellín o Río de Janeiro la globalización se ha desinflado.

De allí, por supuesto, a temer un asalto hay un paso, que viene marcado por el temor y la experiencia. La belleza envolvente de nuestras ciudades, de nuestros valles fértiles o selvas, en prácticamente toda la región, está atenazada, hasta un poco asfixiada, por los delitos rampantes, por la pistola que te puede saltar al cuello en San Salvador, en Lima o en Rosario. Por el retén que te puede complicar, literalmente, la vida en el Cauca colombiano.

Es curioso porque todo esto sucede, o sigue sucediendo, mientras el Banco Mundial dice que la economía latinoamericana es la tercera más potente a nivel mundial, y que somos la región que produce más alimentos en el mundo. ¿Por qué entonces ese joven enjuto, sin camisa, que babeaba a mi lado en una calle de Bogotá, no ha alcanzado una vida respetable? ¿Por qué los indígenas de todos nuestros países siguen jodidos y esperando?

El viejo y cansado truco de una economía no inclusiva, o de una pobreza que baja pero sin que disminuya la desigualdad, parece funcionar acá. Aunque quizás haya algo más. Medimos el crecimiento solamente en términos económicos, estadísticos, no somos capaces de cruzar una curva con un invento que registre el bienestar cotidiano, y encima nos solazamos con encuestas que nos ponen arriba en el ranking mundial de “los más felices”.

No lo dudo. En medio de esos barrancos oscuros, la alegría popular y cierto vigor espiritual se yerguen como faros entusiastas, bailarines y persistentes, que alumbran la eventual escasez de comida o apagan el doloroso recuerdo de un desaparecido. En Colombia y Brasil se baila rico, en Perú se come casi musicalmente, y en Paraguay el sonido de un arpa puede disolver toda melancolía. En Venezuela un joropo podría neutralizar varios conflictos.

Pero esos carnavales nunca terminan de apagar cierta desesperanza sembrada por la historia. Se trata de una alegría que asoma por entre las rendijas de la injusticia, a manera casi de una rebelión de piel y desborde contra lo establecido. A veces es el canto villano de los desposeídos, que intenta derribar los muros de la indiferencia, donde nuestros ricos indolentes disfrutan de la bonanza, pero duermen ciegos frente al foso de la inequidad.

Hemos mejorado, sí. No hay dictaduras –al menos uniformadas-, pero mientras nuestro dispendioso territorio no albergue un mosaico social más dulce, una clase media más potable y extendida, América Latina será siempre una esquina tan bella como peligrosa. Un ecosistema doliente e inacabado, donde las ciudades, los campos, las junglas, los cerros y sobre todo las gentes seguirán reclamando un poco más de ternura y de justicia real.

[Publicado en la revista Carta Abierta N°2]

Sobre El Autor

Profesor de la carrera de Periodismo de la PUCP. Periodista y columnista del diario La República.

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