Ya corre la pelota, hace varios días, y no se ha paralizado el mundo, pero sí millones de almas futboleras, que ven en este deporte no sólo una pasión, sino un bálsamo para depres personales y colectivas, un paréntesis que es bienvenido, como ha escrito recientemente el ensayista mexicano Enrique Krauze. Por encima de los presuntos fuera de juego de la FIFA, numerosos países -no sólo los 32 que compiten- vibran, esperan la hora del pitazo inicial o final. Sufren, gozan, gritan.

¿Qué hay de peculiar en Brasil 2014, además de algunos goles, jugadas o tapadas de maravilla? Que, como nunca, hay un partido también en la calle, un match social y político que, hasta poco días antes del inicio del torneo, hizo temer que los estadios se vaciaran o, incluso, que hubiera violencia no precisamente en las tribunas. A estas alturas del partido,tal profecía no está en curso y, más bien, las protestas contra los mega gastos del Mundialhan amainado un poco.

Es muy posible, sin embargo, que tras la final se produzca un segundo tiempo de protestas, ya sin la distracción de la Brazuca, ese colorido balón que hoy domina la cancha. Si es así, entonces uno de los primeros legados de este campeonato será que llegamos a la era en la cual los ciudadanos pueden abrazar su pasión sin driblear la conciencia. A partir de ahora, el fútbol quizás ya no nos volverá tan ciegos, ni sordos al clamor de las tribunas que piden igualdad.

Cada Mundial que llega trae, con más fuerza, el rostro de la diversidad. Ahora hay jugadores de origen turco en Alemania, de ascendencia marroquí en Bélgica y de procedencia africana en Suiza, Francia, Holanda, Inglaterra, Italia. Mario Balotelli es uno de esos símbolos más reciente del cambio, de la transformación de los equipos, europeos sobre todo, en conjuntos de las sangres y talantes. Ya es muy difícil imaginar, o ver, a un equipo uniforme, sin matices étnicos.

En América Latina, por supuesto, eso nunca fue una novedad, debido a nuestra larga historia colonial, a la multiculturalidad que nos ha marcado y nos marca. Pero en Europa esa impronta es, claramente, un signo de los tiempos, una señal, acaso, de cómo el fútbol puede derribar murallas más duras que ciertas defensas de campeonato. Para algunos inmigrantes, ese pasto feliz, este juego providencial, ofrece algo más que dinero y fama. Otorga el gol del reconocimiento social.

Pero hay países que no muestran esa señal con claridad, como Rusia, Australia y Corea del Sur, que tienen el rostro de siempre. No se puede decir que no sean ‘de acogida’ para la inmigración, un fenómeno global imparable. Lo probable es que el sacudón social allí todavía no llega al fútbol, para renovar no sólo a este deporte sino al modo en que se entiende la identidad. El día en que eso ocurra, tal vez esos países metan más goles y se defiendan menos de sí mismos.

A propósito de lo anterior, es notoria y decidora la manera cómo cantan sus himnos los jugadores de los distintos equipos. Algunos europeos lo entonan sobriamente, como si estuvieran de paseo por el campo; otros apenas sueltan un murmullo, con la boca medio cerrada; y otros permanecen en silencio, sin pronunciar palabra, como si en su mirada bastara para destilar el sentimiento nacional. En algunos casos, el abrazo colectivo parece reemplazar la falta de notas en la voz.

Los latinoamericamos, en cambio, lo cantan a voz en el cuello, orgullosisimos. Incluso, se siguen de largo con la letra mpas allá de la música que les pone FIFA, como ocurrió en los partidos de Chile. Lo mismo ocurre en las tribunas. No les da verguenza, no se reprimen, se sueltan, gritan al cielo. ¿Son -comos-, por eso, más nacionalistas? Más cálidos, quizás, menos reprimidos, en esa escena pública. Pero tal vez ese canto desatado remite a otras canchas de juego.

Cantar delante de una pelota es una forma de mostrar unidad, solidez. Una acción colectiva que, quizás, no se ve en la cancha en sí, donde nuestros equipos están demasiado ligados a un Messi, un Neymar o, si abrimos el arco iberoamericano, aun Cristiano Ronaldo. Costa Rica en eso ha dado una lección de serenidad latina: no se desgañita cantando su himno, no tiene ‘la’ estrella que deslumbra. Pero si tiene orden, cohesión, disciplina. Y pura vida.

Este Mundial pretende ser el más ecológico, el más tecnológico, el más dispendioso. El Mundial de Mundiales, como corresponde a Brasil, una potencia más que emergente. El más sospechoso también, en cierto modo, desde que algunos árbitros no ven penales inoportunos. O desde que la FIFA pasa por el antidoping a 7 jugadores ticos, mientras que en Italia solo pasó a 2. Aún así, la magia del juego sobrevive, no se ahoga, estalla en algún quiebre magistral o un agónico gol.

No podría ser de otra manera tratándose de un juego tan vital, que fuerza la imaginación, el coraje, la solidaridad, la perseverancia. Albert Camus, el escritor Nóbel francés -de origen argelino, como Benzema y Zidane-, un gran apasionado del fútbol, escribió una vez que lo que más sabía, “acerca de la mora y de las obligaciones de los hombres”, se lo debía al fútbol. También dijo que la pelota nunca viene por donde uno espera, como en nuestra existencia.

Más allá del fanatismo inútil-fuego sin luz, como sostiene una amiga psicoanalista la experiencia de estos días, para muchos arrobadora, tiene que ver, en el afuera y en nuestro fuero íntimo, con los partidos que cada quien juega, en el hogar, la profesión, la sociedad, los vínculos. En ellos pasamos del entusiasmo a la tristeza, de la esperanza a la desolación, del triunfo a la derrota. Yo no creo que el fútbol sea como la vida misma. Pero sí se parece mucho al vivir.

[Publicado en la revista Carta Abierta N°3]

Sobre El Autor

Profesor de la carrera de Periodismo de la PUCP. Periodista y columnista del diario La República.

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