Cuando estamos al borde de un nuevo encuentro con la cámara secreta, con la cédula enredada, con el pesado padrón, este domingo 10 de abril, podemos también echar una mirada atrás, o adelante, y sentir que, como pocas veces, estos comicios son un notable elogio a la intolerancia. Cuando no al delirio y la insensatez. Han llovido huevos, piedras, insultos, golpes, memes faltosos, declaraciones furibundas. La bilis política se nos ha subido de un modo espectacular.

Ese desborde es propio de la fiebre electoral en nuestro país (varias veces ha habido muertos, cosa que ahora sinceramente espero que no ocurra, aunque ya se registró uno).  Pero este tiempo ha tenido sus peculiaridades, desoladoras, sus características deprimentes que, a medida que vamos avanzando hacia el capítulo final se van sintiendo más. Una de ellas, sin duda, es el desorden institucional que ha amenazado con convertir a estos comicios en casi farsescos.

Estamos a tiempo de salvar el honor, pero ya es demasiado que el verano completo se haya agotado, hasta el derretimiento, en tachas, recontra tachas, procesos de exclusión interruptus, o consumados, y hasta haya incluido a un teatral candidato encadenado en Palacio, cual Prometeo en busca de devolvernos el fuego de la lucidez. Fue inútil, claro; esta nunca volvió y ahora más ha crecido a paso de vencedores, hasta casi asfixiar el escaso seso electoral que nos quedaba.

Algunos ánimos de turba ya han asomado en las calles, aunque es en las redes sociales donde quizás comienza a campear el ‘barrabravismo’ más desatado. Los memes se han vuelto un ejemplo del emprendimiento político mental más díscolo. Los hay contra todos los candidatos, aun cuando el fuego cruzado está especialmente dirigido contra los que tienen alguna posibilidad de llegar a la segunda vuelta, o de atornillar parlamentarios de toda estirpe en el Congreso.

He visto uno en el que ponen al padre Marco Arana (al que sus haters suelen llaman ‘cura’ con furia militante) como ‘machucante’ de Verónika Mendoza. Otro en que se profieren mentiras supremas sobre la relación de esta última con Abimael Guzmán. A Barnechea prácticamente lo han echado a la olla de chicharrón hirviente por su presunto desaire a una señora que le ofreció un pedazo de ese manjar, como si comer chanfainita fuera requisito para ser presidente.

A Keiko también le han dado, duro, poniéndola como si fuera un engendro humano insensible, y a Kenji se le basureado de manera persistente. Personalmente debo decir que me separa una distancia sideral de ambos personajes, que su movimiento político sí me parece un engendro muy peligroso. Pero ellos son personas. Si no tengo capacidad de distinguir esa mínima diferencia, me convierto en un agente más de dispersión del barro circulante en estos tormentosos comicios.

Lo más alarmante, sin embargo, no es solo el crecimiento de la cultura de turba, callejera o informática, en vísperas de las elecciones. A mis ojos y oídos, lo angustiante es hurgar en las motivaciones que parecen gatillar esos disparos. ¿Es Verónika Mendoza una ‘roja’ y ‘terruca’? ¿Qué sustento real tiene eso, como para que corra, a mansalva, y se quiera convertir en uno de los ‘brillantes’ argumentos de la alucinada contracampaña que le están haciendo sin piedad?

Sería como decir que PPK es fascista, otra calumnia que no resistiría el análisis; aunque hoy por hoy parece que pensar, elaborar, no está en la agenda. Lo esencial es atacar, destruir, no importa si con eso destrozamos nuestra propia razón, o el honor de nuestra masa encefálica. Hay miles de sacha argumentos que circulan, tantos que me han hecho pensar que la prueba PISA no es un problema escolar, sino social. No comprendemos, no leemos, solo gritamos en estos tiempos.

Por supuesto que todo esto tiene raíces históricas, culturales, educativas. Es un magma de ignorancia variada que sale del subsuelo, como un huracán que pretende hacer de eso el estandarte de la disputa por el Poder. Por momentos, se hace insoportable, peligroso; amenaza con derrumbar amistades, sacude la tranquilidad de algunas relaciones, vulnera el necesario sentido del respeto que hay que mantener para la convivencia social. Es la turba desatada, pues.

La frase tranquilizadora de algunas personas, buenas o bien intencionadas, es que ‘todos queremos lo mismo’, ‘todos queremos al Perú’. Lamento decirles que no es cierto, que nunca fue cierto. Y es natural, además. Hay quienes quieren más justicia y hay quienes son devotos de la inequidad; hay quienes consideran a los derechos humanos un tema esencial, y quienes creen que es una plena cojudez. No nos engañemos, no todos pensamos en todos, solo en algunos.

Aún así, no es indispensable que nos maltratemos, o hasta nos matemos, por eso. O que hagamos de las elecciones un trance feroz. La democracia sirve justamente para eso, para procesar las diferencias y lograr consensos mínimos. Las turbas nunca son democráticas, son violentas e irracionales, por definición. Estamos a tiempo de ponerle un freno modesto a eso; es menester que lo hagamos si no queremos que la peor elección sea la de la furia verbal o física generalizada.

[Publicado en la revista Carta Abierta N° 10]

Sobre El Autor

Profesor de la carrera de Periodismo de la PUCP. Periodista y columnista del diario La República.

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