El escritor británico Julian Barnes está considerado uno de los novelistas vivos más brillantes. El trabajado estilo de su prosa, el aroma sabio de su sensibilidad y las innovadoras armazones narrativas de sus obras lo sitúan como un renovador del arte de la palabra. Su primera novela, Metrolandia (1980), ya muestra con nitidez la fuerza de su talento refinado. Un adolescente inglés con ambiciones literarias no puede evitar el asombro ante el descubrimiento del mundo, pero, al madurar, el peso del tiempo le obliga a descartar los sueños y adentrarse en el mundo adulto, envuelto en el hedor de una prematura decadencia de treintañero.

El tránsito de los años es una fuerza que envuelve a las obras de Julian Barnes, pues los personajes deben arribar hacia nuevas etapas bajo el riesgo de traicionar a sus apetitos juveniles. Una situación parecida ocurre en la novela El sentido de un final (2011), en la que un grupo de estudiantes bibliófilos ve cercenada su inocencia con el suicidio de uno de los integrantes. La experiencia de haber interactuado con el difunto se convertirá en un emblema de distinción para estos jóvenes. Al acabar el colegio y separarse, el recuerdo del virtuoso suicida colisionará con la áspera y desencantada condición de ser adulto.

En el universo barneseano, así como en la vida real, el encanecimiento del entusiasmo terminará con finales definitivos como la muerte de la pareja. Esa funesta situación- no tan inesperada si aceptamos que el dolor y la pérdida son piezas naturales en la existencia humana- es uno de los tópicos principales de Niveles de vida (2013). Barnes es viudo y en este conmovedor libro, despojado de los enmascaramientos y maquillajes de la ficción, conmemora el dolor y el vacío de los primeros momentos después de la muerte de quien fue su compañera sentimental durante treinta años.

La fama de Barnes despegó con la publicación de El loro de Flaubert en 1984, una suerte de novela-ensayo que se centra en la vida y obra del escritor francés mencionado en el título. Otra de las obras de Barnes que coloca a un artista como personaje protagónico es El ruido del tiempo (Anagrama, 2016), su más reciente novela, que aborda el camino vital del músico ruso Dmitri Shostakóvich, quien fue hostigado por el régimen dictatorial de Stalin por una obra que el artista presentó en Moscú.

Desde el arranque, el autor impresiona con sus acostumbrados inicios que se van armando con oraciones y párrafos como si fueran las piezas primordiales, en apariencia inconexas o conectadas por un hilo sutil, que servirán para el desarrollo de la historia. Además, el uso del ritmo (reiteración de palabras, frases y estructuras sintácticas) se impone como propuesta estilística clara. Destaca también la utilización de referentes musicales para dotar a la novela del aliento adecuado. Por ejemplo, aparece «el fa agudo de los cuatro pitidos de la sirena de una fábrica».

Sobre esta versátil maquinaria narrativa, discurre la aventura del músico ruso, quien debe decidir entre ser fiel a su arte y esperar las represalias de la dictadura, o plegarse al Estado hasta convertirse en un compositor del régimen. Esta maraña de intimidaciones y dudas íntimas va cambiando de cariz con el paso de los años («En retrospectiva, las tragedias parecen farsas»), pues los gobiernos se van y llegan nuevos jerarcas. El miedo se diluye y en la memoria solo quedan certezas: «El arte es el susurro de la historia que se oye por encima del ruido del tiempo».

Barnes es un escritor maravilloso que nos enseña a escribir literatura con su fina mano hechizante. Su más reciente novela lo demuestra una vez más.

 

[Publicado en la Revista Carta Abierta N°12]

Sobre El Autor

Giovanni Anticona

Egresado de la facultad de Letras y Ciencias Humanas de PUCP. Literato.

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