Científico social, historiador, discípulo de Raúl Porras Barrenechea. Hugo Neira sorprendió en la última campaña electoral al respaldar desde sus columnas al movimiento político de Keiko Fujimori. ¿Es Neira el intelectual que le hace falta al fujimorismo? Él dice que va a donde lo llaman.

“Yo tenía el monopolio de la información”, afirma Hugo Neira, con una sonrisa, cuando recuerda su experiencia como reportero en el Cusco, en 1963, durante la toma de tierras por los campesinos, un embrión de lo que sería la reforma agraria de 1969, aplicada por Juan Velasco Alvarado. Y sí. Es verdad. Él era el reportero de los comuneros. Era su compañero. No dejaban que nadie más los siguiera en sus movilizaciones. “Prohibieron a otros a patadas”, cuenta. Y allí está su libro, Cusco: Tierra y muerte, para dar fe de aquel trabajo. Allí están las fotos del batallón de mujeres de Sicuani, de las amazonas de Canas. Están sus frases: “No es un partido político sino un pueblo en marcha”. Aquel viaje, de tres meses, fue decisivo en su historia personal. Hizo que se alejara del marxismo, hizo que el mundo académico le abriera las puertas. Fue por Cusco: Tierra y muerte que fue invitado a estudiar y trabajar en la Fondation Nationale des Sciences Politiques de Francia, fue por ese mismo viaje que pudo ver los hechos de mayo del 68. Siempre curioso, siempre con ojos de testigo.

 

Reivindica siempre el trabajo de campo a la hora de investigar, ¿es usted un reportero atrapado en la rutina de un científico social?

A ver, yo comencé a hacer periodismo en el diario Expreso. Allí encontré una publicación en la que el director era un hombre del servicio diplomático: José Antonio Encinas, que había hecho un doctorado en Harvard, en filosofía y en economía; y el redactor jefe era el gordo (Raúl) Villarán, una especie de monstruo. El periódico tenía una página editorial digna del Times, pero con un periodismo bien popular que era el de Villarán. Decían que Expreso era una especie de matrimonio entre un profesor de Oxford y una puta del Callao (se ríe). Bueno, un día de 1963, en una reunión de editorialistas, Encinas dijo que lo que pasaba en el Cusco, la toma de tierras por los campesinos, era extraordinariamente novedoso. “Lo que nos envían los periodistas del lugar -decía- es insuficiente. No entendemos lo que pasa. Uno de ustedes tiene que desplazarse al Cusco. Y me señaló a mí. Usted tiene que ir Neira. Es historiador, ha recibido cursos de antropología. Es el único que tiene una formación para ir al campo”. Es así que fui a reportear al Cusco. Y mis despachos se convirtieron después en este libro. (Señala una edición de Cusco: Tierra y muerte, que reposa sobre su mesa).

Vamos al libro. Usted toma contacto con los campesinos, ve que su protesta es absolutamente legítima y que el cambio (la reforma agraria) tiene que hacerse ya. ¿Ver eso lo convenció de alguna manera de sumarse luego al proyecto militar de Velasco Alvarado?

Es que yo no sabía qué iba a pasar. Era el 63. Tal vez los militares tendrían su plan Inca en marcha, pero yo no lo sabía. Recuerdo un texto de Mariátegui, en el que él dice que los libros más importantes se hacen por sí mismos. Yo no partí a escribir un libro. Yo partí en misión periodística para cubrir un hecho con la mayor probidad posible, respetando el discurso de los dirigentes del movimiento campesino. Llegué sin a prioris. Yo soy hasta el día de hoy una persona que se da cuenta de cosas porque no tengo a prioris, no tengo ideas previas -negativas o positivas- de cualquier sujeto social.

Hablemos de los años posteriores al 69. Usted siempre recuerda la pasión que había en Lima por hacer política. Cita, por ejemplo, a Alfonso Barrantes, quien lo buscaba después de noches de juerga, para salir a conversar sobre política hasta las cinco de la madrugada. O también habla de Haya de la Torre, del que -dice usted- no tenía partidarios sino acólitos. ¿Hay alguna cosa parecida a estos personajes en la actualidad?

Nada, no hay nada. Es otro tiempo. No creo que se fabrique un Haya de la Torre cada siglo.

Es muy crítico de la izquierda, ¿usted se reconoció alguna vez como marxista?

Bueno, yo me reconocía como marxista cuando entré a Expreso (en el 61). Pero ya cuando escribí mi primer libro (en el 64) sabía que el Partido Comunista era un partido pequeño, laborista, que no se planeaba la revolución, ya mi amigo Héctor Béjar se había ido a las guerrillas, pero yo no. ¿Por qué no fui?

¿Pudo ir a la guerrilla?

Yo estaba dispuesto a cualquier cosa. ¿Pero qué pasó? Yo tuve una experiencia. Vi la movilización campesina, y esto no era la izquierda. Era la herejía de la izquierda, era Hugo Blanco. Y él decía una cosa muy sencilla, que refutaba a Béjar y al Che Guevara: “De 100 campesinos, 99 me siguen en una toma de tierras, y uno me sigue a la guerrilla”. ¿Por qué? Porque ir a la guerrilla, para los campesinos, era dejar su familia, su riqueza, ¿para qué?, ¿para tomar el Estado? ¡Ellos no veían el Estado! Ellos querían recuperar sus tierras. Yo comprendí, entonces, la inteligencia del pueblo. Los campesinos habían descubierto una capacidad de movilización, mientras que las élites de izquierda seguían pensando en ser la vanguardia de algo que ya se habían tomado los campesinos.

Hablemos de cosas más recientes. En sus últimas columnas ha tratado de comprender al fujimorismo, ¿para qué sirve entender al fujimorismo en este momento, más allá de para ganar enemigos?

A mí me importa muy poco tener enemigos. Lo que yo he hecho toda mi vida, es tratar de entender los fenómenos sociales. Y cuando aparece un nuevo fenómeno, me hago preguntas, no pongo cuestionamientos morales.

Como usted dice, no tiene pensamiento a priori.

Aunque sí lo tendría, si fuera Alberto Fujimori, el padre. Las cosas en su sitio. Durante los años 90 yo estaba fuera pero colaboré con el Foro Democrático. ¡Nunca me gustó Alberto Fujimori! Me parecía un autócrata, al revés de la mitad del Perú que estaba enamorado de ‘el chinito’. De eso ya han pasado unos años. Luego ha aparecido este movimiento social que yo, lo he dicho, me intriga, porque es nuevo y no tengo los a priori del pasado. ¿Y eso por qué razón? Porque instintivamente entiendo que la sociedad peruana produce fenómenos sociales que nos siguen sorprendiendo. Por ejemplo, la migración. ¿Cómo íbamos a pensar que los mestizos que bajaron para trabajar en carretillas, luego se iban a organizar en pequeños mercados y luego iban a ahorrar? Se fue creando una nueva clase social, que va en ascenso. Se hicieron ricos, apareció la burguesía chola, o el cholo capitalista de Hernando de Soto. Y de pronto también tienen ideas políticas y un movimiento que no quiere estar con los partidos tradicionales.

¿Y este es el fujimorismo actual?

Eso es el fujimorismo.

¿El empresario emprendedor, el informal?

El que era informal. Porque ahora ya son pequeños propietarios, medios propietarios. Las Pymes, hay un millón novecientos mil pymes en el Perú. Eso emerge. Y las personas dispuestas a entender, nos damos cuenta que hay un movimiento interesante. Yo digo que el movimiento keikista es una realidad sin teoría. ¿A dónde van a ir? ¿Hacia la derecha o la izquierda? Por el momento, en ellos hay rasgos de los dos, con lo cual irritan mucho. Algunos dicen que se irán haciendo en el camino. Yo digo, perdón, es la tercera vez que veo que la auto-organización se hace fuera de nosotros.

Tiene vocación de testigo, usted.

Así es.

Hugo Neira

Neira asegura que analiza los fenómenos sociales que ocurren en el país sin apasionamientos. “No llego con a prioris a ningún lugar”, afirma. Foto: Giovani Alarcón.

A ver, de Keiko Fujimori usted ha dicho: Tiene bancada, pueblo y partido. Los dos primeros conceptos son innegables. Tiene una bancada muy grande. También tiene una altísima votación. Mi duda es si tiene partido. De sus 73 congresistas, sólo 11 son parte de Fuerza Popular, y actualmente -según registros del JNE- los inscritos en ese grupo son 4,100. El partido no es tan sólido como aparenta.

No, no, no. Claro que no. El gran problema de Keiko es… Por cierto, yo sólo la he visto dos veces. Una vez hace diez años, y ahora, el día de su cumpleaños. Ese día, por algunas cosa que yo había dicho, un alumno mío se me acercó y me dijo: “Doctor, yo lo invito al aniversario de Keiko”. Y yo le dije: “Oye, yo no voy a poner 500 dólares” (para entrar al coctel de recaudación de fondos para la campaña de Keiko Fujimori). Entonces, él me dijo: “Yo pago por usted”. Y fui.

Bueno, digamos que le hizo caso a su curiosidad de científico social.

Bueno, pero los campesinos no me pagaron el viaje a Cusco. A ver, lo que vi fue a Keiko que baja, saluda a cada una de las personas. Me ve, me abraza y me dice: “Hugo, muchas gracias por tus artículos, ya hablaremos”. Luego la vi en otra ocasión. Me llamaron a este teléfono. “De parte de la señora Keiko Fujimori, está usted invitado a dar una conferencia magistral”. Yo dije: “Es una broma, deme su teléfono para llamar”. La señora se molestó. Me dijo: “¡Señor, yo me llamo Carmela nosequé y no estoy bromeando!…”

Es que los fujimoristas no bromean, tenga cuidado.

(Se ríe) Es verdad, no bromean. Bueno, entonces hice una exposición (para la bancada fujimorista en el hotel El Pueblo)… Hablé de la situación del país, qué cosa es política, qué cosa es República, qué cosa es ciudadanía. Ese es mi pecado. Y si mañana me invita Movadef, voy, ad honorem. Yo voy al lugar donde hay pueblo. ¿A partir de qué me llaman? De que no soy un político. No voy a ser alcalde, ni candidato. Tengo una mirada objetiva, distante. Pero evidentemente voy a partidos donde está el pueblo, porque yo vengo del pueblo, y no lo niego. Y ad honorem, ah. Además, te he mencionado al Movadef. Yo he ido a Piedras Gordas a dar una conferencia a los senderistas.

¿Sabe qué pienso? Que el hecho de que se haya reunido con el Movadef no le va a gustar a sus lectores actuales.

No era Movadef, era Sendero.

Ok, me equivoqué.

Mire, cuando yo estaba en la Biblioteca Nacional yo me comprometí a hablar con la gente de Sendero de un tema que no fuera político, con Morote. Pero no cumplí. Al tercer año de estar en la Biblioteca, me dio un chucaque, me enfermé y decidí irme. Y cuando volví (al país), me invitaron de nuevo. Han invitado a varios, pero nadie va, tienen miedo. Entonces fui a Piedra Gordas, hace dos años. Hablé de Julio Cortázar, era el año de Cortázar (2014), y les expliqué quién era este escritor, cuáles eran las particularidades de sus textos. Expliqué un rato y luego repartí unos cuentos, para empezar un debate. Es más, bajé un momento y le di la mano a cada uno de ellos. Las preguntas que me hicieron eran tan buenas que al regreso solté una lágrima. ¡Qué inteligentes, qué buenas preguntas! Ellos no estudiaron literatura. Pero empezaron a definir lo Fantástico en Cortázar. Yo me decía: Qué pena esta élite política, perdida para siempre allí. Qué error llevarlos a un callejón sin salida.

Volvamos a Fuerza Popular. ¿Uno de los problemas de este grupo no es su falta de alternancia? No imagino una elección interna en Fuerza Popular que no termine siendo una farsa, porque al final siempre ganaría la señora Fujimori.

A ver…  Primera cosa, yo me doy cuenta que la señora Keiko Fujimori tiene tres mochilas. La del padre, la de su bancada, y a la vez la del montaje de un partido. Luego, ese partido no se va a organizar de la manera como se han organizado otros partidos.

Es un partido atípico, dice usted.

Estos (los fujimoristas) van a ser fundadores, con otras reglas de organización de la globalización, de una economía que tiene prosperidad. Van a sorprendernos o van a fracasar.

¿La teoría del partido sólido es real o ahora mismo son un proyecto embrionario?

Bueno, ahorita están en formación. Es un niño de un año o dos, está creciendo. Pueden pasar muchas cosas. Pueden auto organizarse, pueden mermar sus fuerzas, como ha pasado con el nacionalismo, o pueden pasar a la historia y olvidarse.

Hugo Neira

El historiador se reconoce como un ‘friki’. Le gustan los cómics y las novelas gráficas. Es fanático de Star Wars, Star Trek y del historietista francés Moebius. Foto: Giovani Alarcón.

Hay un momento de la campaña en el que usted aprovecha una columna para mandarle un mensaje a Hernando de Soto. Usted dijo: “Hernando, cállate. No declares más a la prensa”. ¿Qué pasó allí, hubo un momento de apasionamiento? ¿El votante le ganó al científico social?

(Se ríe) No, el amigo. Yo sentía que Hernando había estado mucho tiempo fuera y tenía algunas posturas apresuradas. Además que yo uso mis columnas como si escribiera cartas a mis amigos, acuérdate de la carta a Vargas Llosa. Ahora, yo quería que ganase Keiko, de eso no hay duda alguna. Pero no lo creí nunca. En una columna de marzo, que apareció en El Comercio, yo dije: Keiko tiene bancada, partido y pueblo, y por esas razones no va a ganar. Es que así somos. Te lo lanzo aquí. Yo no puedo ver los problemas peruanos sin el pasado. Y he visto cosas que se repiten. Lo que se podría llamar un patrón: la sociedad peruana es profundamente conservadora, y esta sociedad conservadora se resiste a las sorpresas políticas desde hace tiempo. Llegan Simón Bolívar y San Martín. La resistencia fue tremenda. Al final se fueron. Llegamos a la época de los caudillos republicanos. Aparece Piérola, que es el eterno revolucionario. No soportaban su plebeyidad. No era uno de ellos. En 1933 aparece el Apra. Tiene obreros, clase popular, clases medias y cañeros del norte. Les tiraron el tablero por la cabeza. ¿Cuánto tiempo tomó entender que ese era un modelo para el país? Cuando hay algo nuevo no lo digieren. Llega Belaunde, entran los militares. Aparece Vargas Llosa, votan por el chinito.

Una última pregunta para entender su apuesta. El fujimorismo juega dentro de la democracia, pero no cree en algunos roles de la misma. Al Senado, por ejemplo, le tiene fobia. Usted, en cambio, cree totalmente en ese organismo…

Es que yo no tengo que estar de acuerdo en todo. Yo no soy un militante.

¿Esta elección terminó con el mito de que Alan García es el mejor candidato que puede haber en el país?

Qué pregunta. Yo sigo intrigado por lo que ha pasado. A Alan no lo veo. El no verme, en el caso de Alan, es un gesto de amistad. Es como si me dijera: “No quiero verte, Hugo, para no discutir, porque vas a decir cosas contrarias a las que yo pienso” (se ríe).

¿Alan García lo evita?

Lo que puedo decir es que la cortesía que tiene conmigo es no frecuentarme. Cuando estuve en la Biblioteca Nacional, jamás me llamó para algo. En cambio hubo personas a las que nombró en la televisión a las que llamaba todo el tiempo. Yo me hubiera ido.

¿Dice que Alan García llamaba con frecuencia al Canal 7?

Muchísimo. Ese es un problema.

A lo mejor llamaba para aparecer en el canal, que era una manera de mostrarse ante la población, porque no viajaba mucho.

O simplemente llamaba para dar una opinión. Técnicamente se pueden decir muchas cosas. Yo he visto cómo el gordo Villarán no lo dejaba entrar a Banchero al periódico. Cuando era dueño de Correo, Banchero se metía todo el tiempo. Hubo un momento que Villarán lo botó: ¡Anchovetero de mierda, fuera de acá! Y puso un vigilante para que no lo dejara entrar.

No nos dé malas ideas a los reporteros de planta, por favor.

(Lanza una carcajada) No sé, no sé. Mira, ¿qué le hubiera dicho a Alan? El mensaje que le mandé con cuatro amigos cercanos: “No te presentes ahora, el país cambió”. Este país ya no es el del gran discurso. Y él es un gran orador, pero hay un mundo joven y un mundo comercial, mercantil, es otra lógica. Él no ha captado ese cambio.

Hace un año le dijo a Perú.21, “los peruanos nos detestamos profundamente”, ¿por qué?

Porque no somos nación. No te detestas si estás en un clan. En términos históricos, en un clan encuentras a tus pares. Cuando tratas a una persona con el mismo afecto y cordialidad con el que tratarías a un pariente, en ese momento tienes nación. Y a ese momento no hemos llegado todavía.

Allí coincide con Julio Cotler, quien dice que no tenemos experiencias comunes, no hacemos el servicio militar juntos, la educación es distinta de acuerdo a los ingresos de cada familia…

Exacto. ¿Cuándo debería darse uno cuenta de que formamos una nación? En el colegio. En mi colegio, en Melitón Carbajal, había negros, chinos, mestizos, blancos pobres, blancos acomodados. Allí hubo una camaradería de gente de todas las sangres.

Ahora, para entendernos es importante la enseñanza de la historia en los colegios, pero ha quedado de lado…

¡No hay! No existe el curso de historia. Es terrible eso. Es una barbaridad. Hemos dejado que eso se produzca. Esas son las cosas que yo no puedo admitir.

Ha escrito hace poco, “en la vida llega el momento de hacer el recuento de uno mismo”. Cuando las clases en la universidad, las columnas, el libro que está por presentar, el cine que tanto le gusta, le dejan tiempo, ¿a qué etapa de su vida vuelve usted?

¿Ahora? Yo pienso en mi sorpresa de llegar a los 80 años. Yo he vivido apretando siempre el acelerador. Y bueno, hay momentos en que uno empieza a reflexionar. Los 80 son una edad estupenda. Aunque empezamos a parecernos a los más frágiles, a los niños. Un resfriado puede convertirse en una pulmonía. ¿En qué nos diferenciamos de los jóvenes? En que ellos tienen carretera y yo sé que no la tengo. Borges decía una cosa hermosa. La vejez es cuando descubres que hay una ciudad que no visitarás, una lengua que no aprenderás, una mujer que no amarás.

A Javier Tantaleán le dedicó el poema Responso a Verlaine de Rubén Darío, cuando se despidió de él, ¿quién, qué amigo leerá poesía en su despedida?

Eso debe preguntárselo a ellos. Pero, ¿sabe?  Yo me resisto a pensar que han muerto mis amigos. Sueño y los encuentro. Y hablo con ellos. Echo de menos a Fernando (Fuenzalida), a Pocho Tantaleán. Yo creo en el encuentro de las personas. Yo no creo que los amigos se hagan por Facebook.

[Publicado en la revista Carta Abierta N°11]

Sobre El Autor

Emilio Camacho

Periodista del suplemento Domingo del diario La República.

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