Cada febrero, el icónico distrito de El Carmen, en Chincha, se viste de fiesta y carnaval. Así es celebración de la llamada “Yunza Negra” de la familia Ñañez, ritual y espectáculo donde el color y la diversión inician bajo los últimos rayos de sol y terminan con los primeros. Una rama sacada del árbol de sauce es la protagonista de la noche, alrededor de ella se menean los cuerpo de extraños y locales, en celebración de la buena juerga, del cultivo y de la vida. Bienvenidos a la fiesta de El Carmen, a la fiesta donde todos somos uno

No era la primera vez que iba a El Carmen. Hacía tres años había tenido la oportunidad de llegar, pero solo por una tarde. Una tarde que, cuando la recuerdo, se resume en una sola imagen: el zapateo jocoso de unos niños en la plaza, una coreografía improvisada a cambio de unas cuantas monedas y bajo uno de los mejores atardeceres que jamás he visto, mezcla de amarillo y anaranjado en el cielo que parecía sacado de un óleo. Sin embargo, lo que ocurrió esta vez, el 7 de febrero pasado, no se puede resumir en unos cuantos pequeños detalles.

Llegué a El Carmen alrededor de las 3 de la tarde, en uno de esos colectivos que cubren la ruta desde Chincha. Pero no era solo el atardecer de mi memoria lo que me impulsaba a llegar mucho antes de que empiece la fiesta; en realidad, quería ubicar a sus organizadores, quienes según lo que había podido averiguar, eran una familia de apellido Ñañez. Sin embargo, siempre que uno arriba a un lugar ajeno, el primer problema a solucionar es el hospedaje. Y a mí no me quedó más remedio que recorrer las calles en busca de alguien que quisiera ampararme.

En esas andaba cuando me encontré con un grupo de mujeres sentadas afuera de una casa. “Disculpen”, les dije, “¿sabrán de algún lugar dónde me pueda hospedar?”. “¿Para cuántas personas?”, me preguntó una de ellas.

“Solo yo”, le respondí, y no pude evitar una risa nerviosa al ver sus caras de sorpresa. Pensé: quizás este distrito que parece tan tranquilo sea todo lo contrario. “¡Qué valiente!”, exclamó una de ellas. “Te puedes ir a preguntar a esa casa que está en la otra esquina o a esa otra de dospisos que está frente a la comisaría”, me sugirió.

Seguí mi camino, mientras ellas retomaban la conversación que, con osadía de no local, me había atrevido a interrumpir. En el primer hospedaje me dijeron que ya no había habitaciones: claramente, este evento sí se trataba de algo más que unos cuantos turistas.

Recalé entonces en la casa de la señora Mary, una mujer que en su faceta más emprendedora había convertido su hogar en un hospedaje con varios cuartos. Un bello grafiti de una joven mujer morena adornaba la pared del pasadizo. Pero el emprendimiento de Mary no había quedado ahí; afuera de la casa había abierto una bodega con productos clave para aquellos viajeros de espíritu aventurero y talante olvidadizo (como la que les habla). Y allí no solo se podía salvar el viaje con productos de primera necesidad, sino también calmar la sed con un par de cervezas. En Chincha y bajo el sol de media tarde, eso es casi lo mismo.

De la comida se encargó África, un restaurante regentado por una familia del lugar que acababa de inaugurarse. Su plato principal era la sopa seca, de la cual –por fortuna–, soy fanática acérrima. El señor tomó mi pedido y gritó a uno de sus hijos: “¡Una sopa seca para la mesa 5!”, mientras que en voz baja y riendo, añadía: “¿Qué mesa 5? Si es la única sentada en el restaurante”

Yunza Negra

Foto: Jimena Rodríguez.

 

Salí del restaurante animada y sin ganas de volver al hospedaje, así que decidí caminar por las calles del pequeño pueblo y evitar la misa de las 5, ritual al cual no asisto desde que terminé el colegio. A lo lejos se escuchaba música y vi una camioneta monstruosa que exhibía un cartel con letras de neón y diseño chicha: “GRAN YUNZA NEGRA DE LOS HERMANOS ÑAÑEZ”. Sonaba timba y cinco hombres bailaban alrededor. Uno de ellos era Lorenzo Ñañez, una de esas personas que con solo una sonrisa te hace sentir cómoda. Parte de un clan de ocho hermanos, Lorenzo –o ‘Mandingo’, como le llaman– trabaja en Lima como promotor de eventos de la famosa anticuchería Doña Julia, de Jesús María.

“La Yunza es una costumbre de los abuelos”, me dijo. Dos yunzas se celebran en El Carmen, la de la familia Ñañez y la de la famosa señora Mamaine, que es la semana siguiente. Para entrar a la de los Ñañez, hay que pagar entrada. “Con esta yunza se busca generar algún ingreso para la comunidad, mientras se hace pasar un buen rato a quienes vienen de otros lados. Pero lo más importante es que sepan que acá se siente el cariño, el amor y el hogar”, agregó.

“Aquí hay muchísimo talento, pero no todos lo saben explotar. Se conforman con saber tocar el cajón o bailar festejo porque se los enseñaron sus papás o sus abuelos. No se especializan ni estudian para poder promover la cultura que hay en El Carmen. Hay que salir adelante con lo nuestro”, terminó diciéndome mientras me pasaba otro vaso de cerveza.

Y fue entonces que esa callecita de El Carmen comenzó a llenarse de vida. Eran 15, todos en sus veintes, cargando timbales, guitarras, trompetas, telas y pelotas de malabares. El grupo de mochileros salió de la casa de Mandingo como sacado de un cuento de aventuras, todos suelto de ropas, con peinados extraños y tatuajes surcándoles la piel. Afinaron sus instrumentos y comenzaron a tocar salsa dura, La Murga de Panamá. La calle se convirtió, de pronto, de improviso, en una caravana bailable. En un momento, la cantante se sentó a mi lado mientras el grupo tocaba.

“Vengo de Argentina”, me dijo, “pero también hay gente de Chile”.

“¿Y cuántos años tienes?”.

“Veinticuatro. Y ya llevo dos viajando desde Argentina hasta Ecuador; voy y vengo entre Ecuador, Perú, Bolivia, Chile, y así estoy. Solo llegué a mi casa 2 semanas y volví a salir hasta la casa de la familia de mi novio en Chile. Luego, seguí viajando de vuelta. Y así ya hace 2 años”.

Me causó una sana envidia escucharla hablar sobre los lugares que había conocido. Ella y su novio se habían atrevido a hacer lo que a muchos de nosotros nos aterra: negar el protocolo de vida que se nos impone; solo viajar y conocer lugares, gente que te abre las puertas de sus hogares como lo hicieron los Ñañez.

A las 4 de la tarde, el grupo de mochileros paró de tocar para que todos pudiésemos descansar en preparación para lo que sería una de las mejores fiestas que El Carmen haya visto jamás. Para entonces, las cadenetas de papel de seda hechas por algunas de las hermanas Ñañez adornaban el pequeño espacio donde habían colocado el árbol o “palo” (como le dicen allá), protagonista de esa noche.

Volví a la Yunza a las 10 de la noche y el ambiente ya era de fiesta. Quienes no acompañaban sus pechugas de pollo con cerveza lo hacían con Tutuma, trago típico de allá que consiste en vino dulce, pisco y fruta fermentada del mismo nombre, y que era vendido en pequeñas botellas de vidrio de seis soles. Luego de unas horas de salsa, cervezas, piscos y tutumas, subió al escenario el grupo de la famosa familia Ballumbrosio, encargado de animar aquella noche. Y entonces, ahí sí en serio, comenzó la Yunza.

“No es una depredación, este sauce fue sembrado por alguien que, en su pasado, tumbó la yunza”, dijo uno de los Ballumbrosio sobre aquella rama del palo que seguía “vestido”; es decir, vivo. Aquella rama, mencionó después, era la encargada ese día de unirnos a todos en una fiesta “de todas las sangres”. El objetivo de una yunza es tumbarse al sauce; al hacerlo, se sella la buena suerte para el resto del año. Por eso, quien le da la estocada final no solo trae alegría para los suyos, sino que también se convierte en el centro de las atenciones de la comunidad. A continuación, sonó el Huanchihualito, canción que se toca cada vez que es momento de meterle hachazos al sauce. Para ello se forma una ronda y se empieza a bailar. Alegría, fiesta y tradición. “Esta es una oda a la cosecha, una oda al esfuerzo”, mencionaba el músico. Aquel baile no era solo un espectáculo turístico para ellos, era rescatar lo poco que les queda de su pasado, aquello que el progreso y la modernidad muchas veces les quitó. Los hachazos al sauce se daban por intervalos de tiempo. El Huanchihualito sonaba al ritmo de los cortes, mientras los bailarines que sabían el ritual de la danza sacaban a bailar a mujeres y hombres para moverse al compás de la melodía.

Yunza Negra

Foto: Jimena Rodríguez

 

Lo que siguió luego, entre los cortes al sauce, fue una amalgama de tradición y juerga; una mezcla de salsa, festejo y reggaetón. Alrededor de las 2 de la mañana, mientras descansaba del baile en una de las gradas de la vereda, un señor me llamó:

“¡Amiga, ven, tómanos una foto!”. Al parecer, estar con la cámara colgando toda la tarde me había hecho acreedora del título de fotógrafa de eventos. Luego de la respectiva toma, me acerqué al que me había hecho el pedido. Se llamaba Juan Carlos Torres y venía desde el Callao. “Hace dos años que no vengo a El Carmen. He venido a ver a mi familia y aquí, a mi viejito”, me presentó a un señor de unos setenta años. Era uno de los que había estado acompañando en la voz a la agrupación de los Ballumbrosio. Se llamaba como su hijo, vestía una camisa de seda a lo Héctor Lavoe y un sombrero a lo Sinatra.

“Yo canto desde siempre, desde que tengo uso de razón”, me dijo. “Pero he vivido 37 años en Lima”.

“¿Por qué ha regresado, entonces?”

“Me estaba juntando con gente incorrecta, estuve un tiempo en la cárcel por las malas juntas y después de salir ya no quise tener más líos. Aquí todo es más tranquilo. Aunque ahora veo las noticias y, te digo, la gente mala con la que yo me juntaba no era tan mala como la de ahora. Antes no te mataban por robarte un par de zapatillas, solo un susto y ya.”

El sauce ya había caído cuando el menor de los  Juan Carlos llegó con más cerveza. Allí la cerveza se toma como en el barrio, en ronda. Y en nuestra ronda había dos chicas que, en solo unos minutos y con un par de respuestas, me enseñarían mucho sobre la relación entre el pequeño pueblo de El Carmen y la cultura de la gran ciudad. La primera, de 24 años, se llamaba Cinthia y no paraba de moverse al ritmo de la timba salsera que sonaba en ese momento.

“Parece que los que viven acá casi ya no bailan festejo, ¿no?”, pregunté.

“No, eso es más para los turistas que vienen a ver cómo es todo esto”, me dijo. “Yo prefiero la salsa; el festejo, la verdad, no tanto.”

Un estereotipo acababa de romperse: no porque sea de El Carmen le tiene gustar el festejo. Pero mientras conversábamos, un hombre la sacó a bailar. Al instante, el Juan Carlos menor, que resultó siendo su hermano, gritó: “¡Cuidado, ah! ¡Papá, dile que tenga cuidado!”. Ella conocía al chico con el que estaba bailando y no entendía por qué su hermano, al que probablemente solo veía algunas veces, la condicionaba así. Hay algunas cosas que no cambian.

La segunda chica se llamaba Jhoselyn y tenía 18 años, aunque aparentaba muchos menos.

“¡Tienes cara de chibola!”, me atreví a decirle, “¿No hay problema con que tomes acá?”

“¡Tengo 18!”, me gritó con una sonrisa.

“Me parece un poco extraño que a tu edad no hayas decidido irte a vivir a Lima, como muchos chicos hacen apenas terminan el colegio”.

“Sí lo voy a hacer, dentro de poco me voy a vivir con mis tíos a Chorrillos”, confesó. Así como hay cosas que no cambian, hay formas de ver el mundo que se instalan y dominan. Irse a la gran ciudad es una de ellas.

Cuando Cinthia y Jhoselyn se pusieron a hablar entre ellas llegó Yumalay, un personaje tan especial que quizás sea ideal para cerrar esta crónica. Era un trans que llevaba puesto un polo licrado rojo y de letras brillantes que decía “Nirvana”, aquel grupo de grunge de finales de los ochenta e inicios de los noventa que transmitía en sus canciones el sentimiento de la juventud rebelde e inquieta. Pero Yumalay también bailaba al ritmo de la timba y el reggaetón, que en ese momento ya estaba empezando a sonar. Eso era la yunza: hospitalidad, alegría, tradición, y el diálogo –entre música y cervezas– de distintas formas de ver el mundo.

Lo que siguió fue eso. Botellas de cerveza que se iban rompiendo inofensivamente con los primeros rayos de sol, una lista de canciones que entremezclaba reggaetón, timba, salsa dura y festejo, gente bailando a pesar del dolor en los pies y un palo de sauce cortado y tirado en medio de la tierra para atraer a la buena suerte. Para que todos los días del año que empezaba fueran tan alegres y tan prósperos como aquella noche. Así terminó, a las 7 de la mañana y bajo la luz del nuevo día, una yunza más de los hermanos Ñañez.

[Publicado en la revista Carta Abierta N° 6]

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Jimena Rodriguez

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