Nadie se había detenido en la historia del pesista Hernán Viera hasta que su fotografía apareció en el New York Times. Kallpa, gritaba su tatuaje, en quechua. Todo él era un estallido de fuerza. Había levantado 351 kilos en las olimpiadas de Río y se ubicó como el mejor pesista sudamericano. Pero antes de dedicarse a la halterofilia, Viera vendió agua en bidones y trabajó de estibador y pescador. No imaginaba que esos oficios lo estaban entrenando antes de pisar un gimnasio.

Por Luis Paucar

Falta media hora para el recreo. El colegio José Abelardo Quiñónez, en el asentamiento Los Almendros de Castilla, en Piura, al norte del Perú, se levanta al lado de unos árboles silvestres y una calle polvorienta. En la pared delantera –sin pintura reciente, a medio pulir– hay algunas pintas, algunos afiches rasgados por el viento.

—Yo saltaba esa pared cada vez que llegaba tarde— dice Hernán Viera. —O sea, casi siempre— y sonríe como si hubiera hecho una travesura. La pared mide casi tres metros, pero nunca tropezó. Si la puerta se cerraba, había que pasarla saltando. Entonces tenía once o doce años y una vasta colección de visitas a la dirección de estudios. Además de llegar tarde, Hernán Viera no presentaba las tareas o se dormía durante la clase. «Era un alumno problema —dirá, entre risas, el auxiliar Jorge González—. Varias veces estuvimos a punto de expulsarlo». Viera empezó la secundaria en ese colegio del estado con la única intensión de ocupar sus tardes. Por las mañanas, mientras sus amigos jugaban fútbol, él juntaba agua en bidones para venderlos a sus vecinos. Porque el agua era una cosa que faltaba –que aún falta– en algunos sectores de su barrio, y porque en casa el dinero llegaba a cuentagotas.

—Cargaba cuarenta kilos fácilmente como quien juega triqui o arma un rompecabezas de cuatro piezas— recuerda Hernán Viera. —

Esta tarde de agosto, hundido en una carpeta, es un escolar alto y fornido dispuesto a escuchar la clase. Por estos días, se ha convertido en algo parecido a una celebridad: tuvo dos entrevistas en la tele, acaba de llegar de dos homenajes, la gente en la calle le pide fotos. Un puñado de niños espera a que él acabe la entrevista y les firme sus cuadernos, polos o brazos. Las profesoras que le enseñaron a realizar ecuaciones se toman selfies y sonríen, sorprendidas de escucharlo hablar sobre las olimpiadas de Río o sobre la vez que apareció su fotografía en el New York Times:su rostro un manojo de fuerza, sus brazos extendidos a punto de trepidar y su tatuaje, Kallpa, que significa potencia en quechua, el idioma que habla la madre de su esposa.

Hernán Viera tiene tres tatuajes.

Además de Kallpa y un tribal que le recorre el hombro derecho, diez días antes de viajar a Río de Janeiro se tatuó los aros olímpicos porque era el viaje que más había esperado. Debajo de ellos, una frase: «Coronados de gloria vivamos o juremos con gloria morir». Dice que allí están resumidos sus veintitrés maratónicos años de vida. Todo deportista es una historia de superación, y Hernán Viera reconoce que, si no fuera por el deporte, su destino se hubiera torcido hacia otro lado. No sería una promesa en la halterofilia con más de diez medallas de oro en campeonatos nacionales y sudamericanos y un reciente récord nacional tras alzar 351 kilos en las olimpiadas de Río, donde conoció a Rafael Nadal y a Simón Biles y trepó hasta el Cristo Corvado que sólo había visto por láminas.

Pero hace unos años, cuando ese futuro parecía inalcanzable, Hernán Viera cargaba bidones con agua y los vendía a sus vecinos. Una mañana, el profesor Segundo Gonzaga vio sus brazos modelados por aquella tarea doméstica y lo invitó a un taller de levantamiento de pesas que dictaría en su colegio, durante el recreo, y que cinco meses después se disolvió porque el profesor Gonzaga, un entrenador amateur, se tuvo que ir. Hernán Viera, que ya había adquirido la técnica, de pronto se quedó solo.

Ese año, pensó que su futuro estaba en el mar, ¿dónde más podría estarlo?

Unas vacaciones, uno de sus amigos lo animó a trabajar en Paita. Hernán, iba a cumplir quince años y comenzó a trabajar cuidando barcos, como estibador y pescador. Antes de entrenar, ya estaba entrenando: buceaba y ganaba pulmones, pasaba días mar adentro y modelaba el temple, la presión mental; recalaba los barcos hacia la orilla y adquiría potencia en sus brazos. No empezó en un gimnasio moderno ni en una escuela de levantamiento de pesas: se formó en altamar y en el muelle, desarrollando su fuerza con otros pescadores, esas máquinas de resistir a punta de sol. «A Viera le gustaba meterse en todo. Resistía mucho a su corta edad. Resistía como viejo, y aprendió a temerle al mar», cuenta el pescador y compañero en altamar del pesista, José Fiestas.

Hernán Viera tiene tres tatuajes: Kallpa, que en quechua significa potencia y fuerza; los aros olímpicos y una frase: «Coronados de gloria vivamos o juremos con gloria morir».

Viera aún le teme al mar.

«Sentía que un monstruo iba a salir en cualquier momento y me iba a comer», recuerda.

En septiembre de 2006, Hernán Viera ganó su primera medalla de oro. Pesaba 56 kilos y podía levantar el doble de su peso. Participó en esa competencia para demostrarse que podía. Dos años después, fue incluido en la nómina para integrar la selección sub 17. Dejó el mar, entrenó durante tres semanas y ganó en un Campeonato macro regional, el pase definitivo a la Selección Nacional. Después de eso, se recluyó en el Centro de alto rendimiento de Chiclayo y allí, su vida cambió. Tuvo lo que no había tenido: se hundía en el sopor de un colchón confortable, comía más de tres veces al día, tomaba suplementos, entrenaba, tenía su propia habitación, su propio clóset, su lavandería. Se dedicaba a entrenar, estudiar y dormir.

Hernán Viera empezó a entrenar incluso antes de pisar un gimnasio. A los doce años vendía agua en bidones a sus vecinos. A los dieciséis, durante vacaciones, trabajó de estibador y pescador en Paita. Allí dominó su respiración —y aumentaba su capacidad pulmonar—, afinó su resistencia, se hizo más fuerte.

En 2009 viajó a Chile a competir, pero regresó con una fractura en la muñeca que lo mantuvo dos meses enyesado. Cargaba 90 kilos de arranque y 120 de envión. Tenía 16 años. Su avance, de pronto, fue brutal: dos meses después hizo 119 kilos de arranque y 150 de envión. Empezaba a hacer historia. En 2010 lo alcanzó la avalancha de reconocimientos: ganó el oro en los Juegos Panamericanos, nueve medallas de oro en otras competencias, rompió 42 récords nacionales y fue reconocido como el mejor deportista del año.

Al poco tiempo nació Emmy, su hija, en quien piensa cada vez que compite. Piensa en ella como una forma de atenuar la idea de peligro: sabe que podría fracturarse las lumbares y quedar inválido para siempre, romperse las muñecas o doblarse los brazos, incluso las piernas, perder el equilibrio y caer, que las venas le pueden detonar. Emmy, es para él una imagen dulce cuando levanta pesos descomunales.

En diciembre de 2010, Viera viajó a Cuba a entrenar para las olimpiadas. Estuvo allí durante tres años. A veces, desde el malecón, miraba el mar de La Habana. Él, dedicado a un deporte rudo, casi marcial, sólo extrañaba darle un beso y acariciarle la cabellera a su hija.

Hernán Viera dice que si no hubiera sido deportista, seguiría en altamar.

Suena el timbre del recreo. Hay bullicio en el patio del colegio José Abelardo Quiñonez. Son más niños los que esperan por autógrafos y fotos. Pero Hernán Viera aún siente que esto es un sueño. Sentado en esta carpeta polvorienta en un aula de la segunda planta, dice: «Nunca pensé llegar hasta donde estoy». Luego juguetea con su celular. En cinco minutos, suele recibir hasta tres llamadas. Por estos días, además, acaba de firmar un contrato con una empresa de suplementos nutricionales. Es uno de los muchos auspicios que recibe. Hace unos años, sin embargo, pedía apoyo en los lugares que podía: visitó empresas privadas, el Gobierno Regional y el municipio de Castilla. «Me dijeron que debía esperar tres meses para que se gestione la compra de unas vitaminas —dice y sonríe—, ahora por fin me valoran».

Hace unos días lo acaban de nombrar Hijo ilustre de Castilla y, desde que su fotografía pareció en el New York Times, los medios deportivos no han dejado de dedicarle páginas completas a su historia. Esta tarde, sin embargo, sólo quiere terminar la entrevista y salir al recreo. Hernán Viera es ese que va ahí. Esa máquina que puede levantar 351 kilógramos en una olimpiada, y que hoy, mientras la mancha de niños se lanza en sus brazos, los envuelve con rígida ternura.

 

[Publicado en la revista Carta Abierta N°12]

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