Ha salido en los medios, ha navegado en las declaraciones políticas. Ha sido el estandarte de marchas en la calle y el desvelo de algunos ministros. La COP 20 circuló como un membrete en el escenario social, pero no es seguro que se haya entendido lo que significó. Una encuesta de Datum, publicada el 14 de diciembre, informaba que sólo el 61% de peruanos sabía de ella.

Si la XX Conferencia de las Partes (COP 20) de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC) flotó en la atmósfera ciudadana, sin ser procesada a cabalidad, es porque hay un trabajo pendiente en varios niveles. Es urgente que se entienda que eso que pasó delante nuestro fue un episodio crucial de un gran giro político y civilizatorio.

Esta gran cumbre, la más importante que en este país ha habido, convocaba a más de 190 países o Estados para tomar acuerdos dirigidos a mitigar el calentamiento global, un fenómeno que podría alterar la vida de las sociedades de manera dramática. Cambiaría, de manera loca, las temperaturas; haría subir el nivel del mar; provocaría sequías, inundaciones y olas de calor.

En parte esto ya está ocurriendo, pero precisemos la secuencia. El cambio climático es la consecuencia del calentamiento global, una situación provocada por la intensificación del Efecto Invernadero de la Tierra, debido a la emisión excesiva de gases –el dióxido carbono, el óxido nitroso y el metano, principalmente- que, en condiciones normales, atemperan el clima terrestre.

Gracias a esos compuestos, vivimos, respiramos, escribimos, ya que propician una temperatura media global de 15 grados centígrados. Pero su aumento, a partir del siglo XVIII, por el uso masivo de combustibles fósiles especialmente, ha hecho que nos encontremos en este problema. Y que recientemente presenciemos en Lima las afiebradas negociaciones de la COP 20.

Es altamente complejo explicar el detalle de la negociación, pero baste decir que esas miles de personas que vinieron, representando a sus países, trataban de, mediante laberínticas reuniones, evitar que la temperatura terrestre suba más de dos grados. Es decir, que el siglo XXI -y desde el siglo XX en realidad- estamos tratando de reparar un desvarío que comenzó dos siglos atrás.

Algo más que se puede decir en este pequeño espacio climático sobre el tema, y que tiene precisamente una connotación cronológica. Todo esto se comenzó a debatir desde la década del 70, concretamente cuando en 1972 se realizó en Estocolmo, Suecia, la Conferencia sobre el Medio Humano, organizada por la ONU. Si se observa, es un debate que no lleva muchos años.

Se asumió como una cuestión de grandes riesgos potenciales hace unos 40 años. Más aún: las COPs comenzaron en la década del 90 (la primera, COP 1, fue en Berlín en 1995), cuando el cambio climático se perfiló como el problema ambiental central, que tendería a destruir los bosques, los mares, o las montañas y que, literalmente, podía borrarnos de la faz del planeta.

Lo anterior sugiere que apenas hay una generación que se formó con cierta conciencia climática. La mayoría de esos señores, señoras o señoritas que hemos visto en la COP 20 probablemente no tuvieron eso en su menú académico (salvo, quizás, si vivieron en Alemania u otros países europeos). Cuando quemaban pestañas en la universidad, este no era un tema central.

Ahora, aun cuando las negociaciones o la parte científica del cambio climático son, todavía, algo relativamente arcano, el debate ha llegado a las aulas. O ha generado iniciativas, como ‘Clima de Cambios’ en la PUCP. Es otro tiempo, otra coyuntura. Los universitarios de hoy tomarán las decisiones climáticas de mañana, acaso con una mayor convicción que quienes las toman ahora.

Esa pequeña esperanza me hace escribir estas líneas, tras dos semanas de permanecer sumergido en la COP 20. Y luego de ver los bloqueos, las dificultades del consenso, las dudas existenciales o cálculos de cuarentones que, como en el caso de la informática, conocieron este problema ya en su madurez. No lo mamaron desde la infancia, como sí ocurre con los jóvenes de este tiempo.

Por lo mismo, esta columna va dedicada a los veinteañer@s y también a los y las de base 3, que quizás arañaron el tema en las aulas. El cambio climático es algo que los acompañará por años. Sus vidas estarán mediadas por el fenómeno, por sus consecuencias. Quizás algún@ esté en una COP, donde todavía se luche contra la amenaza, y tenga los cojones de pensar más en el planeta.

[Publicado en la revista Carta Abierta N°5]

Sobre El Autor

Profesor de la carrera de Periodismo de la PUCP. Periodista y columnista del diario La República.

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