Nació en Chincha en el siglo XX. Estudió literatura en la PUCP a pesar de que era bueno en ciencias y sus padres deseaban verlo convertido en ingeniero o economista. En el 2004 editó el único número de la revista Entre ceros y unos, que fue una breve antología sobre el arte y el mundo digital. Tiene tres libros publicados: Como dulce trueno (2008), El Solitario – Crónicas de viaje (2010) y Homo demens (2010). Es profesor de Matemática en un colegio y acaba de terminar de escribir dos novelas que espera salgan a la luz este año.

¿Hace cuánto tiempo escribes?

Desde muy chico, y lo hacía sin ánimos de ser un escritor profesional.

Franco creció rodeado de libros. No recuerda el nombre del primer cuento que le leyó su madre pero sí la grandiosa sensación que produjo en él. Conforme crecía, iba imitando la escritura de los au­tores que más le gustaban y cuando estaba en sexto grado escribió su primer ensayo. “Fue una sátira de Jesús y sus discípulos. Lo hice para divertir a mis amigos. La his­toria trataba de los apóstoles, que hacían una huelga para exigirle a Jesús que les pagase por seguir predicando su palabra. Todo era un juego y no tenía trascenden­cia. Además, a mí me gustaba todo lo que tenía que ver con la ciencia, sobre todo porque en mi colegio el profe de literatura era malazo”. Sin embargo, aquella des­motivación por las letras no le impidió seguir leyendo cada obra que encontraba en casa.

La etapa escolar acabó y los libros se con­virtieron en el mejor refugio durante su adolescencia. Cuando todo marchaba de maravilla, sus padres le dijeron que debía ir a Lima para ingresar a la universidad y estudiar Ingeniería. Lo hizo durante cuatro semestres.

“Para un chico de diecisiete años intro­vertido y antisocial, eso fue demasiado chocante. Al inicio, como no tenía amigos, me quedaba en el cuarto que alquilé. Leía y era feliz. Recuerdo esa etapa como buena y mala. Estuve a punto de volver­me loco por todos los cambios, pero fue el momento en que empecé a escribir y dibujar para expresar lo que sentía. La literatura me salvó porque era un escape”.

Mientras cursaba los primeros años de Estudios Generales Ciencias, descubrió a Javier Heraud, poeta y referente que le cambió la vida en las noches de exilio que pasaba en aquel cuarto de Jesús María. “Comencé a escribir poesía imitándolo y, poco a poco, empecé a conocer a más padres literarios, como Jorge Teillier, Ce­sar Moro, Washington Delgado y muchos más. Ahí se me hizo más fuerte y serio el gusto por la literatura. Seguía estudiando ciencias pero ya no me sentía a gusto. Comparaba inevitablemente el ambiente donde estudiaba con el de la facultad de letras y las diferencias saltaban a la vista. La gente andaba feliz, jugando cartas o to­cando guitarra. Había grupos de hombres y mujeres. En la facultad de ciencias no pasaba eso y la poca gente que encontra­bas en los pasillos hablaba con la pared”.

A pesar de sentirse “como un pájaro raro en un festín de monos” continuó estu­diando para ser ingeniero hasta que se enteró de una convocatoria de la revista Vórtice, de la especialidad de literatura de la PUCP, y envió uno de los poemas que había escrito.

Quedó entre los ocho elegidos entre pos­tulantes de toda la universidad y eso le dio valor y ánimo para cambiarse de especia­lidad. En Letras conoció personas con sus mismos intereses y encontró a su primer amor, ese que nunca se olvida. En esta nueva etapa mejoró su estado de ánimo, le perdió el miedo a la locura y las dosis diarias de clonazepam disminuyeron.

 

¿Tienes algo de locura?

Por supuesto. Yo creo que todos tenemos algo de locura pero la manifestamos de manera diferente. Nadie está cien por ciento cuerdo y eso es bueno. La gente que me parece interesante es la más extra­vagante.

Precisamente, uno de los temas sobre los que escribe Franco en sus libros es la locura, además del desamor, la muerte, la soledad, los viajes y la incomunicación humana. En Como dulce trueno desarrolló el diálogo de un personaje solitario con sus lecturas. Ese libro lo editó y distribuyó él mismo. “No gasté mucho, a compara­ción de lo que cobran las editoriales por imprimir, repartir y hacer publicidad. Ese libro lo vendía a veinte soles, o a diez. A veces lo regalaba o lo “truequeaba”.

Con un libro publicado, después de pasar muchos años entre Lima y Chincha, decidió irse de viaje para conocer más el Perú, enfrentarse a otras realidades y vivir experiencias diferentes. “El primer lugar al que me escapé fue el Callejón de Conchucos, en Ancash, y me enamoré del lugar. Conviví con gente sencilla y humil­de que me daba mucho sin esperar nada a cambio. A veces, no sabía cómo agra­decer tanto cariño. Los años que llevaba viviendo en Lima habían hecho que me contagiara de esa frialdad que tienen aquí las personas. Por eso, cada vez que puedo me voy a provincias para desintoxicarme del aire capitalino”.

Después de un tiempo viajando como mochilero nació El Solitario – Crónicas de viaje. Esta “nueva aventura”, como él la llama, cuenta sus historias de viaje. En este segundo libro da a conocer su gusto por lo audiovisual, pues los textos van acompañados de fotografías que regis­tran los lugares que describe. “Este libro también lo edité yo y es con el que más anécdotas he tenido. Siempre lo llevo cuando me voy de viaje. Ahora solo me queda uno, pero es al que le tengo un ca­riño especial. Por El Solitario tuve aventu­ras con algunas extranjeras e hice amigos que venían al Perú a mochilear, y yo se los regalaba como una guía de viaje”.

¿Ser escritor te ha beneficiado con las mujeres?

No tanto como la gente alucina. Más jale tienen los músicos.

La literatura le ha dado muchas satis­facciones pero, a la vez, lo ha alejado de las personas. Algunos de sus amigos se molestaron por verse convertidos en un personaje de sus novelas. “Cuando eres honesto con lo que escribes, así sea ficción, uno termina escribiendo sobre las personas que lo rodean y forman parte de su vida, solo que a veces ellos lo malin­terpretan. En lugar de apoyarte, te dan la espalda y tratan de hundirte”.

Para este escritor independiente la lite­ratura es un camino de peldaños que se va subiendo paso a paso, para no caer en ridículo y traicionar tus propios princi­pios. “Desesperarse por publicar hace que nada salga bien, es mejor tener paciencia. Hay escritores que se han demorado ocho años en sacar un libro y ese único hijo ha sido excelente, como Pedro Páramo, de Juan Rulfo”.

El éxito aún no ha llegado para él, pero no lo necesita para seguir escribiendo. Por medio de sus letras expresa todo lo que no puede decirle a alguien a la cara. Cuando no se siente feliz en la vida real, disfruta de estar en su mundo de ficción porque ahí encaja todo como él quiere.

“Soy un hombre de letras pero soy pro­fesor de Matemática”. Desde el colegio siempre fue bueno para la Matemática. Cuando vivía en Chincha daba clases particulares como pasatiempo y cachuelo, sin saber que podía llegar a desempeñarse en la pedagogía. “La ciencia me puede hacer volar, como me sucede cuando leo un poema. No es difícil. Es otro universo de fórmulas y teoremas que son increí­blemente alucinantes. Me siento cómodo enseñando porque aprendo de mis alum­nos. Sus anécdotas me enriquecen como persona y escritor”.

Ser profesor le dio estabilidad económica y lo llevó a formar parte de la rutina típica de gente que trabaja de lunes a viernes en un horario establecido, pero aún le queda­ban los fines de semana para escapar, para ser él. Una cerveza y un buen porro son placeres que nunca faltan en su vida; y si tiene suerte, tampoco falta la compañía de una mujer. Las féminas que han pasado por su vida siempre lo han marcado, unas más que otras, incluso a las que les ha tenido que pagar por sexo alguna vez.

En tu etapa de profesor, ¿seguías escribiendo?

Siempre. Yo nunca dejo de escribir. Homo demens fue publicado en el 2010 y lo escribí con un gran amigo mío. Este libro empezó como jugando. Un día escribí un texto y se lo mandé a mi pata. Él me contestó y así empezamos a rotarnos la historia. Esta novela se hizo en la playa Cerro Azul, porque era el punto medio donde nos encontrábamos para debatir sobre los avances.

Franco Salcedo

Homo demens fue la única novela editada por Estruendomudo, en 2010 y la única que fue presentada, a comparación de sus otras dos obras.Foto: Victoria Meneses.

 

Con tres libros publicados y dos que están próximos a salir, Franco puede opinar sobre el poco apoyo que brindan las edito­riales a escritores como él. Como ellos no son un negocio que les pueda hacer ganar grandes cantidades de dinero, les dan la espalda. “Los editores son una raza ex­traña porque no te contestan ni sí, ni no. Uno les manda la novela y no la leen pero tampoco te dan una respuesta. Parece que el peruano tiene miedo a ser directo. Mi sueño es tener una editorial y apoyar a los escritores independientes”.

Estudiar literatura en la Católica le enseñó muchas cosas. Vivir en Lima y viajar, acompañado de El Solitario, por distintos lugares del Perú le ayudó a no extrañar Chincha, su tierra de campeones, como él la llama. Espera dejar pronto la media dosis diaria de clonazepam que se mete al organismo pero aún teme que regresen los ataques de pánico que le afectaban en su adolescencia, cuando vivía en aquel cuar­to alquilado en Jesús María. Recuerda ese lugar con agrado, pues pasaba el tiempo masturbándose o mirando al techo, diva­gando. Esa etapa de encierro y soledad lo ayudó a explorarse y conocerse más. Así descubrió el gran universo de autores y libros que lo han acompañado hasta la actualidad para no sentirse solo si es que le hace falta la compañía de su familia o de una mujer.

No le tiene miedo a la muerte ni tampoco a la locura. A pesar de que no se ejercita regularmente, le apasionan los deportes extremos. Cuando no sale por unos tra­gos, se divierte viendo películas o jugando ajedrez en línea. Una de sus pasiones ocultas es la fotografía. Tiene proyectos audiovisuales para el futuro, pero por ahora está enfocado en publicar las dos novelas que tiene listas, cuyos posibles nombres son “Amo a Ximena por el culo” y “Baladas del enemigo”.

¿Te consideras un escritor?

Sí, escribir hace mi vida más soportable.

[Publicado en la revista Carta Abierta N°2]

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