Pocas horas después de que Dylan Roof, un desquiciado joven de 21 años, asesinara a tiros a nueve personas en una iglesia de Charleston, Carolina del Sur, Rick Perry, uno de los precandidatos del Partido Republicano, se refirió al monstruoso hecho como un “accidente”. Luego sus voceros dijeron que no quiso decir lo que dijo, que fue un lapsus, que en realidad quería decir “incidente”, pero ya su pecado de la lengua había sido consumado.

Perry, un candidato francamente tremebundo –en una ocasión comparó a la homosexualidad con el alcoholismo–, ex gobernador de Texas para más señas, había dicho que “este es el modus operandi de la administración Obama cada vez que hay un ‘accidente’ como este. El presidente es claro en decirlo: no quiere que los americanos tengan armas”. Queda claro que, aun si Perry se ‘equivocó’, su pensamiento guía, su cosmovisión bélica, está allí.

No puede imaginar que los ciudadanos se desarmen, siquiera un poco; su visión de la vida, y acaso de la muerte, luce irreductible. A pesar de la conmoción provocada por el crimen en masa de Charleston, la posibilidad de que los dedos se alejen un tanto de los gatillos no le cabe en la cabeza. Lo mismo ocurre con los miembros de la Asociación Nacional del Rifle (ANR), ese gremio que desde 1871 parece creer que el mayor derecho civil consiste en poder agarrarse a tiros.

Por si quedaran dudas de este tipo de imaginario delirante, Charles Cotton, un directivo de la ANR, ha declarado para la agencia Associated Press que Clementa Pinckney, el pastor de la iglesia metodista donde se produjo la masacre (y una de las víctimas) es responsable de esta. Según él, porque siendo senador de Carolina del Sur se opuso a una ley para portar armas ocultas. “Eso pudo salvarlo a él y a los otros devotos”, dijo con tono –digamos– reflexivo, Mister Cotton.

¿Cómo es que siguen ocurriendo estas cosas y circulando estas ideas en Estados Unidos? Nada de ello es tan extraño, en realidad. Hay toda una idiosincrasia norteamericana compuesta de esos ingredientes, así como de otros bastante más nobles; lo que configura una sociedad compleja, multicultural, atravesada por contradicciones, elevada por logros, pero a la vez amenazada por sí misma, por ciudadanos que en algún momento pueden hacer estallar su locura sin piedad.

Ello no es, para nada, ejemplar, mal que les pese a quienes alaban a Estados Unidos por su grandeza imperial y su espíritu de lucha. La pregunta crucial en este tiempo, sin embargo, es si la llegada de un afroamericano a la presidencia, por más light que fuera, significó algo. Y si van a ser distintas las próximas elecciones presidenciales del 2016, a donde van Hillary Clinton y, hasta el momento, 12 candidatos republicanos que traen en su menú ideas parecidas a las de Perry.

Unos días antes de la desgracia de Charleston, por ejemplo, Donald Trump había ofrecido una casi circense ceremonia de lanzamiento, en la que insultó sin rubor a los mexicanos al acusarlos de llevar a su país violadores y drogas. Como Perry, luego ha querido disculparse, pero no lo dudemos: a estos políticos –que aspiran a gobernar Estados Unidos y a influir en el mundo, nada menos– se les va el alma. Sus presuntos lapsus revelan lo que son, sienten y quieren.

Hillary, por supuesto, es distinta, como lo es Obama y como, por lo general, lo son los demócratas. Sólo que sus pretendidas reformas no llegan a remover convicciones congeladas y peligrosas, como la de apostar casi ciegamente por la tenencia de armas. Ambos, tras el espeluznante asesinato de Charleston, han hablado del tema, pero no es seguro que este forme parte de la agenda principal a la hora de caminar hacia la Casa Blanca.

Lo más inquietante, además, es que mientras los precandidatos alistan baterías apañando desvaríos o temores, la sociedad estadounidense cambia, cultural y hasta demográficamente. Los latinos ya son la primera minoría, el agregado social de origen asiático crece y los afroamericanos se asientan como una comunidad capaz de defenderse con gran decisión. Nada más accidental o escandaloso que un político que no entiende eso y que va contra el reloj de la historia. O un joven como Dylan Roof, que piensa que vive en medio de la Guerra de Secesión, o en la Sudáfrica del apartheid (por la que, de acuerdo a las últimas noticias, sentía pasión), y que quiere justificar su bárbaro acto con lunáticos razonamientos (“alguien tenía que hacerlo”). Si nos ponemos esperanzados, podemos pensar que son los últimos estertores de una mentalidad que camina a la extinción, aun cuando nada asegura que, en esa ruta, siga dejando un rastro de muerte.

Sobre todo si la propia sociedad y su clase política no son capaces de plantearse, en serio, algo tan elemental como el auto-control ciudadano. ¿Llegará el día en que un presidente, así como las Cámaras de Senadores y de Representantes, se pregunten si no acabó ya la era en la que un norteamericano depositaba su fe en la libertad al amparo de una pistola? Sondeos constantes afirman que esa pregunta ya flota en la atmósfera ciudadana. Falta un corajudo quiebre político.

Es difícil saber si lo veremos en la campaña que se avecina. Ojalá. Mientras eso no suceda, y en tanto los resentimientos raciales no disminuyan con una fenomenal revolución en las mentes (para lo que se necesita mucho más valor que para una guerra), estas matanzas desgarradoras nos volverán a asaltar. Como para decirnos que el ‘sueño americano’ tiene también ese componente de crueldad, de irracionalidad, que hace que el dolor marque a fuego a sus campos y ciudades.

[Publicado en la revista Carta Abierta N° 7]

Sobre El Autor

Profesor de la carrera de Periodismo de la PUCP. Periodista y columnista del diario La República.

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