Hace 15 años, en San Marcos, todos los estudiantes de periodismo querían ser cronistas. Todos soñaban con ser Jaime Bedoya, Luis Miranda, Elsa Úrsula o Toño Angulo. Si eras más ambicioso podías mencionar a Wolfe, Capote, Mailer o Hemingway como tus modelos, pero la cosa era así. Se aspiraba a narrar en primera persona, a describir, a usar recursos de la literatura como el símil o la metáfora para escribir en un diario o en una revista.

Lo que nunca encontré fue a alguien que quisiera hacer eso mismo en un soporte que no fuera el papel.  Aunque alguna vez, en una clase de radio, me quedé sorprendido con la transmisión de la BBC durante los bombardeos alemanes a Londres, entre 1940 y 1941. El narrador empezaba con una descripción general del lugar que era atacado, luego pasaba al número de naves y finalmente callaba. A continuación, dejaba oír el alboroto de pisadas que los londinenses hacían en su desesperada carrera hacia los refugios. A eso le seguía el sonido de las sirenas de alarma y finalmente el rumor de los aviones enemigos sobre el cielo de la capital inglesa. Pero todo ello no era descrito, no había una voz en off que lo hiciera. No hacía falta, los oyentes tenían claro de qué se trataba.

Ese ejercicio con sonidos me parecía interesante. Sin embargo, nunca llegué a experimentar con lo audiovisual. No pude despegarme del papel y lo mismo pasó con mi generación, salvo contadas excepciones. Pero usar audio y video para contar historias y crónicas no es algo extraño. Se hace todos los días en todo el mundo. Y no me refiero a los reporteros de televisión o de programas dominicales, sino a los creadores de documentales, que, como si fueran los actuales cronistas -tan esquemáticos y puntillosos- desarrollan una estructura atractiva, con mucho gancho, para contar sus hallazgos.

Es el secreto del documental: el lenguaje. Hecho en el formato del cine, pero muy cercano a los reporteros y a las redacciones; tiene lo básico: investigación profunda (quizá de años), narrativa (el protagonista muchas veces cuenta en primera persona su experiencia) y la fuerza de una primicia. Pensemos solo en los documentales que han ganado el Óscar para ver cuánto de noticioso tienen. Man on Wire (2008), el cineasta inglés James Marsh cuenta la historia de Phillipe Petit, un famoso equilibrista que en 1974 quiebra la ley y logra caminar sobre un cable tendido entre las Torres Gemelas de Nueva York. The Cove (2009), de Louie Psihoyos, revela cómo es exactamente, con imágenes nunca vistas, la matanza de delfines en Taiji, Japón. Searching for Sugar Man (2011), con esta película el sueco Malik Bendjelloul reivindica a Sixto Rodríguez, un músico retirado, que todos creían muerto, pero que es venerado por miles de fans en Sudáfrica.

Son historias humanas, masivas, dignas de estar en una sala de cine, y en las que -a diferencia de lo que es presentado como documental en la televisión nacional- los periodistas o investigadores nunca aparecen en pantalla, porque todo el protagonismo recae en los personajes que hablan por primera vez para el gran público. (Bueno, de acuerdo, el documentalista Michael Moore aparece mucho en pantalla, pero él no es un locutor de noticias de Canal 4).

A donde voy es que está claro que el documental goza de buena salud en el mundo, pero en esta parte del planeta anda un poco aletargado, salvo excepciones como la de Javier Corcuera.

¿Y por qué? ¿Es que nunca surgirá, desde las aulas, la inquietud de narrar historias o crónicas con toda la potencia que da el documental? ¿El formato del cine es tan inalcanzable que los periodistas prefieren quedarse en sus zonas de confort?

Son interrogantes de un espectador que cree que la cultura del documental todavía nos es lejana. De hecho, las salas de cine no proyectan ni siquiera el documental ganador del Óscar, y mucho menos otros trabajos independientes. ¿Qué nos falta, entonces, para que el documental despegue? No tengo una respuesta clara para ello. Pero sospecho que en el futuro nuevas generaciones de intrépidos reporteros, convertidos en cineastas, podrán contestar sin miedo esa interrogante.

[Publicado en la revista Carta Abierta N°2]

Sobre El Autor

Emilio Camacho

Periodista del suplemento Domingo del diario La República.

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