He seguido con mucha atención estos días una intensa campaña en redes sociales y en medios. Es una campaña que se llama “Déjala decidir” y que busca, a través de una iniciativa legislativa, la despenalización del aborto en caso de violación sexual.

En los primeros días de marzo el colectivo promotor, formado por el movimiento Manuela Ramos y la Articulación Feminista, entregó al JNE 103 mil firmas. Firmas obtenidas por cientos de personas en una importante movilización social; mujeres, estudiantes, trabajadores, en sus ratos libres, que haciendo uso de mecanismos democráticos y pacíficos, se han propuesto generar un cambio legislativo.

Esta campaña no busca promover el aborto sino que pretende establecer la libertad de las mujeres para que, frente a un embarazo impuesto y no deseado, generado además con violencia, puedan decidir si continuar con esa gestación o por el contrario, interrumpirla. En esto radica la fortaleza de esta iniciativa; no está invitando a nadie a abortar, por el contrario, aquellas mujeres que pese al daño infringido, pese al dolor salvaje en el cuerpo y en el alma, deciden seguir con el embarazo, enhorabuena por la opción tomada. Pero para aquellas que se sientan incapaces de continuar esa gestación, nacida de la violencia y el horror, no exista una sanción penal contemplada en el código penal peruano.

Una vez entregadas las firmas y revisadas por Reniec, el final del camino será la discusión de la iniciativa en el pleno del Congreso: allí puede pasar cualquier cosa. Por tanto, la campaña continúa y los debates se desarrollan en una atmósfera cada vez más encendida en las redes sociales, más aún en un tema que moviliza tantas emociones como este.

Como dato, que abona, es justo decir que se trata de una campaña con una estética muy bien trabajada, con respuesta inmediata en redes sociales a los detractores, con un buen impacto en medios y con un discurso que ha sabido escapar a la acritud propia de los discursos ligados a la perspectiva de género.

Sin embargo, y luego de haberles narrado el contexto en el que se desarrolla esta campaña, no puedo dejar de expresar mi profunda desazón y tristeza al leer o escuchar algunas de las posiciones de este debate; sobre todo de aquellos que se hacen llamar Pro-Vida y para los cuales todo el resto, que no piense como ellos en esta materia, son abortistas y asesinos.

Ahora, intento ponerme en la posición más neutral posible e intento ser lo más amplio de mente; me digo a mí mismo, finalmente son sus ideas y los calificativos que utilicen o no son expresiones de su seguridad y de sus miedos, también. -¿No estaré cargando la mano hacia ellos por mis abiertas discrepancias hacia sus posturas?- me pregunto.

Hasta allí bienvenida la discrepancia pese al tono, que a veces no es la parte sino que es el todo. Pero lo que me ha resultado inaceptable es la poca empatía que he encontrado hacia las mujeres víctimas de violación sexual. Ese ponerse en los zapatos de una mujer, arrinconada y embestida por un depredador, parece ser casi un imposible entre los detractores de esta campaña. Y no tiene que ver con ser mujer u hombre, en ambos casos la falta de empatía es casi la misma. ¿Por qué ese dolor nos es tan lejano y no lo hacemos nuestro? ¿Por qué el otro no es uno, al menos frente a su dolor? ¿Quizá es un acto de negación ante lo inimaginable?

Una mujer escribió un post diciendo: “Si la violaron y se embarazó es porque Dios quiso, sino la hubiera mandado estéril al mundo”.

Otra persona escribió: “(…) sobre tu conciencia está la pérdida de vida de muchos inocentes y que estás apoyando a que un niño inocente pague los platos rotos de aquellos violadores y aquella gente inmadura que no se hace responsable de sus actos”.

No pongo más para no aburrir. Son sólo un par de casos de esta sensación surgida en el marco de esta campaña, que si uno mira con detalle, es extrapolable a múltiples espacios de la vida social de nuestro país y quizá explique mil cosas: las enormes brechas sociales, el racismo, el clasismo, la discriminación.

Puede explicar los 70 mil muertos del conflicto armado que para tantos no significó nada; puede explicar que el sueldo mínimo de tantos signifique tan poco para muchos; puede explicar que el desastre de la escuela pública importe poco pues hay refugio, para otros, en la escuela privada de calidad; puede explicar los guetos a pie de playa en el sur; puede explicar lo poco que importa las interminables horas de jornada laboral de una trabajadora del hogar sin siquiera saber cómo se apellida, puede explicar que en el tránsito salvaje de cada día, el otro, no sea nadie. ¿Qué tanto puede explicar la ausencia de empatía?

[Publicado en la revista Carta Abierta N°2]

Sobre El Autor

Carlos Cornejo

Profesor de la Carrera de Periodismo en la UPC. Periodista y conductor de noticieros de radio y televisión.

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