En varias partes de América Latina, pero sobre todo en el Perú, si no te defines frente a la crisis política venezolana, estás en nada. Y si lo haces puedes de ser de todo dependiendo de tu posición: chavista, fascista, comunista, populista, blandengue, agente de la CÍA, títere de Maduro, marxista de salón, escudero del imperialismo, escuálido, sacha demócrata, etc, etc.

Tienes que tener posición sobre eso, porque de lo contrario caes en el abismo indigno de la indiferencia o, peor aún, de la irrelevancia. Tanto en la revista ‘Asia Sur’ como en los grandes medios, en los diarios denominados ‘chicha’ o en los innumerables portales y blogs, algo se ha dicho sobre Venezuela. Y en las redes sociales, por supuesto, el debate está que quema.

Este furor, en cierto modo, me da esperanzas, sobre todo en aquellos días en que concluyo, casi descorazonado, que los temas internacionales –de los que me ocupo con fruición e interés- no importan un carajito. O que importan siempre y cuando tengan una lógica policial (un muerto, alguna desgracia o un ‘desastre natural’). Visto por ahí el espinoso asunto, es algo que alienta.

Estoy plenamente de acuerdo con que, dado el extraviado actuar del régimen chavista (basureo y ataques a la oposición, cooptación de los distintos poderes públicos, presos políticos, naufragio económico), es menester denunciar lo que está pasando. La cuestión fundamental, sin embargo, es si justamente se sabe qué está pasando. O si sólo se habla porque el aire y la lengua existen.

Me parece que, al menos en el Perú, ocurre más lo segundo. A partir de unos cuantos titulares, de declaraciones recurrentes de distintos ‘analistas’, o incluso de un reportaje televisivo más o menos detallado, se asume que ya «se está informado». Una encuesta de hace unos meses pulseó eso en la opinión pública y la aplastante mayoría respondió que sí, que conocía el tema.

Es imposible para un ciudadano no especializado en el tema leerse tooodo lo que hay sobre el asunto, que son ríos de tinta e imágenes. No es algo que se deba reclamar. Pero sí es menester pedirle a los políticos, o «líderes de opinión», que lo hagan para que todo no se resuma en que el señor que gobierna el país amigo es sencillamente un tarado o un «mono con metralleta».

Lo que ocurre en Venezuela tiene larga data. Tiene que ver con su tormentosa historia, clavada a fuego problemático en el medio por la presencia suculenta del petróleo, como una vez lo sugirió el escritor Arturo Uslar Pietri. Su drama no se explica sin saber un poco, algo, sobre el peso de ese elemento, que a lo largo de los años organizó la economía y soliviantó la política.

El denominado «oro negro», y sus subidas y bajadas en el mercado internacional, crearon por años redes de clientelaje, entre el Estado y la ciudadanía, o entre los distintos partidos y sus seguidores y simpatizantes. Un amigo venezolano –sereno y ponderado hombre de oposición- me comentaba un día en Bogotá que uno de los problemas es que esa riqueza cambió de dueño.

Antes la manejaban sobre todo los partidos tradicionales, especialmente Acción Democrática (AD), un partido hermano del APRA, y el Comité de Organización Política Electoral Independiente (COPEI), un frente de corte social-cristiano. Como en otros países, estos grupos cayeron en desgracia y se fue gestando la figura de un hombre providencial, que lo salvaría todo.

Ese fue Hugo Chávez, que ya había asomado años atrás en un intento de golpe de Estado frustrado el 4 de febrero de 1992. Finalmente, el 6 de diciembre de 1998, cuando ya había salido de prisión (estuvo preso hasta marzo de 1994), ganó las elecciones con más del 56% de los votos. En esos comicios el candidato de AD, el antes indestructible partido, no llegó al 3%.

El sistema partidario estaba en ruinas, la situación social crujía, el recuerdo del ‘Caracazo’ (febrero-marzo de 1989, durante el gobierno de Carlos Andrés Pérez, líder de AD) pesaba y, por ende, ese ex militar de voz bronca, de porte marcial actuante, fue visto por muchos –incluyendo a personas que hoy lo detestan con furia-como quien podía sacar a Venezuela del fondo.

Aquí entra a tallar un asunto del que casi ni se habla: la brutal desigualdad social venezolana, que aún hoy uno puede palpar cuando recorre Caracas u otras ciudades sin ánimo de turista encapsulado. O sea si es que, para entender lo que pasa en este ajochado país, sale de los hoteles lustrosos y se sumerge en los barrios donde el ‘Comandante’ centró su acción política.

Solo un dato, de tantos: en 1959 la tasa de mortalidad infantil era de 56 por mil nacidos vivos, en el 2000 la cifra alarmante había bajado a 19 por mil. No fue mérito de Chávez únicamente, claro, pero preguntarse hoy, solo en medio de histerias, por qué el chavismo tuvo apoyo por tantos años, requiere tener un mínimo registro de esas dimensiones sociales de la cruda verdad.

Chávez, además, hizo algo adicional, que lo sostuvo en el poder: no solo armó un inmenso aparato de inversión pública, clientelista como antes solo que ahora puesto del lado de los más pobres, sino que pretendió encarnar al hombre ninguneado. Logró, como me decía un amigo venezolano allá por el 2002, infundir un sentimiento de auto-valoración de los ignorados.

Parece una herejía decir todo esto hoy, pero es, o fue, la realidad. Y es la explicación de por qué la oposición, que antes era básicamente clase mediera, no podía tumbarlo. Iba a ser imposible, sencillamente. Lo comprobé ese mismo año (2002) cuando fui testigo presencial de la re-toma del Palacio Presidencial de Miraflores, tras el golpe impulsado por Pedro Carmona Estanga.

Hasta el 2012, la propia ONU (vía ONU-Hábitat) había ubicado a Venezuela entre los países menos inequitativos de la región, por delante de Uruguay inclusive. Ese fue un logro del chavismo, sin duda, pero conseguido con pésimos modos democráticos, con abuso político, y descuidando supremamente la seguridad ciudadana, que puso al país en un escenario caótico.

Para entonces, a la par con la bajada del precio del petróleo, la popularidad del ‘Comandante´’ ya estaba en problemas y la crisis económica asomaba. Al año siguiente, el 5 de marzo del 2013, Chávez falleció de un cáncer que le dio un golpe que no pudo enfrentar, y entonces apareció en escena Nicolás Maduro, un heredero pálido, como correspondía al segundón de un autócrata.

El resto de la historia es más conocida: protestas, deterioro económico, desgobierno, modos aún más dictatoriales que los de Chávez, caos social. El ‘proyecto bolivariano’ se cayó, a mis ojos ya sin remedio, y acaso victimado por sus mismas contradicciones y excesos escandalosos (como hacer del Consejo Nacional Electoral prácticamente un apéndice del partido de gobierno).

La oposición, por añadidura, aprendió a ser más «social» y no solo política. Dejó de movilizarse principalmente en autos 4×4 y se entropó más con el pueblo al que antes había ignorado, ciega en su intento de solo tumbar a Chávez. Una parte de la izquierda (un sector del Partido Patria para Todos, antes chavista, por ejemplo) también se sumó a las fuerzas contrarias al régimen.

Lo que tenemos hoy es un punto crítico, quizás peor que el de abril del 2002, porque ya casi no hay nadie al medio, porque la calle está más crispada que nunca, porque quienes protestan ya no son solo las clases medias, o ricas, sino un arco de ciudadanos hartos de lo que ocurre. Cansados de un proyecto que ha naufragado y de un mandatario cuyo liderazgo es francamente escuálido.

Esta historia es más traumática, tiene varios capítulos más (políticos, culturales, sociales, económicos, internacionales), imposibles de ser detallados en unas pocas líneas. Lo único que he tratado de hacer acá es dar algunas rutas para que hablar sobre Venezuela no sea un mero ejercicio de parloteo, de frases flamígeras, de chorreo de palabras tan solemnes como huecas.

 

[Publicado en la revista Carta Abierta N°12]

Sobre El Autor

Profesor de la carrera de Periodismo de la PUCP. Periodista y columnista del diario La República.

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