Eran los inicios de la década de 1990 y el mafioso John Gotti era juzgado en medio de extremas medidas de seguridad. El jurado que debía dar un veredicto sobre los cargos de homicidio que pesaban en su contra se mantenía anónimo. No había fotógrafos o camarógrafos en las audiencias en las que se veía su caso. La única manera de saber qué pasaba entre las cuatro paredes del juzgado era mediante los dibujos que hacían ilustradores como Marilyn Church. Con ellos, los neoyorquinos se enteraron que Gotti era un hombre arrogante, rodeado de una corte de aduladores que lo esperaba en cada audiencia, y que se preocupaba mucho por si se le veía bien con los trajes Armani que vestía.

Aquello no era nuevo. Las ilustraciones han acompañado al periodismo escrito desde que este apareció, mucho antes de que la fotografía empezara su reinado. De hecho, los grabados y la litografía acunaron al periodismo de papel cuando este apareció en Estados Unidos e Inglaterra. Pero lo de Marilyn Church era especial porque ella era testigo presencial de hechos a los que nadie más tenía acceso. No trataba de representar situaciones que otros le describían, dibujaba lo que veía, era una corresponsal, una periodista de campo.

Aun así, había algo incompleto en su trabajo. Solo podía entregar una ilustración por audiencia. Una sola que retratara varias horas de juicio. Si una cámara de video se hubiera filtrado en las audiencias del caso Gotti y hubiera hecho una grabación de unos cuantos minutos, el interés por su trabajo hubiera decaído. ¿Era posible que Church compitiera contra segundos o minutos de televisión? ¿Cómo podía hacer para contar una historia completa con ilustraciones?

La última pregunta tiene una trampa. Lleva la respuesta incluida. Se necesita más de una ilustración para contar toda una historia, una secuencia ordenada que, en clave de crónica o reportaje, narre un episodio de interés público. Y esa secuencia ordenada de ilustraciones que cuentan una historia hace rato que tiene nombre propio: historieta.

Pero, vamos, ¿se puede hacer reportería con el formato de la historieta?

La respuesta es sí. El maltés Joe Sacco lo ha demostrado. Lo suyo es el periodismo que se cuenta en viñetas, y que hace el mismo trabajo de cualquier reportero. Sacco hace entrevistas, toma fotos, visita territorios en guerra como lo hace cualquier corresponsal enviado por una agencia, muchas veces sin llevar ninguna credencial, y luego reúne toda esa experiencia para graficarla.

Con Sacco ha nacido este híbrido entre la novela gráfica y el reportaje a profundidad. De la mano de este singular reportero han visto la luz libros como Palestina (1996), una serie de historias basadas en la experiencia que tuvo durante dos meses, a fines de 1991, como reportero en Cisjordania y la Franja de Gaza, y Gorazde: zona protegida (2000), un trabajo sobre la guerra en Bosnia, por el que recibió el premio Eisner, una mención del New York Times como uno de los mejores libros del año, y otra más de la revista Time como mejor cómic. Y bien, nadie se ha mantenido ajeno a la arremetida de su estilo de hacer reportajes. Su trabajo ha encontrado un saludable eco en todo el mundo.

El canadiense Guy Delisle es quien mejor le ha seguido los pasos con Pyongyang (2003), cómic en el que retrató algunos aspectos de la economía de Corea del Norte, y Jerusalén (2011), novela gráfica en la que narra con ironía sus vivencias en Israel. No hay tema que no haya sido cubierto bajo el concepto de la historieta periodística. Se ha desenterrado la investigación policial que se hizo por la muerte del director de cine Pier Paolo Pasolini, con El caso Passolini (2010) de Gianluca Maconi; la revista italiana Colors dedicó toda su edición de la primavera de 2011 a las historias de once héroes de carne y hueso, de todo el mundo, contadas en viñetas; hasta la vida de Gabriel García Márquez fue contada de nuevo, el año pasado, en los lápices de Miguel Bustos y el guión de Óscar Pantoja.

¿Y Joe Sacco? ¿Dónde está el héroe de esta movida? Este hombre, de frente amplia y lentes pasados de moda, sigue innovando. Es como si la historieta no fuera su fuente de trabajo sino su laboratorio. El año pasado presentó La gran guerra y dejó pasmados a sus seguidores. La gran guerra no es un libro ni un cómic, es una sola ilustración, de siete metros, desplegable, que narra el primer día de la Batalla de Somme, la más larga y sangrienta de la Primera Guerra Mundial. Aquel primer día (1 de julio de 1916) 20 mil soldados británicos perdieron la vida; cuando acabó la batalla, tres meses y medio después, los muertos superaban el millón. Para hacer este trabajo, Sacco revisó cientos de fotografías del Museo Imperial de la Guerra de Londres, fue asesorado por el historiador Julian Putkowski, y leyó al menos quince libros.

Su formato es nuevo, pero en esencia Sacco sigue una de las reglas básicas del periodismo: la revisión exhaustiva de fuentes. Es como si nos recordara que la investigación es lo que tiene más importancia en el periodismo actual. Es el valor real de su trabajo.

[Publicado en la revista Carta Abierta N°4]