Una tendencia que comprime la información, apela a los dichos, se contenta con la inmediatez y renuncia a los temas de interés público.

La promesa de desarrollar información en profundidad ha desaparecido del marketing editorial de la mayoría de medios impresos de América Latina. Para no perder lectores y anunciantes la industria ha optado por trivializar sus contenidos. Y esta tendencia se percibe con mayor nitidez en el Perú. Este es el único país donde las ventas de los tabloides no caen ni se estancan. Uno de ellos, Trome, es el diario escrito en español de mayor circulación en el mundo. Su tiraje actual: 702 mil ejemplares. Un éxito comercial que no se basa precisamente en la calidad de sus noticias. Pero las críticas que podamos lanzarle a esta publicación valen también para otros medios; sensacionalistas, deportivos o de impacto político. Casi todos comparten una idea de cómo debe hacerse periodismo. En esta prensa las noticias se presentan ahora en formatos cada vez más compactos. Noticias breves y superficiales. Noticias diseñadas como píldoras, construidas con una camisa de fuerza llamada pirámide invertida.

Los gurús de esta tendencia repiten cada noche que es imprescindible estar a tono con los tiempos: si el periodismo debe ser visual, hoy el diseño lo es todo y el contenido cada día importa menos… Para ellos un texto “largo” es aquel que tiene más de cinco párrafos. Esta obsesión por la brevedad es un sentido común instalado en los medios (no solo) tradicionales. Géneros periodísticos como la crónica o el reportaje no tienen lugar en las páginas de estos impresos. Se consolida así una tendencia del diseño de noticia¹ que, en su versión limeña, pica y desmenuza la información hasta dejarla raquítica, jibarizada, despojada de contexto.

La línea correcta de este periodismo de superficie también indica que la cualidad más cotizada de un medio, o de un periodista, no es la precisión, la independencia o la innovación, sino la inmediatez, la habilidad para ser el primero en difundir una noticia. Cierto es que la información transmitida en tiempo real es muy valorada por las audiencias, pero lo que quiero poner en foco aquí es esta suerte de ultiminutismo² que soslaya una regla de oro del periodismo de calidad: la verificación previa. Por esa vía se hace pasar como noticias los contenidos más deleznables, desde rumores hasta información interesada. Las redes sociales y no pocos portales viven del ultiminutismo. Una montaña de noticias falsas, casi siempre tremebundas, se han difundido así.

La tentación de ser el primero en publicar un contenido sin haberlo contrastado con más de una fuente ha llevado al error a medios que gozaban de la mejor reputación. En enero de 2013 el diario El País publicó la foto de un hombre entubado en la cama de un hospital y aseguró que era Hugo Chávez. El País no se cercioró de lo que afirmaba. El diario escrito en español de mayor credibilidad en el mundo no había cumplido con lo que ordenaba su célebre Libro de estilo. La imagen fue borrada de la edición on-line y la edición de papel fue retirada de los kioscos, mientras el director, Javier Moreno, pedía disculpas y prometía investigar cómo se había consumado esta imperdonable patinada. Días después lo explicaría Tomas Delclos, el defensor del lector, en una columna titulada Tremendo error. Nadie está libre del ultiminutismo, nadie está libre de caer en el periodismo de superficie.

Y este periodismo que trasciende formatos y tecnologías, a menudo opta por los dichos e ignora los hechos. Es un periodismo que no busca historias, que soslaya las descripciones, las escenas y las anécdotas. Cubre páginas, noticieros o portales online con declaraciones, especulaciones y trascendidos. Su estilo es el de la llamada “nota seca”; una plantilla pródiga en muletillas del tipo: dijo, añadió, precisó, señaló, sostuvo, sin embargo, no obstante, asimismo, como se sabe, por otro lado… De este modo los medios y sus periodistas se convierten en meros altavoces. Editores y redactores se limitan a reproducir la versión parcial e interesada de las fuentes, le repiten al lector lo que los políticos declararon el día anterior, lo que ya apareció en portales online y en noticieros de radio y televisión. Este periodismo de declaraciones difunde opinión en vez de información. Y es común que dependa de las notas que envían los gabinetes de prensa. Por esta vía la agenda de los medios termina pauteada por los creativos de estas corporaciones de la comunicación, cada vez más influyentes en las redacciones.

Otro sentido común que me parece necesario cuestionar sostiene que el periodismo debe construirse a partir de buenas noticias o noticias positivas. El periodismo de investigación o de denuncia se extinguió hace mucho en las redacciones donde esta tendencia ahora es ley. Los lectores, según la ideología de las buenas noticias, buscan sobre todo información blanda que los divierta y los relaje o que les sea útil en su economía doméstica. De este modo se instala una idea tan sugestiva como rentable: el periodismo no debe enfocarse en los temas de interés público sino en los estilos de vida. Pienso que el periodismo puede y debe cubrir ambos aspectos. Dudo que todos los lectores busquen contenidos evasivos. Siempre ha existido y existirá una masa crítica e insatisfecha que espera información de interés público. Y este es un sector del mercado que está dispuesto a pagar por información de calidad. ¿Por qué entonces (la mayor parte de) la industria lo ignora?

Los académicos han acuñado el término comercialismo³ para referirse a la prensa que no define sus contenidos pensando en informar a sus lectores, sino en agradar a sus anunciantes. El comercialismo es otra tendencia dominante en la industria de los medios. Para poseer una idea tangible de su influencia en los contenidos que se deciden en una sala de redacción imaginemos a un editor avieso planteando el siguiente dilema a sus reporteros: ¿Hacemos un informe sobre la calidad del servicio que dan las empresas prestadoras de salud o apostamos por una nota sobre metrosexuales de base cinco? El “sentido común” ordenara optar por el tema ligero (metrosexuales, mujeres que ya no usan brasier, etc.) y dejar de lado cualquier investigación que pueda devenir en una denuncia.

Miro con escepticismo los vaticinios que se lanzan sobre el futuro del periodismo. Suenan apocalípticos y excluyentes. Ponerle fecha y lugar a los funerales de la prensa escrita me parece una pérdida de tiempo. Quienes han trazado una línea divisoria entre periodismo on-line y periodismo de papel olvidan que ambos formatos comparten los mismos vicios y defectos, la misma escasez de calidad informativa. Si alguna división me parece pertinente, esta no debe subordinarse al uso de nuevas tecnologías, sino a la finalidad de nuestro trabajo. Separemos el futuro de la industria de los medios del futuro del periodismo. Una parte de esa industria sobrevivirá aferrándose al comercialismo, a las soft news o al “infotenimiento”.

Pero el periodismo que nos interesa, aquel que recoge hechos y no solo dichos, que verifica una información antes de publicarla y que la desarrolla con equilibrio en cualquier formato, demanda tiempo y una inversión que la industria parece cada vez menos disputa a solventar. Por ahora veo con expectativa los nuevos modelos editoriales que surgen para financiarlo. Sin soslayar la necesidad de una alfabetización digital de redacciones y escuelas de periodismo, desconfió de quienes miden la calidad de los contenidos de una redacción a partir de las habilidades o perfiles digitales que exhiben sus editores y reporteros. La calidad en el periodismo se sustenta en un cúmulo de valores, procedimientos y también destrezas. De ese conjunto pongo en primer plano la reportería en profundidad y el énfasis que una oferta de contenidos asigna a la información de interés público.

Hace tres años, en un encuentro con bloggers, editores y docentes, Guillermo Franco, el periodista colombiano autor del manual Cómo escribir para la web, remató su charla sobre la evolución de los medios con esta advertencia: “Con la mejor tecnología del siglo también puedes hacer el peor periodismo del mundo”. Hay tantos ejemplos para demostrarlo.

¹:Hiperfragmentación informativa es un término acuñado por el español Fernando Suárez Carballo para estudiar las nuevas tendencias en el diseño de periódicos.

²:“Ultiminutismo”, término utilizado por el profesor Eduardo Villanueva Mansilla, en una charla sobre la evolución de los medios en la era digital.

³:Una explicación de este concepto puede encontrarse en el ensayo Comercialización, publicidad oficial y concentración: Cómo afectan la economía y los negocios a la calidad periodística, de Rodolfo Barros, incluido en el libro Periodismo de Calidad: debates y desafíos, Buenos Aires, Fopea, 2007.

[Publicado en la revista Carta Abierta N°1]