En la escena contemporánea, resulta muy difícil encontrar ética en la política, seguridad en las calles y decencia en los congresos. Es un fenómeno mundial, o por lo menos frecuente en varias regiones (Latinoamérica, especialmente). De allí que la calle ande furiosa y haya producido el fenómeno de la ‘indignación’, que de cuando en cuando salta como un látigo contra el Poder.

Lo que ha ocurrido con la elección de Martha Chávez para el cargo de ‘coordinadora’ del Grupo de Trabajo de la Evaluación de la Política de Derechos Humanos, una suerte de sub-grupo de la Comisión de Justicia y Derechos Humanos del Congreso, da para eso y más. Provoca natural indigestión debido a que, detrás del hecho, hay bastante más que un desvarío parlamentario.

Como toda persona, todo ciudadano o ciudadana, Chávez merece consideración. Solo que, durante años, ha hecho notables méritos para incumplir sus deberes de respeto para con la gente y las víctimas del conflicto armado interno. Ha fundado un estilo, una suerte de ‘chavismo’ a la peruana, que no consiste en hacer ‘revolución’ alguna, sino en revolver el cotarro con fruición.

El ‘chavismo’ fujimorista se caracteriza por no reconocer errores, por creer que lo que ocurrió entre 1990 y el 2000 fue algo así como una bendición que el país debe agradecer por los siglos de los siglos. Desconoce que Vladimiro Montesinos fue un gánster oficial. Y, además, tiende a creer que las violaciones a los derechos humanos pueden ser una suerte de olvidable cojudez.

Esto último es especialmente grave. Políticamente hay todo el derecho a discrepar, a proponer salidas para el país, incluso disparatadas. Pero que un político, o política en este caso, muestre desprecio por las víctimas (del caso La Cantuta, por ejemplo), o que diga que en algunos casos “vale matar”, hace que las críticas que se le hacen no requieran una interpretación auténtica.

Todo eso suena al ya legendario “nosotros matamos menos”, que le dio en la línea de flotación a la candidatura de Keiko Fujimori.  Aunque en este caso quienes han engendrado este despropósito no son solo los fujimoristas sino, además, parlamentarios del PPC, de Solidaridad Nacional, lo que quiere decir que el Congreso anda éticamente desarmado, desubicado.

El problema no es solamente esta destartalada elección. El drama consiste en que, en busca de equilibrios perversos al interior del Congreso, los parlamentarios demuelen la sensibilidad de la gente, se zurran en la opinión pública, ningunean el mínimo raciocinio. Se enajenan de la mayoría de la población, como si su curul fuera una cápsula a prueba del mínimo sentido común.

Acá no hay ‘Socialismo del siglo XXI’, ni pájaros que hablan, ni apariciones fantasmales de líderes extintos, ni escasez de papel higiénico. Sí hay un ‘chavismo’ encarnado en una persona y algo extendido en la política. No, pues. Necesitamos un rapto de dignidad, para que los derechos humanos no sean una piltrafa que se negocia en aras de un delirante cálculo político.

[Publicado en la revista Carta Abierta N°1]

Sobre El Autor

Profesor de la carrera de Periodismo de la PUCP. Periodista y columnista del diario La República.

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