Rysiek y Juanma – bar Pijalnia, calle Now Świat, Varsovia

 

– ¿Co nas ceca pojutruse?… ¿Qué significa? Puta, hermano, el polaco es de locos.

– Nie, Juanma, es “co nas czeka pojutrze?”, quiere decir ‘¿qué nos espera el día de mañana?’… Es un titular comunista, de los tiempos de la República Popular de Polonia. Estamos en un bar temático. Socialista. Ya te imaginarás.

– Rysiek, Rysiek, ¿a dónde me has traído? ¡Este bar está lleno de periódicos viejos! Han invadido las paredes. Lo peor es que ni siquiera puedo leerlos, como quien mata el tiempo. ¿Ese es un televisor de los años ’60? Yo sólo quería una  chela. Mi piwo.

– Y tu piwo tendrás. Te invito esta Warka, una clásica. Yo diría que es como la Pilsen Callao que tienen en Lima.

– Rysiek, carajo, no seas tan polaco, ¿para qué quiero una chela parecida a Pilsen si estoy en Varsovia? ¿No venden la de plátano que probamos la otra vez?

– Esa es Cornelius Banan, mi querido Juanma. Por más buena que sea, esa piwo es para chicas, la probamos como una rareza. Acá se toma al estilo del proletariat: piwo para hombres, buena y barata. A mí me gusta Warka. Me recuerda a Lima. Extraño tu ciudad.

– ¿En serio la extrañas? Todo el caos y la informalidad de mierda… Hace un mes te hubiera dado la contra, Rysiek, pero ahora creo que yo también pienso en volver.

– ¿En serio? ¿Qué pasó, Juan Manuel? ¿Es el idioma, el dinero, las mujeres?… Un polaco ebrio en Polonia sueña con volver a Lima. Su amigo peruano también. ¡Qué raro eso! ¡Un shot de wódka por Lima!

– ¿Vodka? Asu, será ocasión, compadre. ¡Salud!

– Na zdrowie!

– Ay, carajo, qué fuerte eso… Bueno, la verdad es que, si bien mi polaco no se compara ni a la décima parte de tu español, no se trata de la lengua, acá con mi inglés y mi polaco infantil de alguna forma me hago entender. Tampoco es el dinero, con la beca del doctorado ando bien parado acá. Es un alivio que tus  złotys se parezcan tanto a mis Nuevos

Soles. Podría decir que mujeres… Sí, esa  es la vaina. Una mujer.

– Słowiańskie kobiety. Nunca fallan. ¿Dominika? ¿Agnieszka? O quizás mi roomie, Weronika. Los vi conversando mucho la noche de la fiesta. Me habló de ti.

– No, Rysiek, ninguna de ellas. Aunque Weronika tiene un buen rabo. En fin… Fue tan extraño. No sé. Una chica que  conocí en Breslavia. Estuve allá hace  poco, de turista por casi tres semanas. Bacán la ciudad, con esos enanos de mierda en todas partes, los edificios de colores. Nos conocimos en el Jardín Japonés. Ella también viajaba, pero me dijo que vivía cerca… Oye, ¿deberíamos pedir otra chela, no?

– Wrocław es muy bonito, es cierto. Los enanos, krasnale, cuidan la ciudad. Tan- ta piwo, Juanma. Yo pediré más wódka. ¿Estás con sed, no?

– Bardzo, hermano.

– Te propongo otro shot, en vez de chela, ¿qué dices, Juanma? ¿Cómo se llamaba la chica? ¿Hablaba inglés o español?

– Magda. Sí, inglés. Rysiek, man, no sé si  sea buena idea meterme puro vodka. No quiero irme la mierda… Pero bueno.  Esa misma tarde terminamos bebiendo y besándonos. Le propuse hospedarnos  en el mismo hostel. Me sugirió irnos al Dizzy Daisy Hostel.

– ¡Pero si es Sobieski! Bardzo dobra wódka. Yo invito. Toma, bebe rápido. Na zdrowie!

– ¡Salud! Bleh, mierda, ¡maldito polaco borracho! No quiero meterme más shots.

– Cicho, mi amigo Juanma, recién es el segundo. ¿Y qué pasó con esta Magda en el hostel? ¿Rompió tu corazón? ¿Era guapa? Czekaj, ¿por qué se fueron a un hostel y no a un hotel?

– Porque queríamos pasar los días juntos  en Breslavia, como algo del camino, y un hotel era muy caro para los dos. Estaba bien guapa, pelo marrón, ojos azules, piernas largas. Lo raro fue al llegar a nuestro cuarto del Dizzy Daisy: habíamos pagado una de las habitaciones más baratas, para cuatro personas, pues era la única disponible.

– To co? ¿Por qué es raro? ¿no quieres otro shot de Sobieski?

– No, aguanta. Pasa que cuando entramos a la habitación, descubrimos dos cosas: primero, que solamente había tres camas, no cuatro. Claro que eso no era tan raro, incluso nos convenía ser menos. Segundo, que la tercera cama estaba ya ocupada.

– ¿Una chica? ¿Estuviste durmiendo con dos chicas en Wrocław? ¿Un threesome?

– No, Rysiek, espera. Estábamos solos, pero era evidente que alguien más ya se estaba hospedando en el cuarto. Eso era normal, después de todo, reservamos un espacio para cuatro. Lo raro era que parecía no haber estado allí en mucho tiempo. Polvo como mierda. Sus cosas estaban por doquier: la cama desarreglada, libros de Paulo Coelho, E.L. James y Agatha Christie en la cama y en los estantes. Pastillas anticonceptivas, medicamentos, maquillaje, algún collar, ropa, toallas higiénicas, galletas, botellas de agua, frutas rancias en el refrigerador. Probé una de las galletas, de trigo. Estaba dura y sin sabor, de muchos días. Robé muchos de sus pistachos, que se conservan. Había un paraguas junto a la ventana. Se notaba que era una mujer. Ahora sí dame el shot.

– Oczywiście, mi amigo. Na zdrowie!

– ¡Salud! Ufff. Ahora yo invito el siguiente par. Bueno, Magda y yo no tuvimos sexo la primera noche: temíamos  –bueno, yo más que nada- que la chica llegara de alguna fiesta o viaje y nos descubra en plena acción. Le dije a Magda que si metíamos comida y chela al cuarto la podríamos incomodar.

– Tak, es más difícil hospedarse con un desconocido que con varios desconocidos.

– Cierto. La vaina es que pasaban los días y no aparecía. Para el tercer día pen- samos que estaría viajando alrededor del país y había dejado sus cosas allí. Hicimos lo que queríamos: comimos su comida, tuvimos mucho sexo, andábamos desnudos. Magda no conversaba mucho, pero le gustaba estar conmigo. Solía abrazarme largo rato.

– Boże, cuánto placer en tu viaje. ¿Tenían tiempo para conocer la ciudad? Jajaja

– Ja. No seas gracioso. Pero tienes razón, no salíamos tanto. Yo esperaba que la chica volviera en algún momento, me desconcertaba ver todas sus cosas allí más de una semana. Cuando le contaba a Magda mis hipótesis: que era una ninfómana orate, una party girl, quizás lesbiana o bisexual, que aparecería de pronto en plena madrugada con un hombre o más. No descarté la posibilidad de que se trate de un transexual. Me daba curiosidad. Veía sus cosas, las tocaba, revisaba. Olía su ropa. Trataba de imaginarla. Esperaba que fuera muy bella, con pechos enormes, firmes, un gran culo, dobra dupa. A veces la recreaba en mi cabeza, mientras me tiraba a Magda. Ella no parecía tan curiosa por la vecina ausente como yo. Se reía, cambiaba de tema.

– Dobra dupa! Para hablar de eso sí sabes polaco, ¿no? Jajaja… Así que te fascinaba la polaca imaginaria. Mi amigo peruano el enfermo, ¡más wódka por eso! Na zdrowie!

– ¡Salud! Putamadre, me vas a tener que dejar en la puerta de mi cuarto, Rysiek. Tantos secos me están mareando. Pero sí, me intrigaba mucho ¿Por qué alguien dejaría todas sus pertenencias por más de dos semanas en un hostel de mierda, donde la gente suele reservar sólo por cuatro, cinco hasta una semana? Nosotros nos quedamos más tiempo, claro… Pero al cabo de diez días Magda se fue.

– ¿Pelearon?

– No. Una mañana se despidió de repente. Las mujeres de tu país son raras, eso pensé. Me dejó algo confundido, pues no me dio razones muy concretas. Sólo me dijo que tenía que regresar, y que la había pasado bien. Parecía asustada o inquieta. Una vaina, carajo.

– ¿Qué hiciste? ¿La dejaste ir?

– Pues claro ¿Qué más iba a hacer? Recién teníamos poco más de una semana de conocernos. No sentí nada realmente especial por ella, pero su partida me dejó algo frustrado. No sabía qué hacer. Decidí quedarme más tiempo allí, pues la fecha de mi bus de regreso todavía estaba lejos. Solo en la habitación, las cosas de la chica me generaban muchas sensaciones: me incomodaban, me excitaban, me asustaban, me encantaban. Una noche tuve un sueño muy extraño. Quizás una pesadilla.

– Co? ¿Y qué pasaba? ¿Más wódka, Juanma? ¿Qué soñaste?

– Sí, sí, pidamos más. Soñé una huevada horrible, extraña… Que una imagen del niño Jesús entraba a mi cuarto, por la noche. Esas antiguas, de madera, con ojos de vidrio. Tenía una corona de espinas en la cabeza, de madera, puesta con clavos. Sangraba. Caminaba tambaleándose, como los borrachos que están allá afuera. Era chiquitito. Me miraba como pendejo. Sus ojos iluminaban el cuarto.

– Boże ¿Estás seguro de que no era un krasnal? Estabas en Wrocław, después de todo.

– No, huevón. No era ningún enano o gnomo o duende. Era el niño Jesús, el mismo, el Redentor en pañales. Era muy real.

– Qué miedo, Juan Manuel. Parece como la película Egzorcysta. Yo me hubiera ido de la habitación, corriendo. ¿No te dijo nada? Dale, toma otra, rápido. Na zdrowie!

– ¡Salud!… ¿El Exorcista? No sé. Pero sí me habló. Luego de un rato, se acercó hasta mi cama y me dijo “por favor, quítame la corona de espinas de la cabeza. Los clavos me duelen. Estoy sangrando, y me pierdo. Por favor. Ayúdame. Hazlo por mí”…

– To jakieś szaleństwo! Una locura. Qué raro sueño.

– Así es, Rysiek. Me levanté sudando, incómodo. Me sentía pesado. Para el mediodía ya había olvidado el sueño. Había decidido preguntar al dependiente del hostel, Mateusz -un tío que siempre estaba fumando y viendo su Smartphone por los datos de la chica. Será mejor que nos hagamos otro seco, mi hermano eslavo… ¡Salud!

– Na zdrowie!… ¿Y qué te dijo el tío? Yo hubiera preguntado mucho antes.

– Maria Nowak. Ese era su nombre.

– Maria. Marysia. Lindo nombre. Muy polaco.

– ¿Marysia?

– Así le decimos a las Maria en Polonia.

– Ah ya. No creo que sea muy polaco. Hay muchas en Perú. Pero allá es María.

– ¿María? Ustedes cambian todo en el español. Es como mi nombre, Ryszard. Cuando vivía en Lima yo era Ricardo.

– Jajaja… Sí. Pero nosotros somos más, Rysiek. El polaco solo lo hablan unas 38 millones de personas en el mundo. El español como 500. Jódete. ¿Otro seco? ¡Salud!

– Oczywiście! Na zdrowie!… Y ya no hables mucho del polaco, Juanma, o te dejo solo en el bar. No sé si puedas regresar sin ayuda ¿Y qué información encontraste?

– Dobra, dobra… De acuerdo al registro de Maria en el Dizzy Daisy, vivía en Domaniów, un pueblo que está a 27 kilómetros al sur de Breslavia. Tuve que regalarle una botella de Soplica para que me dé la información… El tipo no sabía nada de ella. Nunca dijo a dónde se fue, pero como pagó por todo el mes, él dejó sus pertenencias donde estaban. “Seguro está viajando por ahí, como todos. Ya aparecerá”. Mateusz no estaba preocupado. Su indiferencia me jodió, pero me fui.

– Soplica, gran polska wódka, ¿qué sabor le diste?

– Uno de avellana, mi favorito.

– Nie, debilu. Szlachetna Wódka, wódka puro, ese es el mejor Soplica… Juanma, no me digas que viajaste a Domaniów para buscar a la chica Marysia…

– Tak, tak, mi compadre ¿Qué más podía hacer? Seguía de vacaciones, sin voluntad, sin ganas de nada. Tomé un bus a Domaniów y busqué su casa.

– ¿Llegaste? Es un pueblo muy bonito y tranquilo. Pero yo me aburro en lugares así.

– Sí, casas pequeñas, iglesias. Muy bonito. Cuando llegué a su casa, pequeña y de madera, empezó a llover. Llamé a la puerta, esperando que entiendan inglés, pero preparando mi polaco de bebé.

– ¿Y qué pasó? Czekaj, ¿tomamos más wódka?

– Todavía, Rysiek. Una mujer me atendió. Adulta, unos cincuenta años. Hablaba un poco de inglés, y junto a mi pobre polaco logré entender a grandes rasgos lo que me dijo: era Sylwia, amiga de los padres de Maria. Estaba cuidando la casa, pues ellos estaban de viaje, en Gdańsk. Se habían ido a dar la noticia a sus dos hermanos mayores: Maria acababa de morir. La hallaron en el río, cinco días atrás. La última vez que la vieron se iba a recorrer varias ciudades, por vacaciones, hasta llegar a Berlín. Iba a empezar su tour en Breslavia.

– Co?! O Boże, jezu! Lo pensé por un segundo, pero no quise creerlo ¡Estaba muerta! Jaka biedna kobieta… ¿Cómo murió? ¿Qué hiciste? Ahora sí bebes otro, na zdrowie!

– Dale, ¡salud!… Vaya, tanto trago, Dios, me voy a ir a la mierda. Le mentí que era su amigo sudamericano que conoció en Breslavia. Me dio la dirección del cementerio. La habían enterrado el día anterior. Nunca le dije que su ropa y otras huevadas estaban en el Dizzy Daisy. La señora hablaba seria, pero se le salían las lágrimas.

– Increíble ¿Fuiste? Ni siquiera la conocías. Estás actuando como un loco, jak szalony.

– Pues sí, fui, hermano. No sé por qué, exactamente… Pero antes de irme, esta mujer, Sylwia, me dijo algo imposible, que había tenido el mismo sueño que yo, con el niño Jesús y la corona de espinas con clavos, sangrando. Había una detalle distinto: el niño no le pidió a ella que le saque la corona. Le suplicó que le pida esto ‘al amigo de Maria’…

– ¿Por qué te diría toda esa locura de la nada?

– No lo sé, una corazonada, un impulso, quizás… Me daba vueltas la cabeza. Llegué al cementerio y busqué la lápida, muy nueva y rodeada de velas preciosas, me di cuenta de algo: habían puesto una corona de espinas enorme y gruesa en la lápida, sujeta con clavos. Un adorno religioso. Pero lo habían hecho mal, creo, pues cubría toda la lápida. Me acerqué y sin pensarlo, extraje uno a uno los clavos. No estaban tan profundos.

– Boże. Las casualidades no existen. Mierda, yo ni siquiera hubiera considerado entrar al cementerio, Juanma.

– Cuando saqué toda la corona, pude ver finalmente la inscripción en la lápida: MARIA MAGDALENA NOWAK.

Ukochana córka i siostra.

1989-2015.

– ¿Magdalena? ¿Maria Magdalena?

– Me quedé medio idiota, pensando en el nombre. Retrocedí un par de pasos, mirando alrededor, confundido. Allí fue cuando vi los marcos con las fotografías que habían puesto junto a las velas. Eran dos, pequeños. No los noté al llegar. El rostro era el mismo. Era ella.

– Magda…

– Ajá…

– Boże, Juanma. Ahora entiendo por qué estás así… ¿Nunca le preguntaste su apellido?

– Sí, pero… No lo pensé, ¿quién lo haría? ¿Acaso no hay miles de Nowak en Polonia?

– Tak, es probable. Juan Manuel, mi buen amigo de Perú… Y su amante polaca fantasma. Es casi romántico, ¿no? Biedny Peruwiańczyk! ¿no quieres otro shot de wódka?

– Putamadre, Rysiek. Eres un huevón.

– Zawsze.

[Publicado en la revista Carta Abierta N°8]

Sobre El Autor

Diego Olivas Arana

Se destruyó los ligamentos de su rodilla esquiando en Montana. Sumergió sus pies en el Danubio, frente al esplendor nocturno del parlamento húngaro. Siguió la estela de la aurora boreal en los helados yermos de Laponia finlandesa. Palpó las nubes en el Mirador de Tres Cruces. Amaneció chacchando coca en la isla de Taquile. Devoto de la ficción y la no-ficción. Vive el fin de cada historia como el inicio de la siguiente.

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