Sentado en una banca del Campo de Marte descansa un anciano que, por su apariencia, podría pasar por un mendigo. Nadie sabe que se trata de un personaje que en sus mejores épocas fue el fotógrafo oficial del concurrido parque.

Es domingo y el Campo de Marte alberga a familias enteras que van a pasar el último día del fin de semana a este lugar. Niños y adultos juegan hasta el cansancio en todo el área verde. Las mascotas corren de un extremo a otro y los comerciantes aprovechan para vender todo tipo de comida y productos novedosos. Todas las personas sonríen y están en compañía; sin embargo, entre ellos, como si fuese una sombra, está Tomás, un hombre encorvado que carga una cámara fotográfica y lleva entre sus manos una fotos de los años 90 para ofrecer su servicio como fotógrafo.

Tomás Laguna Paniura tiene 75 años y desde 1964 pasa sus días en el Campo de Marte, acompañado de una máquina fotográfica analógica que en años anteriores fue la única y principal fuente de dinero para él y su familia. Llegó a Lima huyendo de Apurímac por el maltrato físico de su padre cuando tenía catorce años y no volvió más a su tierra querida hasta el día en que tuvo que regresar para enterrar a las personas que le dieron la vida.

Los primeros años que pasó en la capital fueron muy duros para él, ya que al ser menor de edad y hablar sólo quechua, no podía comunicarse con los demás ni conseguir un trabajo. Hubo días en los que tuvo que dormir en la calle, a la espera de que un alma caritativa le diera un par de monedas para poder comer. Recuerda que fue precisamente una de esas personas la que le dio un puesto de trabajo como lavador de platos en un chifa del jirón Ica en el Centro de Lima. Ahí no sólo aprendió a hablar español, sino también un poco de inglés y japonés. La familia lo acogió hasta que cumplió veinticinco años, edad en la que decidió seguir buscando su propio destino.

Sin rumbo y con algo de dinero ahorrado encontró trabajo en una fábrica de textiles sin pensar que en ese lugar encontraría el amor y una pasión escondida: la fotografía. Conoció a Rosa en sus arduas horas laborales y no dudó en que ella sería la elegida para convertirse en su esposa y la madre de sus cinco hijos. Un día, tratando de buscar una manera de ganar más dinero para brindarle a su nueva familia mejores comodidades, decidió comprarle al único amigo que hizo en la fábrica una cámara fotográfica que le venía ofreciendo hacía meses. Tomás sabía que estaba haciendo una buena inversión ya que, para la época, eran pocos los fotógrafos que pululaban por Lima brindando ese tipo de servicio.

Al inicio, lo poco que aprendió del oficio fue gracias a la persona que le vendió la cámara. Le enseñó cómo manejarla, y cómo colocar y sacar el rollo fotográfico. De encuadres y ángulos aprendió por cuenta propia. Sin conocer los términos apropiados del lenguaje audiovisual, se fue convirtiendo poco a poco en un gran fotógrafo empírico con el Campo de Marte como único testigo.

Este parque de Jesús María ha sido el único lugar en el que Tomás ha trabajado desde hace más de cuarenta años. No sólo ha visto todos los cambios estructurales, sino también ha visto crecer a varias generaciones que venían de pequeños a jugar y que ahora lo hacen con sus hijos. El anciano, a pesar del tiempo que viene trabajando en el Campo de Marte, no tiene ningún amigo aquí. Al contrario, ve a los comerciantes, a las personas de seguridad e incluso a los que van al parque como sus enemigos, ya que su presencia desgarbada no lo hace ver como un fotógrafo sino como un mendigo.

En la buenas épocas, en los años de las cámaras analógicas, Tomás imponía respeto y trabajo no le faltaba. Sacar fotografías en el Campo de Marte se convirtió en su trabajo a tiempo completo. Todas las personas que iban de paseo a este parque lo buscaban para que los fotografíe. Las fotos costaban S/. 10 y su trabajo constaba en tomarlas y luego entregarlas a domicilio. Para asegurarse frente a una posible estafa pedía un adelanto de S/. 5, así la persona se veía en la obligación de dar su dirección real, dirección que apuntaba en una libreta que tenía que cambiar cada mes debido a la gran demanda que tenía.

El dinero abundaba y era suficiente para mantener a la familia en su casa de Carabayllo. Les dio educación a sus cinco hijos y dos de ellos lograron salir fuera del país. Rosa, su esposa, tenía un negocio en su propio hogar y no les iba mal, hasta que enfermó de esquizofrenia y tuvo que dejar de trabajar. Murió hace más de veinticinco años y Tomás cuenta que fue el momento donde empezó a quedarse solo. Sus hijos fueron formando sus propias familias y, de un día a otro, sólo él vivía en aquella casa de Lima Norte. La muerte de su compañera y la soledad lo afectaron pero no dejó de ir al Campo de Marte, porque a pesar de no tener amigos, ahí se sentía acompañado.

Foto: Victoria Meneses.

Foto: Victoria Meneses.

 

El tiempo pasó y, con él, avanzó la tecnología. Las cámaras analógicas fueron desplazadas por las digitales, aparecieron los celulares de última generación y ya no hacía falta tener fotos impresas. Lo inmediato y lo desechable reemplazó a lo físico, a lo palpable y a lo romántico. La economía de Tomás se vio afectada en gran medida. Las cincuenta fotos que podía sacar por día bajaron a veinte, diez, cinco y, actualmente, a una cada tres semanas, si tiene suerte.

Al principio, la competencia de la tecnología no le afectaba porque creía que las cámaras digitales eran una moda y, como tal, pasarían. Tampoco le preocupaba ganar poco dinero, ya que no tenía que mantener a una familia. Sólo tenía que preocuparse de sus pasajes y de la comida diaria. Sin darse cuenta, envejeció y no tuvo a nadie alrededor. A sus hijos los veía cada vez menos. Hoy ya no recuerda cuando fue la última vez que vio a uno de ellos.

Pese a la triste y vulnerable situación en la que se encuentra este fotógrafo por la ingratitud de su familia y de las personas que lo ven todos los días en el parque, no le gusta que sientan lástima por él. Por eso, sigue ofreciendo sus servicios como fotógrafo, así nadie quiera contratarlo y pagarle S/. 5 por dos fotos. Pero sí le da impotencia que la gente ya no le dé la oportunidad de fotografiarlos. Incluso, dice que a veces se aprovechan de él; lo estafan y nunca recogen las fotos por las que invierte en revelar para ganarse unos soles más.

–¿Se siente solo?

–No, estoy tranquilo.

–¿Feliz?

–No, sólo estoy tranquilo.

Tomás sigue trabajando como fotógrafo. El Campo de Marte es su segundo hogar. Hasta que la vida le dé fuerzas, seguirá con su rutina de levantarse a las seis de la mañana para salir de Carabayllo y llegar al parque. Continuará dando sus cinco vueltas a todo el campo por la mañana y sus cinco vueltas por la tarde, cargando su bolsa negra de recuerdos donde tiene todas las fotos de estos cuarenta años de trabajo. Caminará con la esperanza de tomar una imagen al día para sentirse vivo y pensar que alguien lo valora.

–¿Ha pensado en comprase una cámara digital?

–No, para qué, si ya me voy a morir.

[Publicado en la revista Carta Abierta N°4]

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