La Ciudad Libre de Christiania fue fundada en un antiguo cuartel del ejército. Desde su aparición, los coloridos murales y locales de este vecindario reciben más de un millón de visitas al año. Granjeros, joyeros, obreros, músicos, orates, madres, niños, junkies, todos son bienvenidos a este santuario verde en el corazón de Copenhague. ¿Qué es Christiania? ¿Qué tan seguro es? ¿Con quién me puedo encontrar? ¿Con qué me puedo encontrar?

Copenhague en mayo es un infierno feliz. La metáfora podría parecer equivocada, mas en realidad se trata de un sutil reflejo de la observación. En los tórridos días del verano europeo, las calles parecen un sueño: gente caminando en shorts y sandalias por las calles, vegetando en las bancas y escaleras de la Plaza del Ayuntamiento, junto a los pequeños dragones de piedra que vigilan el lugar. Mujeres y bicicletas. Si bien la cultura ciclista es una de las principales características de Copenhague desde finales del siglo XIX, lo que extraña –y deleita- es ver casi solamente mujeres sobre ruedas. Aquí hay demasiadas ciclistas.

En el antiquísimo puerto de Nyhavn, donde los coloridos edificios del siglo XVII y XVIII resplandecen aún más con el sol y ciegan la vista de todo extranjero, la gente está de fiesta. Cientos de personas descansando en sillas con parasoles junto al canal o en las embarcacionesrestaurante que se encuentran flotando en la misma entrada desde el mar. Un hedonismo curioso, acaso ajeno, invade el lugar. Todos parecen millonarios felices posando para una pintura de verano. Como si la burguesa e incestuosa familia del Festen de Vinterberg se hubiera reunido en este céntrico puerto a vacacionar, por mencionar algo danés. De pronto no está tan lejos del dinero y la perversión: desde su creación hasta mediados del siglo pasado, Nyhavn no era un espacio de ocio representativo de la cultura escandinava. Estaba lleno de cebada, marineros de todas partes y prostitutas. El red light district del norte.

Pensaba en todo esto mientras revisaba mi registro fotográfico y descansaba en una esquina con sombra, en uno de los cuatro edificios idénticos del Palacio de Amalienborg, la residencia de la familia real danesa. Capturaba en una imagen la estatua del rey Frederick V, su fundador, mientras el Cambio de Guardia acababa de terminar. Cada mañana a las once y media, Den Kongelige Livgarde –la Guardia Real de Dinamarca- recorría las calles de Copenhague desde el castillo de Rosenborg hasta retornar a Amalienborg. Los alcancé cuando terminaban el paseo. La bandera no estaba izada en el palacio de Schack, la reina Margrethe II no estaba presente. Bebía con premura el agua de una botella que le compré a un nigeriano ambulante en el parque de Langelinie, en la Bahía del Puerto de Copenhague, donde me adentré entre el tumulto –unos sesenta japoneses- para contemplar a Den Lille Havfrue, la sirenita danesa de Eriksen, acaso el atractivo turístico más simplón y monótono de Escandinavia. Bebí unos sorbos más, lucubrando. Una inquietud me turbaba: donde dormiría. Era un peruano viajando solo, con menos de cien euros y una mochila de casi diez kilos. ¿En qué estaba pensando? Dentro de mi precaria situación, dormir en la Estación Central de Copenhague sonaba lo más coherente. Sin embargo, había escuchado en Finlandia que era posible quedarme en el barrio autogobernado de Christiania, el principal destino de mi viaje. Tenía que confirmarlo.

– Bueno, un hostel barato en Copenhague es todavía caro para muchos. Quizás si sales del centro puedas hallar lugares a veinticinco o treinta euros la noche. Por otro lado, creo que sí puedes dormir en Christiania. Hay mucha gente, puede ser peligroso, pero creo que si buscas, podrás hallar un espacio. Muchos homeless hacen lo mismo.

Había terminado el free walking tour  y la respuesta de Mikkel, mi guía por dos horas, un tipo delgado y animoso, cuya rojiza barba era tan implacable como sus estentóreas risotadas, terminó de convencerme. Mi arribo a la capital de Dinamarca tenía por latente y especial propósito mi visita a Christiania, mas no consideraba quedarme ahí en primera instancia. Había llegado sin un plan, sin dinero. Desarmado. Entregado a lo incierto. Acaso como se deberían dar todos los viajes. Renunciar a la posibilidad de hospedarme en algún hostel no me costó mucho, tras averiguar los precios. Además de la aventura, la falta de dinero fue una determinante para mi estadía en Christiania. Estaba resuelto.

Fristaden Christiania o la Ciudad libre de Christiania se fundó en setiembre de 1971, en pleno apogeo del hippismo, cuando los residentes del distrito de Christianshavn, donde se encuentra, derribaron el vallado que cubría la extensa área de un viejo y abandonado terreno militar, otrora depósito y laboratorio de materiales y municiones del ejército. Estaba venido a menos desde el final de la Segunda Guerra, más fue en 1967 que se desatendió totalmente. La mayoría de los vecinos eran padres de familia, que, hastiados de los reducidos ambientes y la densa población de la zona, buscaban un espacio público verde,  iluminado, donde sus hijos puedan jugar.

No pasó mucho tiempo para que el lugar se popularizara y Jacob Ludvigsen, periodista danés y partidario del movimiento contracultural Provo, fundara Christiania, afirmando en su revista Hovedbladet que se trataba de “la más grande oportunidad de construir una sociedad desde el inicio. La parte de la ciudad que se ha mantenido en secreto para nosotros, pero ya no más”. Así empezó la invasión, por parte de distintos grupos que buscaban escapar del statu quo y vivir ajenos al Estado, en una nueva comunidad. Contra todo pronóstico, aquel espacio militar en desuso que cubría un área de treinta y cuatro hectáreas del distrito de Christianshavn renació como Christiania, un barrio autónomo de aproximadamente ochocientos habitantes, hermano del movimiento hippie y del anarquismo. Una parte del centro de Copenhague que se autoproclamaba independiente del Estado danés y de la Unión Europea. Una verdadera locura.

Christiana-2

 

Llegar a Christiania no fue una tarea azarosa. Tras errar un buen rato hacia el norte por Prinsessegade, di con la entrada principal, en Christianshavn, muy cerca del célebre restaurante Noma de René Redzepi. A pocos metros resaltaba un mensaje artesanal dándome la bienvenida. Allí me reuní con Giovanni Battista, alias GB, un amigo italiano que había conocido en Helsinki y con quien me topé por accidente en el avión. Christiania es lo más diferente a Dinamarca que se puede hallar dentro de Dinamarca. Allí los carros no existen y los perros vagan felices sin dueño. Sus calles son una mezcla de asfalto con tierra, nada está pavimentado. La calle principal es conocida como ‘Pusher Street’, la ‘calle de los vendedores de droga’. A través de ella recorrimos distintas partes del vecindario, como bares, restaurantes, souvenir shops o centros culturales. Todo en Christiania es más barato que en el resto de Copenhague -a veces incluso cincuenta por ciento menos- debido a la ausencia de impuestos. En tanto nos alejábamos de la vía principal pudimos ver casas o pequeños edificios –siempre ajados y con graffiti-, mecánicos, ferreterías, panaderías, puentes, esculturas o espacios recreacionales para niños. Suficientes establecimientos para considerarse una metrópoli. Christiania es una ciudad de bolsillo.

Muchos de estos lugares estaban alrededor de un gran lago que parecía hallarse en el centro de Christiania, donde los patos y cisnes disfrutan su soledad mientras muchos de los residentes o visitantes los contemplan absortos, idos de tantos psicoactivos. La ciudad tiene cuatro entradas, mas solo una es considerada la salida, aquella con un letrero curvado que funge de socarrona despedida: “You’re now entering the EU” -“Ahora estás ingresando a la Unión Europea”. Entrar y salir de Christiania es palpar fugazmente el caos, rompiendo con el estilo de vida nórdica y acaso con el paradigma de sociedad europea.

GB estaba interesado en adquirir marihuana. Y es que esa es una de las más evidentes razones por las que Christiania se ha vuelto uno de los pilares del turismo en la ciudad –quizás superado solamente por el parque de atracciones Tivoli-: su llamado green light district, en Pusher Street. En Christiania es posible consumir y comprar todo tipo de drogas blandas. Se podría aseverar sin vacilaciones que en este menudo distrito la droga está en todas partes. El amable atisbo del olor de la marihuana viajando por tus fosas nasales se torna en algo habitual. Día a día, cientos de turistas y daneses locales pasan por el barrio a comprar, algunos se quedan a consumir -siendo este acaso el lugar más idóneo para ello-. La gente fuma en los bares, en las bancas, en el pasto junto al lago, en el suelo, en terrazas o restaurantes.

Quizás un apelativo más específico no sería una ciudad, sino un Ámsterdam de bolsillo. En el ‘distrito verde’ se encuentran diversos puestos ambulantes de drug dealing que ofrecen diferentes tipos y precios de skunk y hachís. Probablemente sea la parte más oscura del vecindario. La disposición es peculiar: módulos pequeños, algunos unipersonales, cubiertos por lo general por una manta o cortina negra. Algunos de los vendedores, a su vez, tienen el rostro tapado, ya sea solamente un gorro o usando un misterioso pasamontañas. Si hay una insistencia en la clandestinidad de estas transacciones, es porque en Copenhague la venta de drogas sigue siendo ilegal. Christiania es un lugar alternativo, un Estado independiente, mas todavía tienen que lidiar con esa realidad. Quizás no sea una democracia per se, mas los habitantes de la ‘ciudad libre’ han impuesto sus propias leyes, volviéndose el único lugar de la ciudad donde se comercia y consume libremente el cannabis. Las autoridades danesas han dejado que esto suceda por más cultura de treinta años, pero desde el 2004 los conflictos y negociaciones por regularizar la situación legal de la comunidad se han incrementado, hasta la actualidad.

A su vez, Christiania no es del todo libre. Hasta el día de hoy su existencia genera controversia, teniendo que lidiar siempre con el gobierno. Las cosas cambiaron un poco en 1989, al promulgarse la Ley de Christiania, que transfería la supervisión del área de la Municipalidad de Copenhague al Estado danés, y aceptaba la presencia y desarrollo del vecindario en tanto se sometiera a un futuro proceso jurídico y de estandarización.

Fue en ese momento que nos percatamos. Acompañé a GB de tienda en tienda, preguntando por los precios. Como todo backpacker -y quizás como todo buen mediterráneo-, GB buscaba lo más barato. Pronto se decidió: un paquete de 2.8 gramos de skunk por doscientas coronas danesas. Veintisiete euros. Querían convencerlo de adquirir tres paquetes por quinientas coronas. Un atractivo descuento que declinó, arguyendo que no tenía dinero. Intentaron convencerme a mí de que le preste a mi amigo para que obtenga la ganga. Les dije que era sudamericano. GB terminó llevándose solamente un paquete.

Salimos del oscuro módulo sorprendidos por la insistencia de los comerciantes y pensé en fotografiar los puestos al aire libre. Apenas alcé mis manos con la cámara para enfocar cuando una voluminosa mano negra me detuvo. “No pictures”, sentenció. Yo quise saber por qué. Él me señaló un letrero cercano y repitió lo mismo, marchándose, mas sabía que nos observaba a la distancia. GB y yo nos aproximamos al letrero, que tenía el diseño de tres Cannabis sativa en la parte superior y leímos lo siguiente, en danés, inglés, español y alemán:

“Estimados amigos, en green light district tenemos tres reglas: diviértete; no corras -crea pánico; y no se hacen fotos -comprar y vender hash sigue siendo ilegal”.

Ciertamente, el green light district tenía una legislación muy fácil de cumplir. De un momento a otro era evidente que muchos nos espiaban, luego de verme con la cámara. Aquello saboteaba la perpetración de mi registro visual. Desde ese momento, fue casi imposible tomar fotos en Christiania. Poco después, en una joyería ambulante, un latinoamericano me reconocería como igual y entablaríamos conversación. Félix, un bisutero sexagenario de República Dominicana y residente de Christiania desde el 2000. Fue él quien me explicó mejor lo de las fotografías:

-“Los dealers que venden hachís acá están siempre preocupados por si toman fotos o video. Piden a todos que guarden sus equipos. Incluso pueden ser violentos. Podrían destruir tu cámara. Muchos son de pandillas grandes, organizaciones que venden droga fuera de Christiania. Ganan mucho vendiendo hierba acá. A veces viene la policía a incautar y cerrar todo, pero ellos siempre vuelven a abrir las tiendas. Y siempre hay muchos clientes. Esto nunca va a terminar”.

Hablaba relajado, mientras atendía su puesto y le daba otra pitada a su joint. Sus largos bigotes, tan canos como su larga cabellera, hacían juego con su camisa hawaiana, florida y celeste. Olía a una mezcla de marihuana y tabaco. Fumamos juntos, como todos en la comunidad. Según Félix, la constante presencia de los clientes daneses eternizaba la venta ilegal de drogas suaves. Los junkies daneses se ven atraídos a Christiania como las moscas a la carne muerta.

Erramos por distintos lugares del barrio, preguntando dónde podría quedarme. GB ya tenía un espacio con una amiga en la ciudad, donde no me podían acoger. Finalmente me guiaron hasta las casas donde podía quedarse cualquiera, mas fue en vano. Repitieron lo mismo que decían todos, incluso Félix: no había lugares disponibles, pero podía dormir en el suelo. Otros me decían que vaya a las áreas verdes que circundaban el lago, donde era más seguro. Dormir en el pasto. Una fuerte música reggae se escuchaba de fondo. Parecía venir de todas partes.

Luego de perdernos en la curiosa consecución de espirales que puede ser caminar por Christiania, volvimos a la vía principal. Allí descubrimos el origen de la música. Un nuevo bar inauguraba su aparición con una presentación en vivo y cerveza gratis. Había alrededor de ciento cincuenta personas aglomeradas, bailando, fumando, bebiendo. La música no era mala, un DJ de color y dreadlocks y otro rubio con cola de caballo reproducían canciones de reggae o dancehall. La gente hacía cola para recibir el largo vaso de cerveza. Nosotros nos adherimos ipso facto. Al poco rato nos habíamos aunado al jolgorio: GB, tan stoned como estaba, ahora bailaba motivado, emborrachándose. Yo libaba contento, era mala cerveza, mas cerveza al fin.

La vaga cadencia de la música, amena y constante, invitaba a la contemplación y la indiferencia. Todos meneábamos la cabeza e ingeríamos la cerveza, autómatas. El lugar era un horno, tanto por el sol como por la hierba. Al cabo de un rato los DJ dieron por terminada su sesión y, mientras el público explotaba en vítores, el rubio se acercó a obsequiar álbumes. GB y yo recibimos un par en el que decía “Youngblood Sound: Delux Dancehall Mix Tape 2014”. Luego del concierto, GB partió donde su amiga, hecho un desastre. No volvería a verlo en Dinamarca. Caía el crepúsculo.

 

Christiania

 

Ya solo, empecé a buscar un espacio para comer, hasta encontrar, casi de noche, un lugar acertado para mi dieta. Morgenstedet es un restaurante vegetariano y vegano que sigue la filosofía ecológica que muchos de los habitantes de Christiania han asumido. Una sopa de verduras y unos cuantos panes integrales me revitalizaron.

La noche en el vecindario parecía provocar un efecto intenso en la gente. Reinaba la vida nocturna. Bares abiertos, conciertos, fiestas en locales. Las tiendas de droga al aire libre continuaban, mas con iluminación artificial. Buscando un baño, llegué al Café Månefiskeren, más famoso como The Moonfisher. Allí, un tipo pequeño y cuarentón me preguntó de dónde era. Su nombre era Liam y era irlandés -no podía tener otro nombre-. Me confesó que había estado en Lima durante unos meses, años atrás, viajando y corriendo olas. Congeniamos rápidamente y me presentó a los amigos de su mesa, todos del país de los leprechauns. Me invitaban cerveza. Al igual que sus compañeros, el inglés de Liam me era casi ininteligible: decían fuck, fucking o fuck off cada tres o cuatro segundos, su pronunciación no era la mejor y su velocidad al hablar no admitía límites. Tenía una casaca de cuero marrón que le quedaba grande, una frente prominente, ojos muy pequeños y una gruesa nariz. Todo el conjunto me remitía a un doble enano de Mike Ehrmantraut, el entrañable guardaespaldas de Gus en Breaking Bad.

Liam trabajaba temporalmente como obrero en unas construcciones de Copenhague. El gobierno le pagaba cada mes, además de la renta de un pequeño departamento, por un contrato de dos años. Viajaba buscando empleos que le permitan seguir viajando. Odiaba Irlanda y Facebook, era un hijo del mundo: Lima, Berlín, Madrid, Marrakech, Nueva York, Bogotá, Santo Domingo, Londres, Tokio, entre otros. Su exesposa lo detestaba y veía a sus dos hijos cada dos o tres años, en Estados Unidos. Era un narcodependiente y dipsómano consuetudinario. Amaba Christiania. Venía todos los días.

-Uno descubre en la vida que todo es una mentira. Todo lo que he hecho, todo lo que soy, is a fucking lie. Mírame a los ojos cuando te lo digo, sí, fuck off, it’s a fucking lie! Vamos, yo he vivido en América. Mis hijos viven en América. Nosotros descubrimos América, sabes, los europeos. Llegamos y habían millones de nativos de mierda y los matamos, ¡sí! Fuck it! Espero que alcances a ver toda la figura. Sí, espero que veas cómo funciona. You are fucked over, I am fucked over, my family is fucked over, the world is fucked over, and God is fucked over. It’s all a fucking lie. ¿Sabes? Yo he dado lo mejor de mí. He traído hijos a este puto mundo. Es algo exponencial, is like a fucking eagle, it goes beyond. Estoy loco pero también soy real. Entonces perdóname si sueno fuera de foco. Porque lo estoy. Esto siempre pasa. Y yo sí creo que tienes que disfrutar tu vida, cada momento, cada hora, cada segundo. This is the best fucking place to be in the world, aquí y ahora. Christiania.

Viajar es increíble. Te cambia, y lo cambia todo. Te mueves todo el tiempo y todo lo que conoces se mueve contigo también. It changes your fucking reality. Vamos por otra cerveza.

Aquella fue su manifestación. Entre sandeces e injurias, el tipo decía algunas cosas sensatas. Libaba y fumaba skunk a la vez con una naturalidad apreciable. No obstante, empezó a actuar muy extraño cuando le comenté que no sabía dónde dormiría. Me ofreció su cuarto sin pensarlo, advirtiéndome que era muy pequeño y dormiría en el suelo. Insistió muchas veces, trayendo el tema a colación en nuestras conversaciones. Para ese momento, estábamos todos en el bar Woodstock, uno de los principales de Christiania. Ya no veía a los demás. No pude evitar sentirme extraño y temer que fuese un depravado sexual o algo por el estilo. El origen de su bondad y desinterés era tan incierto como sospechoso. Cuando me pidió ayuda para hablarle a una chica en la barra, le dije que me iba al  baño y desaparecí.

Erré por Pusher Street de noche. Algunas personas tenían una suerte de hoguera donde se calentaban y cantaban. Pensaba buscar el pasto junto al lago y dormir, cuando múltiples luces aparecieron en la salida a Christiania. Un auto de la policía irrumpió en las tinieblas. Me acerqué a dos chicos que estaban sentados en una banca, comiendo un kebab en silencio, a preguntarles qué pasaba. Era una redada, especialmente por las drogas. Cuatro policías daban vueltas por los locales, sacaban a los dependientes a hablar afuera. Los vendedores trataban de proteger sus puestos al tiempo que unos músicos salían a protestar contra la autoridad y tres perros olían unas latas de pintura abiertas y abandonadas en la calle; mientras, otro vehículo de la policía arribaba.

Si Christiania ha tenido problemas en el pasado con la ley es, además del green light district, por los pocos mas no ordinarios accidentes que han quedado grabados en su historial: la granada que asesinó a un veinteañero en Café Nemoland en el 2009. El asalto a mano armada con un muerto y tres heridos en Pusher Street en el 2005. La invasión del barrio por la banda de motoristas daneses Bullshit en 1984 y sus posteriores líos con otras bandas, como los afamados Hells Angels y la guerra por la droga en 1996. Todos esos episodios desestabilizaron la armonía en su momento y tuvieron que hacerse comités, tomar reuniones. Christiania sabía defenderse.

La pareja de amigos del kebab era sueca. Anders y Johan afirmaban ser ‘chicos tontos del campo’, del sur del país, mas estudiaban en Estocolmo. Estaban de salida y me fui con ellos en un taxi a la Estación Central. Entré a Christiania casi al mediodía y salí a las cuatro de la madrugada siguiente. Dormí unas horas junto a vagabundos, gente que espera su tren y adolescentes madrugadores.

 

Christiania

 

Al día siguiente, emprendí el camino de regreso a Christiania para encontrarme con Peter y Andrew, dos amigos de Melbourne que acababan de llegar. Cuando salí, aproximadamente entre la Estación Central y el Tivoli, dos mujeres empezaron a seguirme. Era temprano, quizás las ocho. Eran dos mujeres de color, cuya desmedida adiposidad sobrecogía al más incauto. Una era mucho más alta que la otra. Aparentaban tener entre cuarenta a cincuenta años y ostentaban menudas prendas, nada agradables a la vista.

– Hola, ¿de dónde eres, guapo? ¿Quieres tirar? – Propuso la más baja, interceptándome.

– Hola, no, lo siento. Muchas gracias, igual. – Seguí mi camino, apuré el paso.

– ¿No? ¿Estás seguro? Me puedo tomar tu leche. Si quieres te vienes dentro de mi culo, en serio. Te la puedo chupar todo el día.

– No, lo siento, no tengo dinero, tengo que irme.

– ¿No quieres? Te podemos hacer un descuento. ¿En qué hotel te estás quedando?

– En ninguno. Adiós.

La otra nunca habló. Mi apremio se incrementó y seguí recorriendo la cuadra cuando uno de los taxis que pasaba lentamente giró para la calle que iba a cruzar y se detuvo. Ellas lo alcanzaron. Un tipo alto y delgado, con cabello rizado, canoso y largos y albos bigotes salió de allí. Parecía árabe. Los tres se informaron y se dirigieron miradas cómplices. La otra mujer se me aproximó.

– ¿En qué hotel te estás quedando? – repitió, frunciendo el ceño. El supuesto taxista observaba serio, con los brazos cruzados, apoyando su cuerpo sobre el vehículo.

– En ninguno, la verdad. No tengo dinero para ningún hotel. He dormido en la Estación Central, no tengo nada. Ahora debo irme, lo siento. Muchas gracias.

Doblé la calle y no miré atrás hasta haberme alejado lo suficiente. Cuando ya estaba a unos cincuenta metros, volví sobre mis pasos un poco para buscarlos. Habían abordado a otro viajero. Al pasar por la Plaza del Ayuntamiento por un café en algún fast food, desistí. Dos chicos borrachos se batían a golpes frente al McDonald’s, mientras un par de gitanos errantes habían despertado de su sueño en las bancas de la plaza para aproximarse al escándalo y lograr coger los remanentes del desayuno de aquellos violentos daneses.

Ya en Christiania, me senté en medio de la calle, cerca de la entrada principal. Estaba despojado en el suelo en Christiania, cual junkie, como muchos. Pasaba totalmente desapercibido. Esperaba a los australianos sobre una de las calles donde había puestos de comida y donde conocí a Félix, el joyero. Como era temprano, era más seguro y hacía mucho calor. Empezaba a dormirme cuando tres chicas me abordaron.

Vil du have det? – Me dijo la más bella, mostrándome una pequeña pelota.

– ¿Qué? – Pregunté. Suelo hacerlo, pues no escucho bien.

Vil du have det? – Repitió. Sus amigas me miraban.

– Oh, yo no hablo danés. Lo siento. – Repliqué en inglés, sonriendo.

– ¿Quieres esto? – Tradujo en el acto.

– ¿En serio? ¿Qué es? – Extendí mi mano para auscultarlo.

– Tómalo. – Contestó. Sus amigas se rieron.

– Gracias.

Antes de revisar lo que tenía en las manos, me quedé contemplando al trío que partía en dirección a la salida. La rubia que me entregó la curiosa bola volteó para verme y se rio con sus amigas. Parecía una mofa. Al desaparecer de mi vista, escudriñé el juguete. Era una suerte de pelotita grumosa, de un verde oscuro, cual musgo. Al olerla, comprendí que no se trataba de ningún alimento o juguete peludo. Era hierba. La guardé en mi bolsillo, extrañado por la aleatoria acción de esas muchachas y olvidé el asunto.

Al rato llegaron Peter y Andrew, finalmente. Tras departir y mostrarles lo que había descubierto del lugar, nos dirigimos al green light district, a pedido de Andrew. Luego de ello buscábamos dónde tomar algo mientras Andrew, quien no había comprado nada, manifestaba su frustración, pues, aficionado a los estupefacientes, esperaba encontrar ciertos exponentes de alto calibre que nadie vendía. Casi como una respuesta androide, nos dimos de bruces con un letrero que respondía sus dudas:

“Ley común de christiania. El compromiso de christiania es crear y sostener una comunidad autogobernada, en la que todos seamos libres de desarrollarnos y expresarnos, como miembros responsables de la comunidad: no usar armas, no drogas duras, no a la violencia, no a los vehículos privados, no a las insignias ni parches motoristas, no a los chalecos antibalas, no a la venta de pirotecnia, no a los petardos, no al robo”.

Ciertamente, en Christiania estaba prohibido el consumo y uso de drogas duras, como  la cocaína, las anfetaminas y metanfetaminas, el éxtasis o la heroína desde finales de los años setenta, cuando tenían muchas muertes por sobredosis de heroína y las condiciones de algunos de los edificios, repletos de adictos, eran tan deplorables que afectaban la salud y estabilidad del barrio. El discurso de Christiania apoyaba las drogas blandas o naturales, enfocado en generar una atmósfera de paz y armonía. Aquel encuentro hizo que recordara mi reciente obsequio y se lo mostré a Andrew para que me revelase qué era exactamente. Motivado, Andrew no pudo contener su asombro al informarnos a mí y a Peter que se trataba de un tipo de hachís muy fuerte, mezclado con un poco de tabaco. Era una pelota de unos cincuenta gramos. No podía creer que alguien me hubiera dado tanto de pronto. Convino en probarlo, lo cual fue muy acertado. Quién diría que degustar entre amigos y pausadamente aquella bolita mágica se volvería casi un ritual que practicaría en cada uno de mis viajes, hasta volver a Lima.

Volví con ellos al sendero del día anterior hasta dar con el lago, y me eché a descansar sobre mi pesada mochila. Estábamos rodeados de parejas. Muchas

se besaban, toqueteaban, retozaban sin reparos, drogadas y alegres. Antes de quedarme dormido en el pasto, pensé que estaba en medio de alguna versión jamaiquina de las orgías del Zabriskie Point de Antonioni: en vez de devorarse entre las dunas, todos yacían apasionados entre la hierba. Un intenso humo de cannabis se concentraba, en tanto miraba el sol vespertino, perdiendo la vigilia.

Dejamos Christiania por la noche. El par de australianos partió a su hospedaje y me despedí de ellos, dirigiéndome a la Estación Central a dormir. En el camino, presencié peleas y desmadre en las calles danesas. Tenía que tomar un bus a la ciudad sueca de Malmö a la mañana siguiente, pues de allí tenía un avión a Budapest. Partí de la Ciudad Libre de Christiania lucubrando en torno a su precaria pavimentación y limitada infraestructura, al hecho de vivir en un ambiente limitado por voluntad propia, rodeados de drogas, mas también a la realidad de vivir en un vecindario pacífico y ecológico, muy artístico, un espacio cultural. Para muchos, un refugio para escapar de sus ordinarias vidas danesas; para otros, un distrito del ocio y la adicción olvidado por el gobierno. Para todos, un centro cultural y turístico, acaso tan seguro como cualquier arte de Copenhague, donde cualquier cosa puede pasar.

[Publicado en la revista Carta Abierta N°5]

Sobre El Autor

Diego Olivas Arana

Se destruyó los ligamentos de su rodilla esquiando en Montana. Sumergió sus pies en el Danubio, frente al esplendor nocturno del parlamento húngaro. Siguió la estela de la aurora boreal en los helados yermos de Laponia finlandesa. Palpó las nubes en el Mirador de Tres Cruces. Amaneció chacchando coca en la isla de Taquile. Devoto de la ficción y la no-ficción. Vive el fin de cada historia como el inicio de la siguiente.

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