Conversando con Sofía Prada, la actriz porno rusa. (Puede Googlear el nombre, si gusta)

Por Verónica Gonzales Cuba

Ilustaciones: Hernán Huamán

–Vamos no seas tímida, somos mujeres. Tú también los tienes, aunque no tan  grandes como los míos–

Ninguna mujer a quien le haya hecho una entrevista  antes me había dicho que le toque los pechos con libertad, solo para asegurar que decía la verdad sobre lo naturales que eran. La he tocado como quien intenta averiguar su tamaño, me he sonreído como una boba afirmando que lo que dice es cierto. Por momentos, me da miedo la confianza que le he generado. Temo que se dé cuenta de que, por momentos, también me intimida.

Sofía es uno de esos personajes con quien una se adorna mientras camina, es una rubia poderosa de cuerpo, de mirada penetrante y de sonrisa color carne maliciosa, te mira como quien intenta adivinar lo que piensas. Es algo que ha hecho todo el tiempo con cada hombre o con cada mujer, con quien ha grabado alguna escena para sus películas triple equis y que se le ha vuelto una manía.

–Eres rusa pero no tienes nombre de rusa– enfatizo.

–Ese es mi nombre: Sofía, Sofía Prada–

Su voz la describe: sexy y ligera. Tiene un lenguaje sutil y distante. Su acento al hablar es una mezcla entre ruso con español.  Es cuidadosa cuando habla de los actores con quienes alguna vez grabó, fingió o tal vez gozó orgasmos simultáneos, gemidos estremecedores y con quienes realizó todo tipo de laberintos en la cama, en el suelo, en el césped de un campo, en la parte más alta de un edificio. ¡Sí, ahí, ahí! Donde se graba cine porno para las parejas que se motivan con solo verlas o para gente que se masturba delante de un televisor o de una cámara.

Sofía Prada estudió Ingeniería Informática en Rusia. Su primer desnudo lo hizo imitando a Marilyn Monroe.

–He grabado cincuenta películas con diferentes actores de todos los tamaños y calibres. Morenos, blancos, rubios, caucásicos, pero algo que destaco en todos ellos singularmente es el olor. ¿A ti qué te gusta? –

Sofía comienza con sus preguntas. Percibo en su mirada un cuestionamiento. Creo que ya se dio cuenta de que mi rostro tiene algo de elocuencia y sus historias a medias me han despertado curiosidad. «Vamos, dime, qué te gusta… ¿Te gustan los chicos altos, blancos, morenos? Cuéntame. Ahora quiero escucharte. Cuentéame, ¿tienes novio?».

– ¿Por qué la curiosidad?, yo soy la de las preguntas.

No sé, me da curiosidad. Eres muy formal, muy elegante para tu edad. Tan jovencita, podrías explorar otras cosas.  Mmmmm–

Esa noche yo sabía que no iba a ser como cualquier noche – caminaba sin preocupación por la hora, sentía que era muy temprano para todo, como para ponerle el punto final  a la noche-  tal vez el jamás haber hablado de cosas tan íntimas con alguien me hacía dudar de darle respuesta a sus preguntas, que venían cargadas con cierta burla. Luego de algún tiempo me di cuenta que el respeto que le había mostrado a lo que hacía, había logrado que ella me respetara.

Sofía se sorprendía con detalles que yo, hasta ese momento, tomaba como algo cómico, mientras mostraba enfado por las torpezas que muchas veces comete un hombre en la intimidad. Y por momentos, sus manos se movían, explicando con cierta maestría y seriedad los juegos previos al acto sexual. Yo enrojecía mientras le prestaba atención. «¡Presta atención, querida! La mayoría de hombres no saben hacerlo. Piensan que a las mujeres no nos gusta el sexo anal porque es doloroso y hasta causa miedo, pero cuando tienes un maestro en la cama él te seduce, te enseña, para que esa cosita flácida y por momentos dura  te haga gritar de gusto y no de dolor. Hay ciertas cosas que a las mujeres nos gusta pero que pocos hombres conocen, la preparación es una de esas. Todos van a lo brutal cuando la preparación es un paso para asegurar el gozo. Si no qué crees que estoy haciendo ahora… Te estoy preparando,  ¡preparando, mujer! ».

[Publicado en la revista Carta Abierta N°12]

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