¿Hasta cuándo debe reportear un periodista? ¿Cuál es el límite de edad para tomar la libreta, la grabadora, salir a la calle y buscar una historia? ¿A qué edad se convierte uno en parte del mobiliario de la redacción y abandona la tarea de conseguir información de primera mano?

Es complicado responder estas interrogantes. Porque el periodismo es una tarea en la que uno puede perder el privilegio de ser reportero, con el paso del tiempo, al asumir responsabilidades editoriales, al dirigir grupos grandes o reducidos de periodistas. Llega un día en que nuestra agenda de contactos, de tan poco que la usamos, se desactualiza. Llega el día en que exigimos resultados a jóvenes reporteros aunque no tenemos claro si nosotros podríamos conseguir la misma información que reclamamos y dentro del mismo plazo que le damos a los novatos.

Siempre he pensado que la esencia del periodismo es la reportería. El periodismo consiste en conseguir información de relevancia y presentarla de la manera más atractiva y completa al público. Es la ecuación perfecta. Pero ocurre que a veces sólo podemos cumplir con una de las variables de esa operación. Conseguimos información pero dejamos su edición en manos de otros cuando somos jóvenes. O recibimos lo que consiguen los demás y lo ordenamos cuando pasamos a hacer algo de trabajo de escritorio.

Claro que hay excepciones. Hay reporteros veteranos que nunca dejan de pisar la calle, de multiplicar sus fuentes, de conseguir primicias. En abril de este año, don Edmundo Cruz (78), el legendario periodista de investigación de La República, dejó el diario pero no el periodismo. Actualmente colabora con la Fundación Gustavo Mohme Llona, dictando charlas a jóvenes aspirantes a periodistas, también es asesor de un portal de periodismo de investigación y está preparando nuevos reportajes, de largo aliento. Es un ejemplo, sin duda.

Gustavo Gorriti, con 67 años, también sigue activo como reportero. Hace cuatro años viajó al Huallaga para sostener una intensa entrevista con el cabecilla senderista Artemio y desde IDL-Reporteros continúa investigando lo poco que hace el Estado en el combate contra el narcotráfico. La edad no lo detiene. De hecho, le gusta bromear con eso de que se ha convertido en un “teclo junior”.

Otros reporteros eternos, ya desaparecidos, fueron Enrique Zileri y Guillermo Thorndike.

Fuera del país también hay casos notables. En enero de este año murió don Julio Scherer, periodista mexicano, tozudo y combativo. Fue director del diario Excelsior y fundador del prestigioso semanario Proceso. Falleció a los 88 años, pero escribió hasta unos meses antes de su deceso, cuando la enfermedad que padecía le impidió acercarse a su vieja máquina de escribir, esa de rodillo, hojas bond y teclas de patas largas.

En los perfiles que se escribieron tras su muerte, destaca un dato interesante. Sólo algo más poderoso que su pasión por la reportería estuvo a punto de alejarlo del periodismo: el amor que sentía por Susana, su mujer.

En 1987, ella enfermó y Scherer dejó sus compromisos profesionales para acompañarla. Dos años después, cuando el cáncer de Susana los apartó definitivamente, el reportero quiso abandonarlo todo. Sus hijos y amigos tardaron buen tiempo en convencerlo de que volviera a su rutina habitual: el periodismo. Cuando por fin lo hizo, no hubo quien detuviera a esta máquina de contar historias. De 1989 hasta el 2013 escribió 16 libros de no ficción (a ellos se suman otros cuatro que escribió en colaboración con Carlos Monsiváis).

Su vitalidad era legendaria. Tanta que en el 2010, a los 83 años, aceptó sin problema sostener una entrevista, “en el monte”, con Ismael ‘El Mayo’ Zambada, número dos del cártel de Sinaloa.

Es estimulante enumerar a estos ejemplos de reporteros inacabables. Y son, desde luego, los que más despiertan la admiración del gremio. En 2011, Jon Lee Anderson, el famoso cronista de New Yorker, dio una respuesta con la que casi todos los periodistas estamos de acuerdo. Le preguntaron: “¿A qué tipo de director contrataría?”. Respondió: “(A) un director entregado que refleje y esté dispuesto a trabajar a la par de sus reporteros. (…) No contraría a alguien que lo hace por razones de estatus o económicas. Me gustaría un director que todavía estaría dispuesto a ser reportero”.

Pues yo haría lo mismo. Nada peor que un periodista que pretende ver las cosas desde la oficina, por más talentoso que sea.

Saquemos algo de provecho de esta discusión. El 1 de octubre es el Día del Periodista en el Perú. A las redacciones llegan todo tipo de regalos, desde útiles morrales hasta licores, sobre todo para los jefes. Cambiemos eso. Que el mejor regalo sea 24 o 48 horas de trabajo de campo. Saquemos a los jefes a la calle. Que cubran un debate en el Pleno (yo me apunto), que hagan una visita a la Dirincri, a la concentración de Alianza, Universitario o la selección, que vivan unas horas junto al chofer y el fotógrafo, la receta siempre ha sido la misma: el periodismo está allá afuera.

[Publicado en la revista Carta Abierta N°8]

Sobre El Autor

Emilio Camacho

Periodista del suplemento Domingo del diario La República.

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